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Un anhelo: que en los Juegos grandes Bach no nos quite a Bach

Xavier Prieto Astigarraga
Thomas Bach, presidente del COI, en el club Náutico San Isidro
Thomas Bach, presidente del COI, en el club Náutico San Isidro Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo
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17 de octubre de 2018  • 23:59

De los mostachos del barón Pierre De Coubertin a los parietales semirrapados de Broly pasaron muchas cosas. Incluso en mucho menos tiempo que ese siglo y pico que hubo en medio. En épocas del lunfardo sesento-setento-ochentoso, cualquiera habría entendido que "broli" era "libro", y unas décadas después a los chicos ni se les ocurre pensar en eso, sino en en el personaje animado de Dragon Ball Super.

Sí, los tiempos cambian, obvio. Y aunque el espíritu de citius, altius, fortius sigue en pie, el Comité Olímpico Internacional se devana los sesos para captar más audiencia y contener los gastos, y así maximizar ganancias. No queda del todo claro para qué, porque el COI no deja de ser una ONG y, por ende, una entidad sin fines de lucro, pero si lo hace con cierto criterio, pues adelante.

Desde hace tiempo limita la logística olímpica para que los Juegos mayores no se le desmadren, que no pasen los 10.500 atletas en total. Por ende, para que un deporte entre al programa, debe salir otro. Y en estos de la juventud está realizando ensayo-error, probando qué funciona y qué no con las generaciones que vienen. Como sesudamente diría Marcos Mundstock ante Daniel Rabinovich, los que hoy son niños... mañana serán hombres, y ahí está el público de las próximas décadas. Y ciertamente parece haberle ido muy bien en Buenos Aires con la escalada, el breaking, el handball playero y otros.

"Todo bien, pero eso no es deporte", se escucha en charlas de aficionados cuando surge el tema del urbano y juvenil break-dance. Difícil encontrar un límite ahí entre arte y deporte. La tradicionalísima gimnasia, que también depende de las calificaciones subjetivas de un jurado y no de las marcas objetivas de un campo de juego, también lo es.

En todo caso, los deportes "raros" vienen siendo estrellas de unos Juegos más informales, como los protagonistas que les dan vida y como la mayoría de los espectadores que los presencian. Por allí anduvo calificando volcadas Sergio Hernández, una eminencia del básquetbol nacional, que había hecho lo mismo en los informales concursos de volcadas del Juego de las Estrellas de la Liga Nacional. Hernández (juez) es tan argentino como Fausto Ruesga (parte), el ganador de una medalla que premia una parte muy pequeña de un deporte, pero medalla tan contable como las de cualquier otra disciplina, aunque demande menos preparación que, por ejemplo, el seven de rugby.

Esa atomización de deportes, sobre todo de los colectivos, contrasta con los mundiales de fútbol, en los que los hinchas siguen con detalle los partidos y los goles incluso de seleccionados ajenos. Unos Juegos Olímpicos ya son difíciles de seguir por la cantidad de actividad que hay, y si se los entrega a la cultura videoclip -todo fraccionado, todo impactante, más para los sentidos que para la mente-, se hace aun más difícil estar al tanto de todo, porque hay muchas pruebas y competencias en poco tiempo. Los partidos de básquetbol 3 x 3, rugby seven, hockey 5 pueden ser varios por día para un mismo equipo. En cambio, el básquet de 5, el rugby de 15, el hockey de 11 y demás, con 40 y 80 minutos en vez de 10 y 14, son más complejos y ricos que sus versiones deshidratadas. Hay más táctica, más administración de fuerzas, más desarrollo de juego.

Cuando somos jóvenes no solemos apreciar tanto la calidad. En cualquier aspecto de la vida: el arte, la arquitectura, los materiales. Es un valor que vamos incorporando con los años. Y así como, ya más grandes, en una fiesta de casamiento nos extasiamos de diversión cuando suena Los Auténticos Decadentes, también vivimos nuestro momento más feliz en el vals, cuando bailamos con la novia, que es la hermana, la hija, la amiga. Sabemos que Cucho y los suyos son unos fenómenos en lo que hacen, pero nunca serán Johan Strauss, ni Paul McCartney ni Astor Piazzola. Que Peligro Sin Codificar no es Les Luthiers. Y que el Parque Urbano de Puerto Madero no es el estadio Olímpico de Berlín.

Broly, Ruesga y la escaladora Valentina Aguado nos asombraron, nos deleitaron y nos conmovieron, pero sabemos que las palabras mayores en el deporte siguen estando en las grandes disciplinas, de cancha y tiempo completos. Que no por hacer más rating y billetes el COI nos dé más de Decadentes si eso implica quitarnos a Strauss el día de mañana en los Juegos absolutos. Que Bach (Thomas) no nos quite a Bach (Johann Sebastian).

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