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El peligro de un salto al vacío

Joaquín Morales Solá
El duro y pobre conurbano es el reino de Cristina, quien promete romper con el sistema económico y político. En 50 semanas se verá si se salta al vacío
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21 de octubre de 2018  

Faltan 50 semanas hasta la primera ronda de las elecciones presidenciales , las primarias de agosto del año próximo. Los peronistas repiten esa información con un mantra. Todo lo que hacen o dicen está en clave electoral. De hecho, un sector del peronismo, el que no está cerca del cristinismo, aprovechó el acto del 17 de octubre en Tucumán (hubo tantos otros 17 de octubre que pasaron sin pena ni gloria) para lanzar la campaña electoral. No extraña que ellos hagan oposición a Macri . Son la oposición. El problema surge cuando hay una intención, velada a veces, de apurar el final del actual presidente. Lo hace Cristina Kirchner cuando adelanta que denunciará el acuerdo con el Fondo Monetario; es decir, lo desconocerá. O Sergio Massa cuando anticipa que renegociará los términos del programa con el organismo multilateral. Recuerdan a Domingo Cavallo cuando en el momento agónico del gobierno de Raúl Alfonsín recorría el mundo anunciando que un gobierno de Menem no pagaría los créditos que le dieran al presidente radical. Alfonsín se quedó sin crédito y debió adelantar cinco meses la entrega del poder.

Hugo Moyano es más directo. Quiere que Macri se vaya mañana , si es posible. "Hay que erradicar al Gobierno", lanzó cuando percibió que su hijo estaba cerca de la cárcel. Él también lo está. Moyano no pasa inadvertido en el peronismo ni en el gremialismo. "Las necrológicas y la prisión unen al peronismo", explica un conocido dirigente peronista. La cúpula cegetista (Héctor Daer y Carlos Acuña) estuvo en Tucumán con el peronismo anticristinista, pero Moyano está muy cerca de Cristina. En efecto, la eventual prisión resolvió esa contradicción. Daer y Acuña anunciaron una huelga de 36 horas para un día impreciso de noviembre. ¿Los trabajadores están mal por la inflación y la caída de puestos de trabajo? Sí, desde ya. Pero las paritarias se están reabriendo para reacomodar los salarios a los nuevos precios. No era el momento para sorprender con un paro largo y provocador. La huelga tiene que ver más con la situación de Moyano que con la angustia de los trabajadores.

Moyano convocó también la adhesión de hecho de un sector de la Iglesia. Justo en las horas en que la Justicia resolvía si su hijo iría preso, al líder camionero lo recibió el polémico obispo Jorge Lugones, presidente de la Comisión de Pastoral Social del Episcopado. No fue solo Lugones. Un comunicado de la Conferencia Episcopal, la máxima conducción de la Iglesia, informó de esa reunión. El encuentro se realizó en la sede porteña del Episcopado, no en el obispado de Lugones en Lomas de Zamora, y, encima, ayer lo autorizaron a usar el espacio exterior de la Basílica de Luján. Los gestos valen más que las palabras. Ninguno de los dos Moyano (Hugo y Pablo) está siendo perseguido por su condición de dirigente sindical. A Pablo lo investigan por lavado de dinero y asociación ilícita en el club Independiente, y a Hugo por los manejos del dinero del sindicato de camioneros. Las palabras de Lugones fueron impecables (habló de la necesidad de un "diálogo fructífero"), pero las podría haber dicho un mes antes o dos meses después. En medio del escándalo judicial, parecieron una presión a la Justicia.

La Iglesia no salvará a Moyano, pero este puede contagiar a la institución católica de su vasto desprestigio. Ningún dato objetivo indica que el Papa, a quien le estallaron en las manos 40 años de silencio sobre casos de pedofilia en la Iglesia universal, conocía de antemano la agenda de un obispo argentino. Pero Lugones descuidó al Pontífice porque lo sometió a la infaltable suposición de los argentinos. Varios obispos disienten con los manejos inconsultos de Lugones. Ellos argumentan que les llevó 20 años despolitizar a la Iglesia después del acercamiento al menemismo en la década del 90. Discrepan con la posibilidad de que se la vuelva a politizar, aunque sea con otro signo ideológico. Algunos plantearán la disidencia en una reunión de todos los obispos, que se hará en noviembre.

El peronismo racional discute si Cristina será candidata presidencial o si dejará que otro vaya en su nombre. Gran parte de los referentes alejados del cristinismo (Miguel Pichetto, Juan Schiaretti, Juan Manzur, Diego Bossio o Juan Manuel Urtubey) consideran a la expresidenta como el vestigio de un pasado irremediablemente perdido. Aunque nunca lo dicen, hay también una profunda discordia ideológica con el espacio cristinista. Pichetto es el que más avanzó en la descripción de esa diferencia: "El peronismo nunca fue de izquierda", precisó. Otros aspiran a conquistar los votos del cristinismo, pero sin Cristina. Esperan un milagro. Hace poco, dirigentes de La Cámpora, el núcleo político que mejor expresa a la expresidenta, hizo trascender un programa para un eventual futuro gobierno. Prometieron modificaciones significativas en el sistema político y judicial (además, desde ya, de una nueva y definitiva ofensiva contra los medios periodísticos independientes). Esas cosas no se piensan para un gobierno de Pichetto, de Massa o de Urtubey. Son planificadas para un gobierno de Cristina. Para nadie más.

¿Por qué, por otro lado, Cristina resignaría la candidatura presidencial si es la persona de la oposición que mejor mide en las encuestas? Es la líder de la oposición. Una encuesta reciente de Poliarquía registró que dos tercios de los argentinos no se mueven de sus simpatías (un 35 por ciento de buena imagen para el gobierno de Macri y un 32 por ciento para Cristina). Cristina aumentó los índices de adhesión, pero también los de rechazo. A Macri le va mal en casi todos los indicadores económicos, menos en la simpatía que provoca la marca Cambiemos. Macri puede soñar con ganar un ballottage. ¿Por qué Cristina no podría tener el mismo sueño?

Peronistas anticristinistas aceptan en voz baja que el Presidente está en condiciones todavía de ganar la reelección, pero, advierten, debe estabilizar de manera definitiva la economía y reagrupar a su gobierno y su coalición. Resolver el problema de recursos que aqueja a María Eugenia Vidal y acortar la distancia última con Elisa Carrió. Carrió no se irá de Cambiemos y así se lo aseguró a un amigo personal del Presidente (también colaborador suyo) con el que se reunió en los últimos días. La jefa de la Coalición Cívica precisa que el Gobierno aclare algunos asuntos serios de la Justicia, que ella conoce. Carrió hace equilibrios entre su decisión de permanecer en la coalición gobernante, que es inmodificable, y la preservación de sus viejos principios. En eso está.

El peronismo racional necesita romper la polarización entre Macri y Cristina con una candidatura nueva. No la tiene por ahora. O tiene demasiadas. Solo tiene un proyecto de partido democrático, moderno, más nacionalista en lo económico y homologable para el sistema. Cristina no solo cuenta con un programa para el regreso. También elaboró sus listas de candidatos, sobre todo las de la provincia de Buenos Aires. Su hijo, Máximo, será el primer candidato bonaerense a diputado nacional. Los intendentes peronistas del conurbano están con ella porque imaginan que solo con ella podrán conseguir sus reelecciones.

El duro, hosco y pobre conurbano es el reino de Cristina. Es el único lugar del país donde ella es más popular que Macri. A ese universo lleno de frustraciones, Cristina le promete romper con el sistema económico y político. Como Bolsonaro o como Trump, y apartando las claras diferencias ideológicas, Cristina predica que la solución es la ruptura del sistema. En 50 semanas se resolverá si los argentinos están dispuestos a dar un salto al vacío.

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