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Los dichos de Massa

Los desafortunados conceptos del dirigente y sus pretendidas declaraciones posteriores suenan oportunistas y fuera de toda racionalidad
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20 de octubre de 2018  

"Desde que se inventó la pala, el pozo nunca tiene fondo". Sarcasmo a la medida de nuestro país, cuyas crisis autoinfligidas demuestran la propensión nacional por la excavación de su propia fosa.

Las desacertadas declaraciones del exdiputado Sergio Massa, denunciando al campo y a la minería por "saquear al país exportando productos primarios", ratifican la verdad de esa aseveración.

Como remate, también presagió que el próximo gobierno deberá renegociar los términos del acuerdo alcanzado con el FMI. Así nomás, como si tal cosa.

Los productores rurales y los empresarios mineros dieron respuestas contundentes. Es lamentable que un dirigente argentino repudie lo que el mundo nos envidia.

En el resto del planeta las tierras no son tan fértiles, no abunda el agua dulce y tampoco hay minerales valiosos, además de petróleo y gas. Desde tiempo inmemorial, esas actividades son la columna vertebral de la economía argentina y los pilares fundamentales para sostener el colosal gasto público.

También el ministro Nicolás Dujovne señaló la irresponsabilidad de los dichos sobre el FMI, pues, proveniendo del líder de la "renovación" peronista, parecen más promesas que presagios.

Las aclaraciones posteriores fueron inútiles: quien se expresa de esa forma intimida a todos los inversores; no se puede segmentar la audiencia, que es única. Y allí van el riesgo país, la presión sobre el dólar, la alergia por el peso y la angustia por el futuro.

Las palabras del el exjefe de Gabinete de Cristina Kirchner suenan como picardía oportunista, para profundizar la recesión y el malestar popular, asustando a inversores con la mueca torva del inminente riesgo sucesorio.

Los países más pobres del planeta no son pobres por carecer de recursos naturales, sino por mantenerlos naturales, como recursos inexplotados. Lo más difícil es atraer capital para transformarlos en riqueza. Sin capital, no hay empleos de calidad ni sueldos dignos. Las leyes laborales son letra muerta y los derechos sociales, palabras huecas.

La debilidad argentina consiste en la sistemática expulsión del ahorro local y el repudio a la inversión extranjera por culpa de desajustes fiscales y su secuela de devaluaciones, emergencias, exacciones, controles, corralitos y ruptura de contratos, como el default de 2001.

La mejor política de Estado debería consistir en construir confianza, recuperar el valor de la moneda y hacer un país vivible y viable. Sin Lebac ni Leliq como sustitutos patológicos de la falta de credibilidad en nuestras promesas.

En pleno siglo XXI, la Argentina requiere dirigentes que comprendan el presente y conduzcan al futuro con visión de águila, no con ojo de perdiz. Desde 1930 en adelante, salvo cortos intervalos, se propició un desarrollo hacia adentro basado en la exacción al campo para subsidiar a la industria, crear empleos públicos y distribuir ingresos hasta agotarlos. Insistir en ese esquema es reiterar fracasos.

La industria argentina tiene una historia muy anterior a nuestra vecina República de Chile. Sin embargo, el país de Andrés Bello se enorgullece de sus empresas, modernas y competitivas, con economías de escala para exportar al mundo. No tiene empresarios mejores que los argentinos: tiene seguridad jurídica, moneda propia y capitales en abundancia. En realidad, no exporta bienes, sino instituciones.

Reiterar el programa de José Ber Gelbard en 1973 es condenar a la industria nacional a la mendicidad y la sumisión política. Imponerle el costo laboral de la alianza sindical y el costo de carecer de capitales, por despreciar las instituciones. Y ofrecerle, como contrapartida, protección aduanera o regulatoria y subsidios discrecionales para administrarlos desde los despachos oficiales.

Es adoptar como normal una patología, un plan B como única alternativa. Una dificultad superable, como un karma de la argentinidad.

Si la Argentina recuperase los ahorros que han buscado protección en el exterior, los empresarios (nuevos y viejos; nacionales y extranjeros) reconvertirían sus plantas, capacitarían a sus colaboradores, adoptarían tecnologías, desarrollarían proveedores, abrirían mercados y se insertarían en el mundo como muchos países que salieron de la pobreza.

Pero esta posibilidad es soslayada por el peronismo en todas sus variantes, pues generar confianza es contrario a su ADN. Allí está, a flor de piel, la incómoda estrofa de la "marchita" que reafirma su natural propensión de ahuyentar el capital, gravar el ahorro y contraponer "la producción" con "los mercados", ignorando que la producción requiere capital de trabajo, tasas razonables, menos ausentismo, menos juicios laborales, menos presión fiscal.

En la Argentina es indispensable un liderazgo refrescante, que abandone el discurso marchito de la posguerra y se atreva a focalizar en los gravísimos desafíos que hoy mismo se plantean.

La generación de riqueza genuina, la competitividad, la educación de los excluidos, su inserción laboral y tantos otros temas que, por estar mezclados en forma abigarrada, deben ser atendidos con visión compartida, honestidad intelectual y amor a la Patria.

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