Mamá resiliente: "Tenía que encontrar una excusa para seguir viviendo"

Después del femicidio de su hija, Marcela Morera decidió dedicar sus días a ayudar a otras mujeres que sufren violencia de género
Después del femicidio de su hija, Marcela Morera decidió dedicar sus días a ayudar a otras mujeres que sufren violencia de género
Evangelina Bucari
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19 de octubre de 2018  • 18:43

Es un mes difícil para Marcela Morera. Sabe que en octubre hay dos fechas que la van a marcar y entristecer por siempre: el 11, cuando ocurrió el femicidio de su hija, Julieta Mena, y pocos días después, el día de madre. "Para mí, es muy duro, porque si bien tengo dos hijas más, que son del corazón, a las que amo mucho, hay una ausencia que se traduce no solo en Julieta, sino también en un bebé", cuenta Marcela, mientras da vuelta álbumes de fotos y describe con ternura cada escena.

Julieta fue asesinada a golpes por su novio, Marcos Mansilla, el 11 de octubre de 2015, en Ramos Mejía, La Matanza. Tenía 22 años y estaba embazada de tres meses, pero solo la pareja lo sabía.

"Somos una familia ensamblada -explica Marcela- compuesta por Mario, mi marido; sus dos hijas, Florencia y Valeria; y un nietito, de 5 años, que es un sol. Se había formado una unión que a veces la sangre no lo logra y el amor sí".

Desde la madrugada en que Julieta fue asesinada, Marcela tuvo que hacer un camino de aprendizaje y cambios, que incluyó mudarse de casa, con la esperanza de acallar un poco los recuerdos. Aprendió de derecho, de género, de violencia machista, se puso en contacto con familiares de otras víctimas de femicidio y se volcó a proyectos para concientizar sobre una problemática que afecta a miles de mujeres. "Tenía que encontrar un motivo para seguir viviendo, porque que te maten un hijo, en cualquier circunstancia, es terrible. Necesitás algo que te permita levantarte cada mañana".

En esa búsqueda, se contactó vía Facebook con Nancy Uguet, directora del refugio Uguet Mondaca, un espacio para víctimas de violencia de género en la zona sur del conurbano. "De a poco, fui hablando con ella, preguntándole de qué se trataba y empecé haciendo colectas", recuerda. Así, se convirtió en madrina del lugar, junto a Jimena Aduriz, madre de Ángeles Rawson, a quien también conoció en las redes.

Para Marcela, fue un punto de inflexión: "En el refugio aprendí muchísimo. Yo pensaba que la mujer que se dejaba golpear era una tonta. Lo digo con vergüenza. A ninguna mujer le gusta que le peguen y eso lo aprendí de Nancy y al lado de cada una de esas chicas, en cada llanto, viéndolas entrar golpeadas, violadas por sus propias parejas. Lastimadas en todo sentido, no solo en lo físico sino en el alma".

"Tenía que encontrar una excusa para seguir viviendo"

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Detectar las señales

"Juli era una chica de carácter. Nunca te hubieses imaginado que esta capricorniana iba a ser tan vulnerada", se lamenta Marcela. Aunque a ella y a Mario la compañía de Marcos Mansilla no les gustaba, porque sabían que tenía algunos problemas de adicciones, no la podían convencer que se alejara de él. "Juli estaba muy enamorada -relata Marcela- y todo el tiempo lo justificaba diciendo que él podía cambiar". Lo conocían del barrio desde que era chico y sus familias tenían una muy buena relación de vecinos.

Marcela notó que él era muy obsesivo y celoso, que le revisaba el teléfono y Facebook, y le decía cómo vestirse. "Usaba cada vez menos maquillaje y se vestía más sencilla, sin escotes ni nada ajustado. No iba a bailar ni se juntaba con las amigas como antes, hasta empezó a retirarse y alejarse de nosotros", describe Marcela, quien reconoce que ni ella ni su marido veían esas señales como violencia de género: "Para mí, eso solo ocurría si había golpes".

La joven jamás manifestó nada. Solo una vez su madre notó algo raro. Le vio un moretón alargado en el brazo. "Me dijo que se había chocado con un picaporte y, como no le creí, me confesó que Marcos la había agarrado fuerte". Con tristeza, agrega: "Fue unos diez días antes de que sucediera lo que pasó".

Julieta tampoco le había contado a nadie que estaba embarazada, pero no solo fue verificado por la autopsia, sino también por los cruces de WhatsApp, donde además quedó claro que Marcos no quería a ese hijo. "Esto se termina acá, yo sigo adelante sola con mi bebé", decía el mensaje final de Julieta.

"Fue muy duro escuchar al perito forense en el juicio cuando detalló que el 90% de los golpes se alojaban en la zona abdominal y genital. El buscaba que ella perdiera el bebé", relata Marcela.

Marcos Mansilla fue acusado de femicidio con causal de aborto y condenado a prisión perpetua (35 años). "Es una sentencia que queremos todos los familiares para las chicas víctimas de femicidio", señala Marcela. Sin embargo, destaca: "Tengo una hija muerta y me tengo que llamar dichosa porque conseguí justicia. Otros no la consiguen, entonces, además de la pena, del dolor del día a día, llevan esa carga".

Sentirse acompañada

Además de en las tareas en el refugio Uguet Mondaca, Marcela encontró alivio en otros que pasaron por lo mismo. "Me fui convirtiendo en esto que soy hoy, una almita resiliente, de estas que tratan de buscar algo bueno dentro de todo este dolor", cuenta.

"Con los papás de Wanda Taddei, Jorge y Beatriz, de los que aprendí un montón, por ejemplo, solemos dar charlas en colegios secundarios sobre los noviazgos violentos", señala. Con otros familiares, crearon hace un año el grupo Atravesados por el femicidio. "El femicidio en una familia te atraviesa el alma, la vida, te atraviesa todo, tu hogar, tu trabajo", subraya Marcela. Están presentes en muchas provincias y buscan acompañar de forma integral a quienes viven esta situación. "Cuando entramos a la casa de Mansilla encontramos a hija muerta en un baño y no sabíamos qué hacer. Cuando te pasa algo así, no sabés para dónde encarar".

También advierte que la mayoría de las mujeres tiene vergüenza de padecer violencia y contarlo, y que lo peor que puede pasar es que la familia se canse y se vaya apartando. "Cuando la van dejando sola, el que gana es el violento. Mi consejo es que las acompañen, que traten de buscar canales donde puedan contar lo que les está pasando, que les digan que se animen a denunciar, que llamen al 144 o al 137, o se comuniquen con nosotros". El mensaje de Marcela es claro: "No las dejen solas".

Cómo ayudar

- El refugio Uguet Mondaca necesita alimentos, artículos de limpieza y de tocador, pañales, ropa y calzado, tanto de mujer como de bebés y niños y niñas de todas las edades. Durante el año, festejan cumpleaños infantiles y necesitan regalos, cotillón y golosinas para los chicos. En diciembre, para Navidad y Reyes, también juntan regalos. Tel.: 113895-2312.

- Atravesados por el femicidio busca ayudar a familiares de todo el país, por eso, necesitan ampliar la red de contención y sumar voluntarios de distintas provincias: asistentes sociales, psicólogos, abogados que quieran sumarse solidariamente a este proyecto. Por mail: atravesadosporelfemicidio@gmail.com; tel.: 115106-4041; en Facebook: Atravesados por el femicidio.

Colaborar con las mujeres y sus niños a salir del círculo de la violencia

La primera mujer que llevó a su casa fue una vecina. "Todos los días, escuchaba cómo el marido la insultaba. Una vez, mi hijo mayor escuchó que ella decía: 'basta, basta, con la nena no', me avisó y sentimos un golpe y el llanto de la chiquita. Ni lo pensé, salté el muro, el violento se quedó tan sorprendido que dejó de pegarle a la nena, las agarré a las dos y las saqué de ahí", relata Nancy Uguet. Ese acto heroico sería el puntapié para crear, hace casi 16 años, el refugio que lleva su nombre, en el que brindan albergue, contención y herramientas a mujeres y niños en situación de violencia y vulnerabilidad.

"Siempre me dio mucha impotencia ver lo naturalizado que estaba el maltrato hacia las mujeres, cómo muchas soportaban tan calladamente todo y, al preguntarles por qué lo toleraban, la respuesta era siempre la misma: '¿Y a dónde voy a ir?'", recuerda Nancy, que desde hace un tiempo se encuentra en cama a causa de una enfermedad.

Por eso, si bien el primer objetivo es preservar sus vidas, su integridad física y mental, la misión es ayudar a estas mujeres a salir del círculo de la violencia y enseñarles que hay otra forma de vivir. "Para eso, tienen que moverse, tienen que plantarse, tienen que levantarse. Que denuncien y que sigan con los pasos legales, que no se queden porque mucha veces es la gran diferencia entre la vida y la muerte", subraya la directora del refugio.

En el lugar viven aproximadamente 30 personas y se sustenta principalmente de lo que venden en la feria americana que funciona ahí mismo y de donaciones, además de un aporte del Municipio de Almirante Brown.

Para Nancy, que Marcela Morera haya llegado al refugio estuvo precedido por una señal. La noche de 2015 en que asesinaron a Julieta, Nancy estaba festejando su cumpleaños número 50. Cuando despertó ese 11 de octubre, lo primero que vio fue la noticia. "Era Julieta Mena, la hija de Marcela", recuerda. Al poco tiempo, a través de un conocido, empezaron a hablar por Facebook. "Luego, junto a Jimena Aduriz, vino a conocerme y a ver el lugar. Nunca más se desligaron de nosotros y nos hizo bien a todos".

El trabajo de las madrinas no es solamente conseguir donaciones, festejar cumpleaños o llevar ropa para las chicas y los niños. "También nos ayudan con muchas mamás que están preocupadas por sus hijas que tienen noviazgos o relaciones violentas", cuenta Nancy. Las convocan a reuniones y les hablan desde sus experiencias. "A esa chica que cree que el novio o el marido va a cambiar, o que ella lo va a cambiar, qué mejor que Marcela sea las que les diga: 'Mi hija también pensó que lo iba a cambiar y hoy la voy a ver a un cementerio'".

Nancy cuenta que Marcela ve los ojos de Julieta en los de esas chicas a las que ayuda. "En cada mujer que puede convencer de que esa relación es nociva, es como si salvara un poquitito a su hija".

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