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El centro de gravedad mundial sedesplaza hacia el continente asiático

Carlos A. Mutto
Carlos A. Mutto PARA LA NACION
Un vertiginoso cambio tecnológico, militar, económico y geopolítico podría poner fin al predominio estratégico que Occidente ejerce desde hace 500 años
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16 de octubre de 2018  

PARÍS.- El epicentro del poder mundial se desplaza aceleradamente hacia el continente asiático. Un fenómeno de esa magnitud pondría término al predominio tecnológico, militar, económico, geopolítico y -por lo tanto- estratégico que ejerce Occidente desde hace 500 años. No se trata solo de un nuevo contrapoder basado en esos cinco parámetros. Para medir el alcance de esa transmutación radical hay que visualizarla en toda su complejidad: se trata del despegue global de una región poblada por 4500 millones de habitantes (60% del total mundial) que practican religiones, ideologías y modelos de crecimiento y de civilización diferentes a los que prevalecen en Occidente.

Ese "cambio histórico en la relación de fuerzas" entre Oriente y Occidente "se produjo en forma vertiginosa en menos de una generación", recuerda el indio Azim Premji, CEO del fabricante de programas informáticos Wipro. El traslado del centro de gravedad traduce, sobre todo, un retroceso relativo de la hegemonía de Estados Unidos y Europa, que, hasta principios de siglos, concentraban el 50% de la economía mundial. Por lo tanto, es uno de los fenómenos geoestratégicos más significativos de los últimos siglos, porque marca una transición brutal entre dos fases de la historia universal. Sumado a la revolución tecnológica e industrial que vive el planeta desde hace un cuarto de siglo, este fenómeno está creando un nuevo modelo de civilización similar a los que promovieron, en su época, la invención de la rueda, la imprenta, la Revolución Industrial o la electricidad.

En 2030, en concreto, China superará a Estados Unidos como primera potencia económica del planeta, India ocupará el tercer lugar y Japón se mantendrá en cuarta posición. Dentro de solo 12 años, el 60% de la riqueza mundial -en términos de PBI, pero no de ingreso per cápita- se aglomerará esencialmente en China, India, Japón y, en menor medida, en el resto de la cuenca del Pacífico oriental. Cinco de los 10 mayores países del mundo serán asiáticos, según una previsión del Centre for Economics and Business Research (CEBR). Por lo tanto, integrarán el mayor lote de consumidores de energía: en 2035, los cuatro gigantes económicos regionales -China, India, Japón y Corea del Sur- absorberán el 95% de las exportaciones petroleras de Medio Oriente, según una proyección de Tim Gould, analista de la Agencia Internacional de la Energía (AIE).

Fuente: LA NACION

Esa cifra colosal permite imaginar la vitalidad que tendrá la economía de la región. La voracidad de ese gigante lo convertirá mecánicamente en un insaciable consumidor de alimentos, energía, acero, agua y otras materias primas vitales para mantener el ritmo de producción que reclaman sus industrias.

Como ocurre con todo intercambio comercial a través de los océanos, detrás de los movimientos marítimos hay implicaciones estratégicas. Por las aguas turbulentas del Estrecho de Malaca -situado entre Indonesia, Malasia y Singapur- en 2030 circulará el 40% del comercio mundial, incluyendo la mitad del petróleo transportado por vía marítima y 90% de las importaciones chinas de hidrocarburos. Ese cuello de botella de solo 38 km de ancho en su parte más angosta será la nueva vena yugular de la economía planetaria, como decía Henry Kissinger cuando se refería al Estrecho de Ormuz.

A diferencia de la situación geopolítica que prevalecía hasta hace algunos años en el Golfo Pérsico, esta región vive con una daga apoyada sobre la garganta. A 1800 km de ese corredor estratégico están las islas Paracelso, Spratly y Scarborough -que se disputan siete países de la región, incluyendo China- bajo la mirada cada vez más inquieta de Estados Unidos. Pero Asia no se limita a China y su esfera de influencia, y la noción de potencia no está determinada solo por el PBI, las reservas de sus bancos centrales ni las flotas de buques y aviones que pueden desplegar en un escenario militar. En el siglo XXI los nuevos vectores de poder surgen de los laboratorios científicos y de las universidades.

El Global Innovation Index (GII) jerarquiza el esfuerzo intelectual y financiero que consagra Asia, desde hace décadas, a la investigación y el desarrollo (R&D, en sus famosas siglas inglesas). En forma sorprendente, la supremacía regional que ejercían Japón, Corea del Sur y Singapur está amenazada por el ahínco que despliegan India, Malasia, Vietnam e incluso Kazajistán.

Detrás de Estados Unidos, que encabeza la lista con 454.000 millones de dólares, tres de los cinco países que más invierten en R&D son asiáticos: China, 337.000 millones (20,7% del PBI); Japón, 160.000 millones (3,28%), y Corea del Sur, 69.000 millones (4,4%). El promedio continental equivale al 1,34% del PBI. La Argentina consagraba el 0,42% en 1996 y en 2015 no figura en las estadísticas del Banco Mundial. Gracias a ese esfuerzo, hace años que Japón y, un poco menos, China dejaron de copiar o piratear a Occidente y producen a partir de la tecnología inventada en sus centros de investigación, como reconoció Leo Rafael Reif, presidente del Massachusetts Institute of Technology (MIT).

Por la calidad de su enseñanza e investigación, las universidades de China y Japón figuran en el top 20 del ranking de Shanghai, por lo menos en alguna de las tres disciplinas determinantes para el desarrollo tecnológico e industrial: matemática, física y química. El ideólogo de la guerra comercial contra China, Peter Navarro, reconoció el origen de la amenaza: "La madre de todas las batallas será sobre la tecnología, dominio en el cual EE.UU. aún dispone de una clara supremacía universal", previno en 2011 en su libro Death by China, que se podría traducir como "Asesinado por China".

Por eso, Navarro aconseja concentrar los ataques de esa guerra sobre el proyecto Made in China 2025, principal vector de lo que Donald Trump considera "una amenaza existencial para el liderazgo tecnológico" de Estados Unidos.

El esfuerzo realizado en el área del conocimiento convirtió a China e India en potencias tecnológicas. Diez años después de haber enviado su primer hombre al espacio, en 2003, China colocó un astromóvil de seis ruedas y 120 kilos de peso en la Luna, y ahora prepara la llegada del primer chino a la Luna para 2020. En un solo lanzamiento, en 2017, el cohete indio PLSV colocó en órbita 104 minisatélites.

En materia informática, con una capacidad de procesar 93 petaflops/s (93 cuatrillones de operaciones por segundo), la supercalculadora ciento por ciento china Sunway TaihuLight es la segunda "computadora" entre las más rápidas del planeta, detrás de la norteamericana Summit (93 petaflops), que le costó 280 millones de dólares al Departamento de Energía. India concentró sus esfuerzos en una supercalculadora cuántica que, hasta ahora, no superó la fase teórica.

El lado oscuro de ese salto sin precedente es el modelo asiático, basado -para resumirlo en cuatro conceptos- en una fuerte desigualdad social, la intensa explotación de la mano de obra, un marcado desprecio por los derechos individuales y, salvo excepciones, un desdén absoluto por los valores democráticos. ¿Una sociedad desarrollada puede sobrevivir sin democracia ni una política distributiva relativamente equitativa?

El desarrollo de ese "modelo alternativo", como dicen muchos asiáticos, probablemente enfrentará un punto crítico de flexión cuando llegue la hora de transformar la ruptura tecnológica en ruptura estratégica. La historia demostró que esa es la fase crítica porque, en general, supone un enfrentamiento abierto con la potencia dominante.

Especialista en inteligencia económica y periodista

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