Mónica Cahen D`Anvers y Sandra Mihanovich: madre e hija en una tarde de confesiones

Muy cómplices, madre e hija hicieron de todo durante la producción: cantaron, cosecharon, cocinaron. Y al momento de la charla, no eludieron ningún tema.
Muy cómplices, madre e hija hicieron de todo durante la producción: cantaron, cosecharon, cocinaron. Y al momento de la charla, no eludieron ningún tema. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones
Gabriela Grosso
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18 de octubre de 2018  • 14:55

Alcanza con verlas intercambiar un guiño cómplice o sorprenderlas cuando entonan a dúo una de esas canciones que les gustan para entender la dinámica de ese amor que fluye sin condiciones. Mónica Cahen d'Anvers (83) y Sandra Mihanovich (61) son mujeres fuera de serie, inteligentes y sensibles, que a puro talento y actitud dejaron huella, pero además son madre e hija. Dueñas de un refinado sentido del humor, inquietas y curiosas, comparten la pasión por la música, los viajes, la familia, los libros y San Pedro, ese lugar en el que Mónica y César [el periodista César Mascetti] construyeron su refugio y lo hicieron extensivo a los suyos. Ahí, en La Campiña, recibieron a ¡Hola! Argentina dispuestas a repasar ese vínculo que las define.

Adelantan el festejo por el Día de la Madre y cantan a dúo.Video Hola!:Tadeo Jones

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-¿Qué rasgos de la personalidad de tu mamá advertís en vos? ¿Se parecen?

-Tenemos muchos rasgos en común. Por lo pronto en lo gestual, en la forma de hablar y en algunas características físicas. En una época yo hacía un programa en TN que se llamaba Soy lo que soy y, la primera vez que me vi hablándole a la cámara dije: "¡Chau!, soy Mónica, soy mamá!". Era impresionante. También las dos somos inquietas, nos movemos todo el tiempo, no conocemos la fiaca. Y como las dos tenemos esa educación anglo nos parecemos en lo que tiene que ver con la cultura, el sentido del humor y la ironía. Nos morimos de risa de las mismas cosas.

-Y vos, Mónica, ¿qué características propias reconocés en Sandra?

-Muchas. Yo siempre fui muy independiente y convencida de que podía hacer lo que tenía que hacer, de que no había nada que me parara. Y Sandra es así también. Es un ser humano extraordinario, con un talento descomunal. El talento puede no ser un mérito, porque te viene dado. Te lo da el Tata Dios, o tu madre, o tu abuela, pero lo que Sandra es como persona, eso sí es mérito de ella. Se preocupa por los demás, está pendiente de lo que se puede o no se puede hacer para ayudar al prójimo, es generosa y bondadosa.

"Valoramos mucho el aquí y el ahora. Tenemos consciencia de que la vida es eso", dicen.
"Valoramos mucho el aquí y el ahora. Tenemos consciencia de que la vida es eso", dicen. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

Sandra: Lo que pasa es que yo crecí con la certeza de que sí quería, podía. Tener ese respaldo, esa libertad, es algo genial. Muchas veces me preguntan si por ser mujer me costó ser artista y la verdad es que nunca me di cuenta que por ser mujer algo podía no suceder. Yo todo lo hice con naturalidad porque vengo de ella, vengo de Mónica. No supe lo que es crecer con miedos o prejuicios.

-¿Se divierten juntas?

Mónica: Disfrutamos como locas juntas y sí, nos divertimos mucho.

Sandra: Compartimos muchos gustos y momentos y nos queremos, sobre todo nos queremos y nos tenemos. Mi mejor amiga fue mi mamá hasta la adolescencia, obvio, que es una etapa diferente y uno pone distancia. Después, vas dando la vuelta a la vida y eso hizo que volviéramos a encontrarnos y a ser amigas. La semana pasada, por ejemplo, se había roto el techo de la casa de San Pedro y había que conseguir tejas coloniales medio viejas. Y yo hice automáticamente clic: Internet, compré y me vine con cien tejas en el auto para arreglar el techo, chocha de que tenía una excusa para venir a ver a mamá. Almorcé con ella y César, les dejé las tejas y me volví.

-¿Tienen diferencias? ¿Quién afloja primero?

Mónica: En general son pocas las cosas en las que no estamos de acuerdo y, si alguna vez sucede, nos sentamos, lo hablamos, lo discutimos y lo resolvemos.

Sandra: Por ahí en otra época, cuando yo tenía 20 o 25 años, que como todos los jóvenes era más omnipotente, podíamos llegar a tener algún enojo, pero ya no.

Mónica con sus hijos, Sandra e Iván (Vane), circa 1961.
Mónica con sus hijos, Sandra e Iván (Vane), circa 1961. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

-¿Qué hacen juntas o qué gustos comparten?

Sandra: La lectura, por ejemplo, ese es un placer compartido. Nos pasamos libros, las novelas van y vienen, aunque mamá lee mucho y a mil: mientras yo leo uno ella lee seis.

-¿Qué dijo Mónica cuando le dijiste que querías cantar?

Sandra: Bueno, cuando se enteró de que quería cantar me dijo: "Cuidado, mirá que no es fácil, mirá que es bravo". Dicho lo cual hizo todo por ayudarme: cuando debuté ella fue la presentadora. Se bancó hacer esa para habilitar a la nena. [Risas].

Mónica: Porque soy una cara rota.

Sandra: Porque sos una buena madre.

Mónica: No, soy una cara rota, porque cuando Blackie me dijo "Yo quiero que Sandra se presente, pero con una condición, que vos seas la presentadora", saqué fuerzas no sé de dónde (creo que porque me divierte), y le dije que sí. Me vestí con jacquet y, micrófono en mano, hasta canté esa canción de María Elena Walsh "Enciéndanse las nuevas luces del viejo varieté" para presentarla. Yo solita en el escenario. ¡Qué tupé!

Sandra: Es que poca gente sabe que mamá empezó haciendo comedia musical mucho antes de ser periodista. Pero esa es otra historia.

Mónica: Pasa que los Mihanovich [la familia paterna de Sandra] son una familia de artistas extraordinarios. Mi ex suegro era retratista y sus hijos, todos tocaban el piano y cantaban. Entonces, estando ahí con ellos en el famoso sótano de su casa por el que pasaban a cantar todos los artistas que venían a Buenos Aires, yo creí que podía. [Risas].

Las une la pasión por la música, un arte que Sandra heredó de los Mihanovich (una familia de artistas en la que se destacó el tío Sergio, hermano de papá Ivan), y en el que Mónica se desenvuelve con encanto.
Las une la pasión por la música, un arte que Sandra heredó de los Mihanovich (una familia de artistas en la que se destacó el tío Sergio, hermano de papá Ivan), y en el que Mónica se desenvuelve con encanto. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

-¿En qué momento de tu vida estuviste más orgullosa de tu mamá?

Sandra: ¡Uhhh! ¡En muchos! ¡Desde chiquita!

Mónica: ¡Decí todos los días, hija, y ya está!

Sandra: En el 69, por ejemplo, yo tenía 7 años, y ella estaba ahí cuando despegó el Apolo XI. En ese momento estaba orgullosa de mamá y todavía hoy, cuando veo las fotos, se me infla el pecho de orgullo.

-¿Y vos, Mónica? ¿En qué momento estuviste más orgullosa de Sandra?

Mónica: Quizás el día que le donó su riñón a Sonsoles, su ahijada, la hija de Marita. Ese acto me llenó de orgullo, de amor y de emoción. Y sigo pensando que fue algo extraordinario. Ojo, cuando me lo contó me agarré de la mesa para no caerme. Entonces Sandra me dijo: "Mamá, ¿cuántos riñones tenía papapá?" [en la intimidad familiar le dicen "papapá al padre de Mónica y abuelo de Sandra]. "Uno", le dije yo, "porque durante la guerra él estaba en la caballería, le mataron el caballo que estaba montando, que se le cayó encima y lo lastimó, y tuvieron que sacarle un riñón". "¿Y cuántos años vivió con un rinón?", repreguntó Sandra. "Casi 90", contesté. "Mamá, no jodas", concluyó ella. Pero estuve preocupada al principio, porque aunque sepas que va a ir bien también sos consciente de que hay un riesgo y eso genera miedo.

Sandra: Lógicamente, es mucho mayor la preocupación del otro que la de uno. Uno se embarca en esa y los de tu alrededor, que te están mirando nadar, están sufriendo.

Divertidas, preparan una mermelada de naranjas en la dulcería. Eso sí, la receta no la comparten, es un secreto de La Campiña.
Divertidas, preparan una mermelada de naranjas en la dulcería. Eso sí, la receta no la comparten, es un secreto de La Campiña. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

-Fue un acto de amor tan enorme que estuviste en el centro de la escena bastante tiempo. ¿Cómo cambió tu vida?

Sandra: Con el tiempo siento que fue una gran oportunidad, porque a partir de ese momento mi vida se ha potenciado de una forma increíble. Yo sigo siendo la misma mujer, pero -aparte de que se convirtió en una campaña a favor de la donación de órganos natural e impensada-, generó una corriente de energía descomunal que atraviesa mi vida cada día. Además, por primera vez se empieza a hablar de mí y de mi pareja, de mí y de mi mujer. Y yo, que soy muy reservada y nunca hago pública mi vida privada, fue como que bueno, el tema estaba ahí, estaba puesto ahí, era natural. La gente entendió que fue un acto de amor y así me lo hicieron sentir. Hasta Crónica tituló "Una historia de amor". Así que yo no perdí nada, al contrario, gané. Y estoy agradecida porque salió todo bien: tuve la salud suficiente y la compatibilidad necesaria para poder hacerlo y lo hice porque de verdad creo que cuando uno da, recibe mucho más.

-A partir de esa experiencia te convertiste en una militante de la donación de órganos.

Sandra: Sí, es mi única militancia. Porque además es un tema que no se agota: siempre hay gente que necesita. Pensá que, de mil personas que se mueren, sólo cuatro pueden donar los órganos. Todos pueden donar piel, huesos, córneas, pero no cualquiera puede donar órganos. En ese sentido, la Ley Justina es un gran avance, porque no te obliga a donar, sino que te obliga a dejar por escrito que no querés ser donante. O sea: no lo dejaste por escrito, te convertís en donante automáticamente.

-¿La maternidad es una asignatura pendiente para vos?

Sandra: Siempre sentí que ser madre tenía que ver con el amor, que tener un hijo es tener un hijo con una pareja. En el año 91, a los 34, tuve fibromas y me sacaron el útero, con lo que si tuve esa fantasía fue como ¡tac!, no hay chances para mí, y en esa época no había las posibilidades de ser madre que hay ahora. A mí no me tocó, pero bueno, ahí hay una chica que anda por la vida con un riñón mío, así que un poco madre soy.

-Son mujeres de vanguardia, destacadas y poderosas. ¿Son feministas?

Sandra: Fuimos juntas a la marcha de #Niunamenos. Mamá, Marita, Sonsoles y yo. Fuimos las cuatro juntas. Quizás mamá tenga un reparo con algunas actitudes más radicalizadas, pero yo creo que estamos en un momento en el que no se puede no ser feminista. Puede haber variantes y matices pero #Niunamenos puso una barrera: de un lado las mujeres, del otro los femicidas.

Mónica: Yo tengo algún reparo como tengo con muchas cosas que se ponen de moda. No sé si estoy tan de acuerdo cuando se pasan de rosca y sigo creyendo, como creía mi bisabuelo Manuel Láinez, que lo único que nos va a mejorar como sociedad es la educación.

Acompañada por mamá, una Sandra adolescente (en los tempranos setenta) ya ensaya, micrófono en mano.
Acompañada por mamá, una Sandra adolescente (en los tempranos setenta) ya ensaya, micrófono en mano. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

-¿A qué le tienen miedo?

Sandra: Estoy tratando de conquistar mi miedo a la muerte. Ese es el miedo más presente.

Mónica: Esperá a llegar a mi edad y vas a ver que te olvidás. Sabés que te vas a morir, pero eso pasa a un segundo plano. El día que me muera me muero, una lástima, pero gocé de la vida y eso es lo importante.

Sandra: Las dos valoramos mucho el aquí y el ahora, las dos tenemos consciencia de que la vida es eso. Por supuesto, también son importantes los recuerdos y los proyectos, el pasado y el futuro, pero tanto para mamá como para mí el disfrute del presente es vital.

Mónica: Es así ciento por ciento. Tengo casi 84 años y esta energía porque soy feliz. Y soy feliz porque tengo una familia que adoro, que está bien de salud, porque tengo un marido que adoro y porque tengo un lugar del que aprecio cada metro cuadrado. Por supuesto que hay problemas, pero yo sé que si me levanto con una sonrisa y no con cara de traste, hago la diferencia. Y esa diferencia te cambia la vida.

En la huerta, eligen un repollo para el almuerzo. Mónica y César Mascetti viven en San Pedro desde hace varios años, donde reparten su tiempo entre una casa en la ciudad, una quinta y La Campiña, el emprendimiento del que están orgullosísimos.
En la huerta, eligen un repollo para el almuerzo. Mónica y César Mascetti viven en San Pedro desde hace varios años, donde reparten su tiempo entre una casa en la ciudad, una quinta y La Campiña, el emprendimiento del que están orgullosísimos. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

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