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La remolachita que quería vivir

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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17 de octubre de 2018  

Resultado, imagino, de haber pasado mucho tiempo con mi abuelo Torres, inmigrante gallego que sabía de hambrunas y penurias, tengo la obsesión de no tirar comida. Por ejemplo, descartar cortezas de naranja, cuando se las puede confitar o usarlas en una carne al horno con romero, me parece un desperdicio injustificable. Las cáscaras de huevo sirven para mantener a raya babosas y caracoles, y con los ajos pequeñitos se puede preparar un potente fungicida ecológico.

Los que me conocen ponderan mi ojo para las cantidades, a la hora de cocinar. Pero es menos destreza que celo para la austeridad. El reciclado gastronómico es para mí un arte. No me alcanza, verán, con guardar algo en el freezer para recalentarlo un día de estos. Si es probable que sobre comida, la preparo con un plan B que tiene aspiraciones de delicia. No siempre ocurre así, pero la intención es lo que vale.

Les tengo tomado el tiempo a los tomates, las berenjenas, los morrones, las manzanas, las peras, las papas, la lechuga y las especias. Pero todos los días se aprende algo, dicen, y a fines de abril me encontré con una sorpresa en la gaveta de las verduras de la heladera. Una remolachita había hallado allí las condiciones ideales para poner primera y arrancar. Dentro de una bolsa, con suficiente humedad y en un ambiente fresco, dada mi impericia para deshacerme de los comestibles hasta que no hay más remedio, terminó echando unas vigorosas raíces blancas.

Para los que tenemos esta obsesión de no tirar nada y además se nos dan los asuntos de la huerta, fue cuestión de sumar dos más dos. La saqué de su encierro, le quité las hojas chamuscadas hasta dejar solo un brote tímidamente verde, sumergí las raíces en agua y envolví todo con una bolsa. Muy pronto, el brote había prosperado con vehemencia y las raíces me pedían que las pusiera en tierra. "Con un poco de potasio, si no es molestia".

Una semana antes de que terminara junio, la remolachita ya tenía su hashtag en Instagram y había crecido tanto que hubo que cambiarla a una maceta más grande. Nacida en el olvido de un refrigerador, ahora ya era una señora planta que colaboraba en la decoración de ensaladas y otros platillos, que es una de las cosas que mejor hace esta parienta de la acelga, gracias a sus nervaduras y tallos carmesí que le confieren un aspecto casi preternatural.

Pero el plan es otro. Cuando la descubrí pugnando silenciosa en la heladera no pensé solo en hojas ornamentales ni fue nada más que admiración por esa ciega voluntad de torcerle el brazo a un ocaso prematuro. Pensé sobre todo en semillas. Se supone que ahora que ya tiene su raíz de gordura roja y dulce y que su roseta verde es cada vez más frondosa, en algún momento decidirá que es tiempo de reproducirse. Entonces florecerá y fructificará.

Existe, sin embargo, un obstáculo. Hasta donde pude averiguar, las remolachas son alógamas. Esto es, se fecundan entre plantas diferentes. Es una buena idea que la naturaleza favoreció para reducir la endogamia. El problema es que la remolachita que quería vivir está sola. Magnífica y un poco presuntuosa en su nueva maceta, pero sola. Además, leo por ahí, podría ser anual. Como todos, no sabe cuánto tiempo le queda.

Arrancada tempranamente de su terruño, como muchos de nuestros antepasados, fue a parar, vaya uno a saber luego de cuántos virajes y reveses, a la góndola de una verdulería. Quiso el azar que me llevara ese atado de tres tubérculos (y no otro), de los que uno quedó varias semanas abandonado en la noche fría y húmeda. Hasta que descubrí su ansia y le di una oportunidad mejor que una sopa o un puré. La peleó en serio. Como nuestros abuelos. La pasó mal. Pero ahí está, orgullosa de su logro y generosa con nosotros. Y sola.

No está todo perdido, sin embargo. Para que su tenacidad se vea premiada con la descendencia solo hace falta una huerta cercana y un poco de viento o alguna abejita empeñosa. Visto su historial, le tengo fe.

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