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La perturbadora autenticidad de Bolsonaro

María Victoria Murillo
María Victoria Murillo PARA LA NACION
Como Trump, el ganador de la primera vuelta es genuino en su antipolítica, dice lo que piensa y está dispuesto a asumir el costo de sus posiciones extremas
Como Trump, el ganador de la primera vuelta es genuino en su antipolítica, dice lo que piensa y está dispuesto a asumir el costo de sus posiciones extremas Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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17 de octubre de 2018  

NUEVA YORK.- La elección brasileña fascina y aterroriza a los argentinos, que parecen pensarla con parámetros locales más que internacionales. Bolsonaro , sin embargo, significa la llegada oficial a América Latina de un fantasma que viene recorriendo no solamente Europa, sino también Estados Unidos y otras regiones del planeta. Los académicos denominan outsiders a estos personajes, y a sus partidos, expresiones de un populismo de derecha, aunque para nosotros serían organizaciones políticas de extrema derecha, algunas de las cuales incluso hacen reivindicaciones neonazis.

Estos partidos no buscan necesariamente una redistribución económica, como tradicionalmente lo ha hecho el populismo latinoamericano, sino una redistribución de estatus social. El "pueblo" al que representan estos dirigentes es un pueblo excluyente, de acuerdo con categorías nacionales, étnicas, raciales o incluso de género. Son partidos que atraen en especial a aquellos que han experimentado pérdidas en su estatus relativo. La ansiedad que genera esta pérdida explica la atracción por discursos que prometen regresar a las jerarquías tradicionales en las que blancos, hombres y heterosexuales mantienen sus privilegios. En el contexto de América Latina, la emergencia de movimientos políticos asociados al ataque de la "ideología de género" se inscribe en esta estrategia política.

Un trabajo reciente de Noam Gidrion y Peter Hall muestra cómo, en Europa, son los votantes que experimentan la ansiedad de la pérdida de estatus los que tienden a votar más por estos partidos populistas de derecha, como el Frente Nacional, en Francia; el Partido de la Ley y la Justicia, en Polonia; Jobbik, en Hungría, o los Demócratas Suecos. Estos autores señalan la automatización y la entrada de las mujeres en el mercado laboral como fuerzas que afectan la modificación relativa del estatus en los países del hemisferio norte. Otros analistas apuntan a los flujos migratorios y la percepción de que los mismos desbordarían al Estado benefactor y reducirían el estatus de los ciudadanos "legales" o étnicamente definidos como otra amenaza que empuja al crecimiento de estas fuerzas de extrema derecha.

Sin embargo, hay otra característica importante que comparten estos movimientos y que resulta crucial para entender su expansión en América Latina y el fenómeno Bolsonaro. Estos partidos expresan la alienación de los votantes con el establishment político, como lo ha señalado Sheri Berman, entre otros. Es por eso que el voto por estos partidos está inversamente relacionado con la confianza en las instituciones políticas. Esta característica de los movimientos de extrema derecha europeos -y asiáticos, si sumamos a Duterte en Filipinas y a Erdogan en Turquía- se repitió en la campaña electoral norteamericana de 2016. Recordemos que Trump era un candidato outsider que logró conquistar la candidatura del tradicional Partido Republicano prometiendo vaciar "el pantano de Washington"; es decir, con un discurso antiestablishment. Si bien el partido acompaña a Trump por su peso electoral, él no se reconoce como político republicano ni se siente atado a ese sector.

En la Argentina, los sentimientos antiestablishment recuerdan el "que se vayan todos" de 2001. Sin embargo, aunque los argentinos escrachaban a los dirigentes y salían a las calles a pedir su renuncia, no emergió en nuestro país una fuerza política realmente antisistema como resultado de ese proceso. En Brasil, Bolsonaro se presenta como una alternativa antiestablishment, apoyado por su pasado castrense y su séquito de militares, además de sus declaraciones abiertamente antidemocráticas. Aunque él haya sido legislador desde 1991, su desempeño no fue notable y su salto a la fama ocurrió cuando votó por la destitución de Dilma Rousseff y lo dedicó a quien la había torturado durante la dictadura militar brasileña. Además, el Partido Social Liberal (PSL), al que pertenece, fue creado en 2014 y él recién se unió en 2018. La candidatura presidencial de Bolsonaro fue la fuerza que transformó al partido en una fuerza de peso en esta última elección, ya que pasó de 0 a 4 senadores y de 1 a 52 diputados.

El éxito de Bolsonaro está en su autenticidad. Sus asombrosas declaraciones (antidemocráticas, misóginas, homofóbicas, racistas) no solamente reflejan las emociones de la parte nostálgica de su coalición que tal vez, como muchos votantes de Donald Trump, quiere ver a Brasil "grande de nuevo", revirtiendo la redistribución del ingreso y de estatus que significó más de una década de políticas públicas bajo el PT en un contexto de abundancia económica. Las mismas declaraciones también señalan en Bolsonaro una autenticidad antipolítica que atrae a votantes desilusionados del establishment. Es decir, su autenticidad atrae a aquellos que quieren a alguien que no parezca político, porque asocian la política con la corrupción que envolvió a la mayoría de los partidos brasileños y que fue coronada recientemente por el escándalo de Odebrecht destapado por el Lava Jato. Esto se señala en un voto castigo no solamente contra el PT (el antipetismo es una identidad política poderosa en Brasil), sino también contra el PSDB, que prácticamente desapareció en las últimas elecciones, y el MDB, que perdió casi la mitad de sus diputados.

Bolsonaro, como Trump, es genuino, dice lo que piensa y está dispuesto a asumir el costo político de sus posiciones extremas. Por esa razón tiene credibilidad para aquellos votantes que descreen de la clase política.

Como en los países del norte, es importante entonces reconocer que Bolsonaro no es la causa sino un síntoma del deterioro del sistema político de su país. Brasil ha tenido un sistema político caracterizado por la fragmentación partidaria, por coaliciones oportunistas (que, como se vio durante la destitución de Dilma Rousseff, pueden ser precarias) y por un inmenso grado de corrupción que era tolerado en un contexto de abundancia, pero que se volvió insoportable en el contexto de recesión económica. La clase política brasileña no ha hecho aún la necesaria autocrítica, pero no se puede ignorar su papel en la emergencia de Bolsonaro.

Más allá de una victoria electoral que parece más que probable dada su ventaja, de acuerdo con las proyecciones para la segunda vuelta, cabe preguntarse por el día después. ¿Qué ocurrirá si gana Bolsonaro y asume el gobierno? ¿Liderará un gobierno plutocrático con políticas que apenas ocultan la xenofobia, como en el caso de Trump, quien combinó una reforma impositiva regresiva con la separación de niños de sus padres en la frontera para reducir la migración? De asumir como presidente, ¿se apoyará Bolsonaro en un Parlamento que tiene un número considerable de legisladores de derecha (por ahora fragmentados en diferentes partidos) y bloques legislativos que reflejan el apoyo social de las tres B (Biblia, por los evangélicos; buey, por la bancada ruralista, y bala, por la bancada armamentista)? ¿Sería, en ese caso, capaz de coordinar una coalición de gobierno efectiva que le permita cumplir con sus promesas? Ya anunció que no tocará el plan Bolsa Familia y que atacará las medidas de acción afirmativa, y prometió privatizaciones para pagar la deuda. Ya tenemos algunas pistas de política pública, pero ¿qué ocurrirá si en algún momento el Parlamento no lo apoya? ¿Pasaremos entonces de una estrategia trumpista a una fujimorista, que incluya un autogolpe apoyado en los militares que lo rodean?

El riesgo para una democracia tan joven como la brasileña no puede pasar inadvertido y las experiencias del este europeo, Turquía y Filipinas, en ese sentido, son muy preocupantes.

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