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Siembra directa: una técnica que en el campo sirvió para frenar el deterioro

Fernando Bertello
Fernando Bertello LA NACION
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17 de octubre de 2018  • 15:00

La erosión encontró un freno con la siembra directa, la técnica de no remoción del suelo para producir que vio sus primeras luces en el país hace 40 años y que desde hace un buen tiempo se aplica sobre más del 90% de la superficie sembrada. En la campaña pasada, la siembra directa se hizo en el 93% de los 32,4 millones de hectáreas para grano comercial. En términos de porcentaje sobre el área cultivada significa una posición destacada de adopción a nivel mundial.

Desde las primeras experiencias que se hicieron con ella a mediados de los años setenta, con inquietos ingenieros y productores en el sudeste de Córdoba, la siembra directa fue vista como fundamental para conservar la salud de los suelos: mejoraba el aprovechamiento del agua, un recurso clave para los cultivos, y detenía la erosión. En los lugares en los que avanzó, en más del 90% se frenaron tanto la erosión hídrica como la eólica respecto de la labranza tradicional. Otra ventaja ambiental y económica que presentó fue la de los costos, ya que se usaba menos combustible que en la época de las máquinas con discos de arado. También fue la llave para abrir la producción a otras regiones, algunas de ellas que, por la siembra de soja sin rotaciones con otros cultivos, hoy muestran un desgaste.

En rigor, no es solo siembra directa lo que se debe hacer. A ella hay que sumar las rotaciones tanto en diversidad de cultivos como en intensidad, la reposición de nutrientes y los cultivos de cobertura para no dejar el suelo desnudo entre una cosecha y otra. Desde el INTA, Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del organismo, valora que en un momento en el que la erosión era grave, la técnica de la siembra directa contribuyó a ponerle un freno. Ahora, hay que pensar en mejorar los niveles de materia orgánica y que no se pierdan más toneladas de suelo. María Beatriz "Pilu" Giraudo, expresidenta de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), destaca que desde el punto de vista del suelo la Argentina pudo detener una pérdida de suelo que otros países no consiguieron en igual medida. Más allá de la protección contra la erosión, la siembra directa hoy enfrenta amenazas, como las malezas resistentes, que llevan a algunos productores a romper momentáneamente el sistema.

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