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El verso del poliamor

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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20 de octubre de 2018  

El llamado poliamor es un verso. Afirmamos lo antedicho para ayudar sobre todo a aquellos jóvenes que van tratando de entender el mapa de la adultez compleja que se les avecina. A ellos se les pretende vender un buzón que, si no tienen un buen GPS, les va a complicar la vida a la hora de desarrollar sus capacidades afectivas.

Lo de las parejas abiertas, múltiples, el "amor libre" y demás ya es antiguo. Habrá o no tenido su valor para algunos, pero, de hecho, esas propuestas nunca perduraron y terminaron muchas veces en viejos y conocidos litigios de celos o de juicios por paternidad. La última oleada de propuestas de ese tenor ocurrió en las décadas del 60/70 con diversos grupos (hippies, sectas espirituales o intelectuales, etcétera) que lo practicaban de una manera que hoy nos parecería risueña si no fuera porque muchos no la pasaron bien con el tema. Tanto es así que aquellos protagonistas sobrevivientes hoy transitan la abuelez o la bisabuelez en clave más conservadora que antaño, por cierto.

El poliamor del que se habla estos días es un invento generado de apuro para aliviar las penas del desamor. Claro: si por "amor" entendemos cualquier tipo de encuentro erótico, independientemente de su calidad, significación e intención de sustentabilidad, comprendemos el origen de la profunda confusión del caso.

Todos sabemos que no todo encuentro es amor, pero todo amor es un encuentro. Y todos sabemos que el amor es cualitativo, no cuantitativo ni dado a sumar estadísticas. Algunos que aman las estadísticas (generalmente por una cuestión tribunera o de inseguridad afectiva) dicen amar a las personas, pero no, no es así.

Hay palabras adecuadas para nombrar los diferentes avatares y momentos que puede tener el camino erótico. Solamente enunciamos algunas de esas circunstancias: romance, aventura, metejón, crisis, apasionamiento, ambivalencia, atracción, obsesión, etcétera.

Eso de sentir "amar" a varios a la vez, con todo lo que eso implica de intimidad y cercanía afectiva, es un problema y no un estado sostenible. Como tal, generalmente se resuelve con el tiempo. No es una situación que pueda perdurar sin cierta angustia o, al menos, autoengaño o trampa, sin nombrar las complicaciones logísticas y de todo tipo que surgen cuando se pretende institucionalizar un estado que, como mucho, dura un rato.

La resolución de este tipo de situaciones, en que la afectividad se complejiza con terceros y cuartos actores en escena, se da, generalmente, a través de la elección por uno de los varios "amados" o a través de la toma de conciencia de que, si de amor hablamos, en realidad no se amaba de veras a ninguno de los miembros de la lista.

Hay monogamia, poligamia, sexo a discreción, dramas pasionales, ambivalencias, triángulos, cuadriláteros y trampa cronificada. También hay parejas tradicionales que conviven "embalsamadas" y que no pueden llamarse "amorosas". Cada una de estas situaciones tiene un nombre que no es, precisamente, "amor", si por esto último entendemos un vínculo singular que establece un puente entre el afecto profundo y la praxis cotidiana que involucra algún compromiso (y, eventualmente, la llegada y la educación de hijos).

Entre querer a todos y no querer a nadie casi no hay diferencia. Y a esa realidad apuntamos al declarar que eso que llaman poliamor no solamente es insostenible como estado, sino que es una mera expresión de deseos de aquellos que no buscan amor, sino autoafirmación, lo que termina siendo terreno para que el amor sea solo narcisista, una mera parodia, y no mucho más que eso.

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