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Cuando muere una amiga de Facebook

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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19 de octubre de 2018  • 01:24

Desde que abrí una cuenta en Facebook, hice muchos amigos virtuales. Con la mayoría no intercambiamos ni siquiera un me gusta, mucho menos un me encanta o un me entristece, que reservo para los amigos con los que mantengo una comunicación constante y correspondida. No son ni la mitad del número que figura en la lista de amigos, que algunos críticos de las redes sociales comparan con una fantasiosa cuenta bancaria. ¿Quién tiene tantos amigos? Las relaciones virtuales tienen, todavía, mala prensa. Se dice que son espurias, inauténticas y superficiales, como si las relaciones cara a cara fuera el súmmum de la pureza y el carácter genuino del encuentro.

Conozco los intereses de mis amigos y, de hecho, somos amigos porque compartimos algunos gustos, valores e incluso ideales. Las imágenes que publicamos en los muros de Facebook amplían los marcos de nuestra relación y puedo conocer los paisajes que aman, a sus hijos, parejas y nietos, a las mascotas con las que conviven, las bibliotecas donde conservan sus libros y las vistas de los jardines desde las ventanas de sus casas.

A veces conozco en persona a mis amigos de Facebook. En la presentación de un libro de otro amigo, o en la visita a un museo durante el fin de semana; a la tarde, en un bar porteño o a la salida de un cine, se puede producir el encuentro. Nos reconocemos por las imágenes fotográficas y hacemos chistes sobre los parecidos y las diferencias entre la foto del perfil y lo que la realidad hizo con nosotros. Casi siempre después de habernos visto por primera vez, la relación virtual se enriquece y se vuelve más fluida, al menos en mi experiencia.

Una semana atrás, murió una amiga de Facebook. Sabía que había estado internada porque ella misma, desde la clínica, me lo había contado en un breve texto que quedó en la casilla de mensajes recibidos. Como no se explayaba sobre los motivos de la internación (y evitó responder mis preguntas), confié en que no era nada grave y que pronto volvería a leer sus noticias y a ver sus fotos. Las últimas que recuerdo registraban una nevada tardía en las sierras. Hasta el viernes de la semana pasada, cuando llegó la noticia por parte de una amiga de mi amiga: Violeta Balián había muerto.

Conocí en persona a Violeta en abril de este año, cuando se celebró la séptima edición del Filba Nacional en La Cumbre. Ella vivía en las afueras de ese hermoso pueblo cordobés. Felices de encontrarnos después de tantos mensajes escritos ante pantallas de computadoras y celulares, pudimos hablar de sus perros, de su novela histórica en proceso, de la niebla constante que había bajado al pueblo en esos días y de las obras de algunos escritores invitados al festival de literatura. Siempre estaba atenta a las noticias sobre libros de los escritores argentinos y sobre la cultura armenia. Sabía que en su novela, que no podrá ver publicada, esa cuestión ocupaba un espacio central. De esos días quedó pendiente una promesa hecha en la segunda tarde del festival: cuando llegara la primavera, nos encontraríamos para tomar el té en su casa con vista a las sierras y charlaríamos un rato largo.

Es difícil despedirse de una amiga de Facebook fuera de Facebook. A una distancia de cientos de kilómetros de su casa y de sus seres queridos, sentía a la vez pena por su muerte y piedad por mi tristeza. Por Facebook, les avisé a los amigos en común y a otros amigos que Violeta, escritora, autora de una novela y de varios cuentos, cultora de las mejores tradiciones armenias (entre ellas la inteligencia y la sociabilidad), había muerto. También le escribí a un amigo en común, escritor como ella, para pedirle que me contara la historia de su amistad, que también se había iniciado en Facebook.

La historia de la amistad entre Violeta y Pablo Martínez Burkett es esta. "No sé cómo nos hicimos amigos en Facebook. Lo que sí sé es que nos hicimos muy amigos, más allá de Facebook. En la semana, conversábamos muchas veces. Yo la dejaba hablar: su versación y humanismo eran de una sabiduría añeja. Y su humor, bordeando la corrosiva acidez, una delicia. Era una mujer de mundo, que vivió intensamente su compromiso con las letras tanto como su amor por Armenia, la patria de sus mayores, que me enseñó a amar. Si digo que me ayudaba con mis traducciones al inglés estoy siendo ingrato: ella las embellecía con su fina literatura. Y si digo que le ayudaba con sus textos, también: yo aprendía mucho de su método compositivo. Tuve el honor de prologar una de las varias ediciones de El expediente Glasser, una gran novela del domestic noir. En el blog El Eclipse de Gyllen Draken, la tuvimos varias veces como invitada. Ahora que lo miro con la nostalgia de lo irreparable, pienso que Facebook, hogar de tanto despropósito, me dio mucho más que una amiga. Por eso es tanta la tristeza. Hasta que nos volvamos a ver, querida Violeta".

Para rendirle homenaje, en el blog de Martínez Burkett se volvió a públicar un cuento de Violeta Balián, "Dachnavar, el vampiro armenio", que se puede leer en este link.

A una semana de su muerte, ya tuvo más ochocientas lecturas. "Otras tantas flores a su querida memoria", como dice mi amigo Pablo.

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