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La gran apuesta por Arabia Saudita se vuelve más riesgosa para Trump

Matthew Lee
Matthew Lee MEDIO: Agencia AP
Pompeo fue recibido ayer por Erdogan, en Ankara
Pompeo fue recibido ayer por Erdogan, en Ankara Fuente: AFP - Crédito: Murat Cetin Muhurdar
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18 de octubre de 2018  

WASHINGTON.- El presidente Donald Trump apostó fuerte y riesgosamente por Arabia Saudita y su príncipe heredero de 33 años. Y ahora esa apuesta es más riesgosa todavía.

Desde los primeros días de su presidencia, Trump y su equipo de política exterior pusieron al reino y al príncipe Mohammed ben Salman como anclas de toda su estrategia para Medio Oriente. Desde Irán e Irak hasta Siria, Yemen y el conflicto palestino-israelí, el gobierno norteamericano apostó a que Arabia Saudita, manejada en los hechos por el príncipe, podría liderar, y hasta financiar de buena gana, una especie de "Pax Arabica" en una región del mundo de la que Trump prefiere desentenderse.

Durante casi dos años, y a pesar de la crisis actual en Qatar y del rechazo internacional por las víctimas civiles de la campaña militar contra los rebeldes yemenitas liderada por Arabia Saudita, el príncipe Mohammed logró mantener la confianza de Washington. Pero ahora, frente a la creciente indignación global por la desaparición y el probable asesinato de un periodista, la marea está cambiando. Tal vez la gran estrategia del gobierno de Trump quede desbaratada, con implicancias y ramificaciones que se extienden mucho más allá de la región árabe.

Por más que la investigación sobre lo ocurrido con Jamal Khashoggi termine exonerando a los máximos funcionarios sauditas, la fuerte alianza de la Casa Blanca con el príncipe igualmente quedará bajo fuego cruzado en el Congreso norteamericano, donde tanto demócratas como republicanos han manifestado su consternación ante los relatos aún no confirmados sobre el destino del periodista. Varios legisladores de ambos partidos están cuestionando la aptitud de Mohammed para conducir su país, y han dejado entrever que ya es tiempo de repensar las relaciones de Estados Unidos con Arabia Saudita y de reducir tajantemente la venta de armas a ese país.

El impacto de una ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudita, por remota que sea esa posibilidad, generaría una onda expansiva en todo el mundo, desestabilizaría el mercado del petróleo y el clima de inversiones globales, por no hablar del revés que sufrirían los propios planes del gobierno de Trump para Medio Oriente.

Jared Kushner, yerno y alto asesor de Trump, hizo de Arabia Saudita la pieza central de su todavía no revelado acuerdo de paz palestino-israelí, que según se dice demandaría ingentes inversiones sauditas y del golfo Pérsico para financiar la reconstrucción y los proyectos de desarrollo en Gaza y Cisjordania.

El apoyo saudita también será crucial para resolver los puntos políticos del plan: Israel insiste en que su seguridad esté a la par del tema del Estado palestino. Eso implica que Israel probablemente buscará garantías de que cualquier acuerdo al que llegue con los palestinos será seguido de un acuerdo más amplio que normalice sus relaciones con el resto del mundo árabe, en especial con Arabia Saudita.

En Siria, el gobierno norteamericano depende casi enteramente de Arabia Saudita, junto con sus estrechos aliados de los Emiratos Árabes Unidos, para compensar los fuertes recortes de ayuda financiera para estabilizar las áreas que fueron liberadas de las milicias de Estado Islámico. En la vecina Irak, tanto el actual secretario de Estado, Mike Pompeo, como su predecesor, Rex Tillerson, se respaldaron fuertemente en los sauditas cuando hicieron promesas de desembolsos para reconstruir las poblaciones arrasadas por la guerra.

Pero tal vez la política del gobierno norteamericano que más se resentiría por una disputa entre Estados Unidos y Arabia Saudita sería la estrategia de aislar a Irán.

Trump cuenta con los sauditas para apuntalar y complementar en varios frentes su estrategia hacia Irán.

En Yemen, donde la coalición liderada por los sauditas con apoyo norteamericano está combatiendo a los rebeldes insurgentes chiitas hutíes respaldados por Irán, cualquier disminución de la ayuda de Estados Unidos resentiría los esfuerzos por frenar el avance de Teherán.

En Siria, donde los fondos de estabilización enviados por los sauditas son usados en parte para impedir que enviados iraníes se instalen en las comunidades previamente ocupadas por Estado Islámico, cualquier reducción de la cooperación saudita le daría más margen a Irán. Lo mismo se aplica a Irak, donde las inversiones sauditas son cruciales para impedir que Irán se afinque del todo en ese Estado de mayoría chiita.

Lo más importante de todo es que la Casa Blanca contaba con que Arabia Saudita intervendría para impedir que se disparen los precios del crudo cuando reimponga las sanciones económicas a Irán, que fueron levantadas tras el acuerdo nuclear de 2015 del que Trump se retiró. Esas sanciones exigen a los países que dejen de importar petróleo iraní, a menos que reciban un permiso o paguen las multas correspondientes. Si las relaciones con Washington se enfrían, tal vez Riad se sienta tentada de no incrementar la producción de petróleo para compensar la falta de crudo iraní.

Por supuesto que la apuesta de Trump todavía puede salir bien si la investigación sobre el destino de Khashoggi resulta creíble y los responsables de su suerte rinden cuentas ante la Justicia, como todos se han encargado de exigir, desde Trump hasta el vicepresidente Mike Pence y el secretario Pompeo. Pero ahora que los sentimientos antisauditas están exacerbados en los pasillos del poder, Trump podría descubrir que apostarlo todo al príncipe fue una pésima jugada.

Traducción Jaime Arrambide

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