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Aún estamos a tiempo de proteger a la Antártida

Javier Bardem
Javier Bardem PARA LA NACION
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18 de octubre de 2018  • 11:35

Pensé que haría frío. Pero no cualquier frío, sino un frío más frío que cualquier otro que haya experimentado en mi vida. Tuve una visión de exploradores con barbas cubiertas de hielo atravesando una tormenta de nieve.

Sin embargo, de pie allí, recibiendo el brillante sol de la Antártida, viendo cómo crujía el hielo del los azules icebergs y a los pingüinos entrando y saliendo del agua, me sentía completamente satisfecho de la naturaleza.

En lo que no había pensado era en la oscuridad. No me refiero a la oscuridad de la noche, me refiero a la oscuridad del helado y profundo océano, luego de bajar casi medio kilómetro al fondo marino antártico.

Fue en enero de este año cuando me uní a la expedición de Greenpeace como parte de su campaña por la creación de un gran Santuario en el Océano Antártico. El área abarcaría 1,8 millones de kilómetros cuadrados, un tamaño similar al de toda la Patagonia argentina. Los gobiernos miembros de la Comisión del Océano Antártico se reunirán en siete días para votar por lo que se convertiría en el área protegida más grande en la Tierra. Ya son más de dos millones de personas, entre las que me encuentro, que quieren que esto sea posible.

Durante la expedición, científicos se sumergieron con pequeños submarinos al fondo del mar para conocer un área nunca antes visitada por los humanos. La emoción hizo que el frío antártico quedara en el olvido, porque estábamos conociendo un ecosistema del cual se sabe muy poco.

Ahí estábamos, en las fronteras del conocimiento humano, descendiendo en un pequeño submarino donde apenas cabíamos dos personas. La luz se desvaneció y el mar a nuestro alrededor se volvió azul intenso. Cuando nos sumergimos a cientos de metros debajo de la superficie, estaba rodeado por una espesa negrura. Era un color que desconocía que el océano podía tener. Puro negro.

Una linterna en la parte delantera del submarino brillaba como una luz de noche para un niño con miedo a la oscuridad. Un faro hasta el fondo del mar.

La vista era asombrosa. De la oscuridad y las heladas profundidades emergió una masa de vida en movimiento, arrastrándose, vibrante.

La temperatura es tan fría que la vegetación apenas sobrevive en el fondo marino. Casi todo lo que se mueve es un animal. Peces de hielo bizarros y fantasmales semitransparentes. Arañas de mar que parecen sacadas de una película de ciencia ficción. Coloridos, zarcillos, estrellas de plumas, canastillas, corales, esponjas. Este lugar estaba alfombrado con un espectro de vida.

Me comentaron que más personas visitaron la Luna que el fondo del Océano Antártico. Tal vez es apócrifo, pero ciertamente se siente así. Sabemos muy poco sobre este entorno extraño, por lo que es importante protegerlo antes de que sea demasiado tarde.

Al emerger de nuevo hacia la superficie, las burbujas del casco del submarino se despejaron. Fue como haber despertado de un sueño: las criaturas intangibles del abismo quedaron atrás.

Realmente había conocido la luz y la oscuridad de la Antártida.

En la suerficie, las colonias de pingüinos se extienden por kilómetros en islas cubiertas de nieve, con millones de parejas reproductoras en toda la región, criando a sus polluelos en este ambiente inhóspito. Enormes ballenas emergen por todas partes y se alimentan de enormes nubes rosadas del pequeño krill, parecido a un camarón, en el que confía casi toda la vida silvestre. Los lobos marinos y los elefantes marinos descansan sobre bloques de hielo a la deriva. Mientras debajo sigue existiendo otro mundo, con una oscura vitalidad.

Muy a menudo, lamentamos la destrucción del medioambiente una vez que ha tenido lugar. Es cierto que la vida silvestre en la Antártida enfrenta amenazas como el cambio climático, la contaminación y la pesca industrial, pero esta área sigue siendo una de las regiones menos explotadas del planeta.

Es este el momento, tenemos la oportunidad de proteger este lugar cuando los gobiernos responsables de la conservación de las aguas antárticas se reúnan, en Tasmania. Qué mejor conservación para el Océano Antártico que la creación del área protegida más grande de la Tierra en su corazón, en el Mar de Weddell. Ubicaría a la zona fuera del alcance de la actividad humana en el futuro, protegería la vida silvestre como a los pingüinos, las focas y las ballenas, y ayudaría a enfrentar el cambio climático.

Estoy orgulloso de ser parte de un movimiento de más de dos millones de personas que se ha unido este año para exigir que los líderes mundiales protejan la Antártida.

La mayoría de estas personas nunca visitarán la Antártida, pero su pasión por protegerla en cada pequeño acto de coraje me inspira. En todo el mundo, ciudadanos han escrito a sus políticos, han alentado a sus amigos y familiares a tomar medidas, se han disfrazado de pingüinos, han bailado sobre hielo para crear conciencia desde las calles de Buenos Aires a Pekín, y se instalaron esculturas de pingüinos desde Johannesburgo a Seúl. Este es un movimiento global para una región que nos pertenece a todos.

Ahora, mientras los gobiernos se preparan para reunirse en la Comisión del Océano Antártico, hay millones de ojos observándolos e instándolos a actuar. Para asegurar la Antártida para las generaciones futuras. Para permitir que su abundancia de vida silvestre florezca y sus especies migratorias prosperen entre los océanos del mundo. Para ayudar a crear océanos saludables que contribuyan a la seguridad alimentaria mundial. Para preservar las funciones del Océano Antártico como una de las reservas de carbono más grandes del mundo. Porque, en verdad, lo que sucede en la Antártida nos afecta a todos.

Embajador antártico de Greenpeace

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