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Inversiones inclusivas: la afroamericana queer que busca terminar con el machismo de Silicon Valley

Crédito: Fast Company
Con su fondo Backstage Capital, Arlan Hamilton está invirtiendo en startups que tengan entre sus fundadores al menos a una mujer, a una persona de una minoría o a alguien que se identifique como LGBTQ
Ainsley Harris
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17 de octubre de 2018  

En el camarín del festival de podcasts donde hablará, Arlan Hamilton está cantando en voz baja la letra de la canción "Control" de Janet Jackson. Ella quisiera salir al escenario con ese tema sonando, pero los organizadores del festival tienen preocupación por el copyright. Por lo que en vez de ello baila en su silla, tarareando el estribillo: "Estoy en control /Nunca voy a parar / Control / Para conseguir lo que quiero / Control / Me gusta tener mucho".

Hamilton sabe que se destaca: es la única mujer negra queer que ha creado una firma de capital de riesgo desde cero. También sabe que tiene reputación de ser directa, en particular en lo que se refiere a los prejuicios de Silicon Valley y a como se narra su historia. Pero Hamilton exuda calma, incluso en momentos en que intenta, a través de su firma con sede en Los Ángeles, Backstage Capital, la tarea casi imposible de sacudir la manera en que los inversores de riesgo escogen a los ganadores y crean riqueza. "Para mí era una locura que el 90% de los fondos de riesgo iban a parar a empresas de hombres blancos, cuando esa no es la manera que la innovación, la inteligencia y el empuje están dispersos en el mundo real", asegura. "No tenía experiencia en las finanzas, pero lo veía como un problema. Quizás pude advertirlo porque yo venía de algo tan diferente".

Hace tres años, por entonces con 34 años, Hamilton llegó a Silicon Valley sin un título universitario, sin contactos, sin dinero y con un objetivo singular: convertirse en capitalista de riesgo. La historia de cómo la exorganizadora de tours musicales se hizo experta en inversión estudiando en su casa en Pearland, Texas, y se abrió camino en el rarificado mundo del capital de riesgo, logrando inversiones de Marc Andreessen y Chris Sacca, se ha convertido en leyenda en el sector. Luego de tomar contacto con el presidente de la firma Y Combinator Sam Altman, compró un pasaje de ida a San Francisco. Durante meses acosó a inversores de día y dormía de noche en el piso del aeropuerto de San Francisco. Estaba quebrada. Finalmente, en septiembre de 2015 obtuvo su primer cheque por US$25.000 del angel investor Susan Kimberlin, que creyó en la visión de Hamilton que la falta de diversidad de Silicon Valley no se debía a que faltara talento sino un problema de recursos: los emprendedores distintos necesitaban fondos. Con el apoyo de Kimberlin, Hamilton creó Backstage Capital y comenzó a invertir. Pronto obtuvo más fondos, de respaldos entre los que se incluye el del CEO de Slack, Stewart Butterfield, y el del CEO de Box, Aaron Levie. En junio pasado Hamilton anunció que Backstage había agotado sus primeros tres fondos, repartiendo aportes de US$25.000 a US$100.000 entre 100 startups dedicadas a todo tipo de cosas, desde productos de belleza hasta analítica de negocios. Y en cada una de las 100 empresas hay por lo menos un fundador que sea una mujer, una persona de color o alguien que se identifica como LGBTQ.

Ya era hora

Ahora Hamilton se prepara para el próximo capítulo de Backstage, un fondo de US$36 millones dedicado exclusivamente a fundadoras que sean mujeres negras, segmento demográfico que está notoriamente ausente de Silicon Valley: solo tres docenas de empresarias negras en todo el país han reunido más de US$1 millón en fondos de riesgo. Hamilton llama a su última iniciativa "El fondo ya era hora". Sus primeras dos inversiones de US$1 millón, que se anunciarán antes de fin de año, irán a compañías que ya están en la cartera de Backstage. Y eso es solo para comenzar. En unos meses Hamilton lanzará la aceleradora de Backstage para promover startups en sus primeras fases apuntando a Los Ángeles, Filadelfia y Londres. También está sentando las bases de un fondo de US$100 millones para proveer aún mayores fondos a fundadores de sectores subrepresentados.

Todo inversor de riesgo que se inicia sufre la presión de tener que demostrar el éxito; Hamilton aún más. La gente de Silicon Valley que cree que el próximo Facebook será creado por una mujer o una persona de color está siguiendo de cerca su cartera.

Otros ven Backstage con más escepticismo, considerando a sus fondos como un modo relativamente barato para que los inversores aparezcan comprometidos con la diversidad sin tener que hacer el esfuerzo internamente.

Cuestión de dignidad

Bajo un cielo azul a mediados de junio, Hamilton hace lo que mejor sabe hacer: es anfitriona de un grupo de inversores y compañías de su cartera en un espacio de Los Ángeles un día de presentaciones. Es un momento importante para Hamilton. Por cada startup respaldada por Backstage que logra una suscripción de acciones de serie A o B encabezada por una firma de primer nivel, Hamilton estará un paso más cerca de convencer a inversores de que es capaz de elegir ganadores. Dispensa abrazos y saludos. Pero está aquí trabajando. "Decididamente queremos pensar en lograr acuerdos hoy" anuncia, mientras mira en derredor de la sala, simulando en broma un gesto severo.

Los participantes van a sus mesas asignadas adornadas con pequeñas plantas. Los más de una docena de fundadores reflejan la composición general de la cartera de Backstage: 80% personas de color, 68% mujeres, 13% LGBTQ. Una compañía hace muñecas con pelo natural, otra usa datos para promover la venta de entradas a eventos deportivos y una tercera hace analítica para máquinas expendedoras. Al reunir las "titulares" de Backstage, como llama a sus compañías, Hamilton ha evitado centrarse en determinados sectores. Con su presencia en el circuito de conferencia, busca atraer la atención de todos los fundadores de sectores subrepresentados. Pero el resultado tan amplio puede ser difícil de manejar y sostener. Esa estrategia se conoce poco piadosamente entre los inversionistas como "pulverizar y rezar".

Hamilton dice que para otorgar aportes de US$1 millón está buscando compañías que sean transformadoras y que puedan crecer a gran escala y que ofrezcan "algún tipo de dignidad al usuario final".

Mientras tanto crece la cantidad de fondos para la diversidad. Hasta hace poco, Rethink Impact, que tiene un fondo de US$112 millones, era el único fondo centrado en la diversidad que podía encabezar una ronda de financiación grande posfundación. Ahora también existe New Voices, un fondo de US$100 millones creado este año por el CEO de Sundial Brands, Richelieu Dennis, que ya ha invertido en ocho startups encabezadas por mujeres negras.

Al mismo tiempo, el mundo tradicional de los fondos de riesgo comienza a reformarse, aunque lentamente. Hay más mujeres y representantes de minorías en roles menores, aunque no en los cargos más altos. Y los emprendedores están comenzando a buscar inversores en diversidad: Ooda Health, una startup de tecnología de salud con cofundadores masculinos, decidió hacer su ronda inicial de financiación este año exclusivamente con firmas que tengan socias mujeres.

En cuanto a Hamilton, ella piensa a largo plazo. "Soy decididamente consciente de que la mayoría de mis inversores son hombres blancos mayores ricos y que se harán más ricos con mi trabajo y el de otros" dice. "Pero ahora debe concentrarme en hacer llegar fondos a los fundadores de modo que ellos tengan grandes logros".

En su visión estos lanzamientos iniciales de acciones y adquisiciones llevarán a algo revolucionario. "Lo que vendrá de eso -dice- es décadas y décadas de riqueza generacional para gente negra".

Traducción Gabriel Zadunaisky

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