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Al final parece que no éramos tan sociales

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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20 de octubre de 2018  • 00:20

Los humanos somos adictos a los eufemismos. No siempre está mal, pero pueden dar lugar a confusiones. Debido tal vez a la naturaleza de los eufemismos, esas confusiones empiezan siendo pequeñas, casi insignificantes. Entre lo que queremos decir y lo que estamos diciendo hay solo una pequeña desviación. Pero, como dos líneas que por poco no son paralelas, los conceptos se van separando cada vez más. Hasta que un día nos damos cuenta de que estuvimos todo el tiempo basándonos en un concepto equivocado, en alguna clase de falacia o en un sofisma que se cae a pedazos. Es exactamente lo que nos ocurrió con las redes sociales.

Los memoriosos recordarán cómo empezó todo. En Twitter reinaba la concordia. Igual que cuando hoy se funda un grupo de WhatsApp. Al principio todo marcha bien, la pasás super, te divertís, conocés gente copada. Hasta que, para dejar los eufemismos de lado, se pudre todo. Twitter explota. Hay una batalla campal en Facebook. El grupo de WhatsApp se detona. Le echamos la culpa a los trolls, claro, y hay mucho de cierto en eso, pero hagan este experimento:

1. Consigan un vaso y verifiquen que esté perfectamente limpio.

2. Llénenlo con agua de la canilla.

3. A continuación, enciendan un fósforo y arrójenlo dentro del vaso.

4. Si el fósforo se apaga, arrojen otro.

5. Repitan el procedimiento desde el punto 4 en adelante hasta que el agua se inflame o hasta que se agoten los fósforos.

Como es obvio, el agua nunca se encenderá. Así que echarle la culpa a los trolls nos sirve, dentro de este gran malentendido, para quedarnos tranquilos con nuestra consciencia. Pero el hecho es que en Twitter, Facebook y WhatsApp los vasos de agua arden cuando les tirás un fósforo. O sea, un troll. Es verdad que estos sujetos son insufribles y que algunos están incluso entrenados para provocar hasta al más bueno de los buenos. Pero los que nos inflamamos somos nosotros.

A veces decimos que las redes sociales pueden ponerse muy antisociales, pero este razonamiento, en el que confieso haber incurrido más de una vez, también proviene de que usamos palabras incorrectas. Dijimos que son redes sociales, pero creímos que eso equivalía a sociables. Es más, solemos decir que somos seres sociales y creemos que eso significa que somos capaces de formar sociedades sanas. El malentendido está presente, por supuesto, también en el título de esta columna, adrede.

Creo que basta mirar Twitter, los grupos de WhatsApp, buena parte de Facebook, y, si me voy al pasado remoto, los foros de Usenet o los canales de IRC, para darse cuenta de que no es así. Es más, el violento historial de nuestra especie sugiere que las sociedades que resuelven sus conflictos y diferencias de forma patológicas no son la excepción. Y que los grupos que han desarrollado mecanismos robustos de mediación y convivencia pacífica pueden ser destrozados por los violentos en cuestión de horas o días. La historia narrada por la reciente ganadora del premio Nobel de la Paz , Nadia Murad, es un ejemplo horrendo, pero de ninguna manera raro. El fundamentalismo violento y voraz ha causado más sufrimiento a gente decente y pacífica que todos los desastres naturales y las plagas sumados.

Porque el problema es la violencia. El problema es que creemos que la violencia es una forma lícita de resolver problemas. O, cuando menos, una forma efectiva. Que sirve de algo. No lo creemos porque sí. Hay un motivo.

A los tarascones

No sé si notaron esto, pero es raro ver a los animales negociar, mediar, conciliar. Perros, digamos. O pegan onda o se van a destrozar hasta que uno de los dos muera, se someta o se vaya. Nos asombra que un pichicho que "es un pan de Dios" con los humanos se violente hasta el perricidio con algunos de sus congéneres.

Bueno, cómo decirlo sin que suene a obviedad, esta clase de comportamiento está bien entre los perros y, en general, entre todo bicho que carece de un lenguaje tan elaborado como el nuestro y que es incapaz, por lo tanto, de completar razonamientos complejos y comunicar conceptos abstractos. Monos, por ejemplo. Por muy evolucionados que nos parezcan, mostrarán los dientes, rugirán y se golpearán el pecho ante cualquier provocación. Pongan el principio de 2001, Odisea del espacio y ahí está la respuesta, clarita, sin filtro. Nos guste o no, nos preceden cientos de millones de años de saldar nuestras diferencias a tarascones, y el cerebro reptiliano sigue ahí, agazapado, pugnando por saltarle a la yugular al rival.

Pero entre seres humanos esa conducta, que por desgracia hemos naturalizado, es nociva y anómala.

La guerra y la paz

El otro problema es que este método para saldar diferencias es obsoleto. No sirve más. Tengo entendido que algunos sostienen que las grandes guerras han dado origen a algunos avances científicos y técnicos fundamentales. Me encanta esta clase de razonamiento. Es como decir que lo bueno de que se haya muerto el antes referido pichicho es que ahora ya no hay que gastar más dinero en alimento balanceado. Además, tengo la impresión de que no hay mejor clima que la paz para avanzar en ciencia y tecnología.

Las redes sociales no se vuelven antisociales a veces. Son simplemente un reflejo de nuestra naturaleza. Si mi memoria no falla, fue Pascal el que escribió que no somos ni ángeles ni bestias. Ahí se ancla el conflicto detrás de todos los conflictos. Si alguien nos ataca, nos defendemos con una fuerza igual o mayor (esto tiene, de hecho, un nombre técnico en estrategia militar). Estamos convencidos de que esa es la forma en que el mundo todavía funciona.

Por añadidura, la virtualidad otorga cierta licencia adicional para irnos al pasto. Entonces la violencia escala. Pero, vamos, una pequeña mala maniobra con el coche y estalla una batalla campal.

Los argentinos creemos que estamos más crispados que otros pueblos. Es posible. Pero es también coyuntural. En el gran mapa, la devastación causada pura y exclusivamente por no ser capaces de frenar la escalada a tiempo, por creer que la violencia es un método válido o, al menos, efectivo, es monstruosa. Nadie debería haber sufrido lo que ha sufrido y sufre una parte sustancial de la humanidad.

Por supuesto, existen numerosas formas de violencia. Las redes son un ejemplo. Se puede herir de forma horrible con la palabra, con el acoso verbal. Pero toda forma de violencia termina dañando el cuerpo. Lo que constituye casi una burla, porque caemos en estas regresiones patéticas en las que el diálogo, que es nuestra única vía de salida de la violencia, es usado para violentar.

No es ni culpa de las redes ni de las malas palabras. Somos agua inflamable. Somos una paradoja que ni es ángel ni es bestia.

De cierta forma, las redes constituyen uno de los experimentos sociales más vastos de la historia humana. Nos preocupamos por las fake news y los trolls, nos consterna ver cómo la privacidad se evapora, y la vigilancia estatal huele a distopía. Todo eso es cierto. Pero lo que ha ocurrido con las redes es que, al revés que las sociedades más sanas, progresaron demasiado rápido (lógico) y no pudieron desarrollar mecanismos de mediación. Sin la abuela que concilia y sin árbitros juiciosos, nos arrojamos a un ágora desmesurada y despojada de toda sabiduría, y, como era de esperarse (aunque no recuerdo nadie que lo haya anticipado), terminamos en unas matanzas simbólicas espeluznantes.

No digo nada nuevo, pero insistiré: la violencia no se resuelve con violencia.

Somos adictos a los eufemismos y a echarle la culpa a otros. O a una tecnología. A una circunstancia. Lo que sea. Deberíamos, creo, madurar un poquito y aceptar que todavía tenemos que aprender, como sociedad, a resolver nuestros conflictos sin recurrir a la violencia. Parece otra obviedad, pero de ninguna manera lo es. Es urgente por un motivo. Un motivo muy simple. Nuestra mente racional, capaz de extraer la energía del átomo o de viajar al espacio, en combinación con la vocación violenta de las bestias, es una fórmula explosiva que ya nos puso al borde del abismo en al menos una ocasión. Así que es no es idealismo políticamente correcto. Es supervivencia.

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