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La revolución del gigante que invita a pensar el infinito

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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21 de octubre de 2018  

Milton Sirotta tenía 9 años en 1938. Pasaba mucho tiempo viendo trabajar a su tío, el matemático Edward Kasner, y un día, durante un paseo por New Jersey, éste no tuvo mejor idea que pedirle al pequeño que inventara un nombre para un número que supere todo lo que se puede medir en el mundo, una cifra inconmensurable que invite a imaginar el infinito: 10 elevado a la centésima potencia, es decir, un uno seguido de 100 ceros. "Googol", balbuceó el sobrino rápidamente. Al hacerlo, entró en la historia de las matemáticas... y mucho más.

Sesenta años después, el número más grande con nombre propio serviría para que dos estudiantes de la Universidad de Stanford bautizaran un proyecto en el que venían trabajando, aunque uno de ellos, Larry Page, cometería un error de tipeo al inscribirlo. De no haber sido por aquel niño de 9 años, el proyecto, un buscador para navegar más fácil la Web, se hubiera denominado "BackRub" y quién sabe si hubiera conseguido, en dos décadas de vida, dominar el mundo. Lo cierto es que, error mediante, el buscador se llamó Google y cambió nuestras vidas.

Se conoce cómo comienzan las revoluciones, pero nunca cómo terminan. Y tanto Page, como su socio, Sergey Brin, ambos de 25 años en 1998, no pueden haber imaginado en lo que se convertiría su emprendimiento. El motor de búsqueda desplazó rápidamente a AltaVista, desde 1995 el buscador más popular, pero fue a partir del año 2000, en que presentaron AdWords, su sistema de publicidad online, cuando empezaron a trastocarlo todo. Para mencionar solo sus hitos más conocidos, en 2003 crearían la plataforma de blogs Blogger; en 2004, Gmail, el correo electrónico que todos usamos; y en 2005, Google Maps, el GPS con el que hoy nos movemos por todos lados. En 2006 adquirirían YouTube por 1600 millones de dólares. Le seguiría en 2007 DoubleClick, una empresa especializada en publicidad en internet, adquirida por 3100 millones de dólares. Luego vendrían Google TV, el navegador Chrome, proyectos de realidad aumentada y hasta un teléfono propio.

En menos de dos décadas Google se convirtió en un gigante omnipresente, una empresa con un valor de mercado de unos 830.000 millones de dólares, que desde que salió a la Bolsa, en 2004, ha ganado 2280 por ciento. Pero también enemigos. Muchos acusan a Google de admitir censura de gobiernos autoritarios a cambio de réditos comerciales, y los medios de comunicación le endilgan lucrar con sus contenidos sin respetar los derechos de autor. Google es en definitiva una aplanadora que está obligando a los legisladores en el mundo a repensar las reglas de Internet.

Isaac Asimov se lamentaba con ironía que "tendremos que padecer eternamente un número inventado por un bebé". ¿Será eterno también Google? ¿Cuánto más durará su dominio mundial? ¿Seguirá creciendo hasta lo inconmensurable, hasta parecerse al número que invita a pensar el infinito? Las revoluciones comienzan de algún modo, pero nunca se sabe cómo terminan.

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