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Un viaje en el tiempo

Diana Fernández Irusta
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16 de octubre de 2018  

"Es un demonio", dice Marcelo, y en su voz hay risa, fascinación. "Tremendo", digo apenas. Y no decimos más, porque no hay nada que decir mientras el alud de música nos atraviesa, y el hombre que está en el escenario se estremece y canta como si a través de él cantara la raíz más profunda, secreta y salvaje de la humanidad. No decimos nada, porque no podemos ser más que corazón y nervio y latidos, inmersos en el torbellino que la semana pasada nos arrebató, a nosotros y a todos los que estuvieron en el recital del que nadie para de hablar. Sí, Nick Cave. Médium tenebroso, druida indómito, músico exquisito.

Ni groupie ni erudita. Con la música, como con tantas cosas, lo mío es un ejercicio diletante. Pero algo, no sé si la cualidad rabiosamente oscura de su obra, siempre me tuvo más o menos próxima a los Bad Seeds y a su líder extrañamente carismático.

Por eso, en la increíble ceremonia -un recital así, en medio de la semana laboral, en medio de esta bendita e intransitable ciudad- fui la que soy, pero también fui otra. Estaba en el Estadio Malvinas Argentinas, pero también estaba en una sala de cine arte, si no viviendo sola, a punto de hacerlo; con el secundario aún a la vuelta de la esquina, convertida en un confuso revoltijo de torpeza, ingenuidad (esa que a veces nos hace temerarios) y miedo (ese que siempre tira el ancla y pesa). Ahí estaba, hundida en una butaca más o menos desvencijada, hambrienta de un mundo en el que todo parecía hecho por primera vez, a punto de ver una película de un tal Wim Wenders. Y esta que soy le hubiera querido contar a aquella que fui que lo que más la había impresionado de aquel film, de a poquito y con el tiempo, se iba a ir difuminando. Los ángeles y su deambular por Berlín, el poema de Peter Handke, la historia de amor, los diálogos (esos cuya transcripción compré, modestamente impresa, a la salida de la función y poco tiempo después le regalé a Rossana, mi amiga nómada).

Todo eso se iría desluciendo y un día surgiría -como si me hubiera quedado clavada en el cerebro, límpida, aún no digerida y con todo el tiempo a su disposición- la escena en que alguien llamado Nick Cave hechizaba al público de un recital con una voz como de ultratumba. Años y años después de ver Las alas del deseo, la presencia casi marginal de un cantante y su banda eran lo que con mayor potencia había pasado la prueba del tiempo. "Ahora ni te lo imaginás -me hubiera gustado decirle a aquella chica que miraba por primera vez la película de Wenders-. Pero dentro de mucho, mucho tiempo, vas a escuchar a ese cantante en vivo, lo vas a ver como al alcance de la mano. Y recién ahí vas a entender qué te conmovió en esta escena".

Porque hay que haber descendido a las profundidades para ser capaz, luego, de escribir ciertas baladas. Hay que aullar como un demonio arcaico para transmutar, en algún momento, lo más terrible del dolor.

Hubo otra película, La carretera, de John Hillcoat. La historia de un mundo -el nuestro- que se termina tras sufrir una catástrofe de la que no hay muchos detalles. Todo muere, hace frío, el cielo es una tiniebla constante y entre las personas rige una despiadada ley de todos contra todos. En ese mundo, un hombre pelea por defender la vida de su hijo con un amor tan inclaudicable como desolado. Pocas bandas de sonido son tan tristes, luminosas y bellas como la que concibió Nick Cave para este film. Algunos acordes se te hunden en el corazón, y son eso: la expresión de un desamparo terrible y dulce; una emoción devastadora, antigua, presente.

Alguna vez me pasó: escuchar The road y sentir que las compuertas se abrían y el dolor brotaba, imparable. Quizás por eso hasta la semana pasada no me había animado a escuchar Skeleton Tree, el disco que Cave grabó tras las muerte de uno de sus hijos. Por suerte, la deuda ya está saldada.

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