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La madre de todas las grietas

José G. Funes
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15 de octubre de 2018  

Las grietas existen desde hace muchos siglos en las sociedades humanas. Los que buscan superar grietas pasan a la historia como constructores de justicia y de paz. Se trata al final de cuentas de cómo queremos ser recordados: creadores de división o promotores de diálogo. Yo me inscribo en el segundo grupo y me imagino que así lo hace la gran mayoría de la humanidad.

Una de las grietas más famosas que ha afectado y aún pesa sobre las sociedades occidentales es el conflicto entre ciencia y religión. El caso Galileo tal como lo conocemos hoy es, de algún modo, la madre de todos los conflictos.

Como señala John Polkinghorne, físico y teólogo anglicano, la humillación de Galileo constituye en sí un triste comentario sobre el espíritu de la época. La libertad intelectual quedó claramente restringida por el ejercicio de la autoridad eclesiástica.

A mi entender, es la interpretación de hechos históricos como el sufrimiento de Galileo -innegable desde todo punto de vista- lo que desencadena malentendidos y conflictos que son muy difíciles de superar con el tiempo. Desde entonces, extremistas en ambos lados han contribuido a agudizar las tensiones. Ciertamente la educación sobre temas científicos y religiosos contribuye a promover el diálogo y a comprender la alteridad y la diversidad sin querer eliminarlas.

Vivimos en un ambiente cultural caracterizado por la agresividad y la superficialidad con la que se participa en las redes sociales, en los debates sociales, políticos o religiosos. Pareciera que los debates deben concluirse en tiempos brevísimos con la proclamación de un vencedor y, sobre todo, con la descalificación del perdedor (el loser), uno de los peores insultos en la actualidad.

El diálogo con ateos y agnósticos ayuda a los creyentes a convertir sus mentes y corazones al verdadero Dios, porque contribuye a purificar imágenes de Dios irremediablemente provisorias. Se trata pues de buscar la verdad con honestidad intelectual, considerando que el otro actúa en buena fe. Este diálogo fructífero requiere también tener el coraje de cambiar nuestros propios puntos de vista cuando sea necesario. Un ejemplo preclaro de este tipo de diálogo lo constituye la "Cátedra de los No Creyentes" que el cardenal Carlo Maria Martini inició en Milán. La intención de Martini fue la de dar voz al creyente y al no creyente que conviven en cada uno de nosotros.

De más está decir que este tipo de diálogo requiere cualidades de escucha, de paciencia y de maduración que solo se consiguen a través de un proceso educativo constante que venza la ignorancia y ayude a superar las dificultades de comunicación que nacen, entre otras causas, de las diferencias de bagaje cultural, lenguaje y método.

Con respecto al papel que juega la educación en el ámbito del diálogo ciencia-religión, me parecen muy iluminadoras las palabras de Benedicto XVI al mundo de la educación católica en Inglaterra: "El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosamente estrecha si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, al igual que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia a nuestra comprensión del mundo".

En estos tiempos nos urge formar buenos ciudadanos que sean puentes amplios capaces de dejar de lado las estrecheces ventajeras de los que hacen su negocio profundizando grietas. Solo una buena educación pública y privada nos salvará.

Jesuita, doctor en Astronomía, investigador del Conicet, Universidad Católica de Córdoba, exdirector del Observatorio Vaticano

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