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Un refugio alucinante en la bahía de Reikiavik

Víctor Hugo Ghitta
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21 de octubre de 2018  

Está inclinado sobre el tablero, abstraído y a solas consigo, ausente de este mundo, envuelto en un silencio hondo como el que rodea la plegaria de los cardenales, el mentón filoso apoyado sobre una mano y la cabeza llevada hacia adelante por el peso de los hombros. Un artista exquisito animado por la precisión de los matemáticos y la astucia de un mariscal de campo, un estratega implacable movido por el ansia viscosa y perversa de un asesino serial que disfruta de hundir su cuchillo en el corazón exangüe de su presa hasta verla desangrarse.

Durante sesenta y seis días, el alucinado Bobby Fischer ha mantenido en vilo al planeta. Es mucho más que el mejor ajedrecista de todos los tiempos cuyos fulgores sobre el tablero ensombrecieron los mitos de Alekhine y Capablanca. En medio de las tensiones de la Guerra Fría, es la pieza elegida por los Estados Unidos para terminar con una hegemonía soviética que viene desde los días de la Segunda Guerra Mundial. Es el match del siglo, con afiebradas gestiones de los cuerpos diplomáticos y maniobras de los servicios de inteligencia a uno y otro lado de la Cortina de Hierro e intervenciones de presidentes y de secretarios de Estado, como Richard Nixon y Henry Kissinger.

Arthur Koestler, quien había sido primero cronista de la Guerra Civil Española y luego prisionero de los nazis en el campo de Vernet d'Aniàge, sintetizó en una línea la ferocidad de esa lucha a matar o morir: "Qué fortuna volver a ser corresponsal de guerra", escribió.

La partida encendió mi imaginación infantil como lo habían hecho antes los grandes enigmas de Arthur Conan Doyle o la llegada del hombre a la Luna, un mediodía de julio de 1969, cuatro días después de abandonar Cabo Kennedy en medio de estruendos demenciales y nubes de polvo y humo inverosímiles, pasajeros livianos e ingrávidos en el interior estrecho de la Apolo XI que ahora ven la Tierra azulada por los ventanucos de la nave, inmóviles detrás de sus trajes y escafandras, solos en la gran noche del universo como el hombre no había estado jamás.

En la bahía humeante de Reikiavik, la ciudad islandesa con nombre de saga nórdica y noches blancas que enceguecen al forastero, Bobby Fischer se consagra como uno de los campeones más jóvenes de la historia. Es el primer día de septiembre de 1972 y las radios y la televisión en blanco y negro traen la noticia del triunfo de Occidente. Bobby Fischer tiene 29 años, un coeficiente intelectual infrecuente y sus extravagancias encantan al mundo. La usina de propaganda norteamericana termina por escribir la leyenda.

Yo tenía 13 años. Jugaba al ajedrez en una casa vecina a la de mis abuelos, durante tardes tan largas como las sombras que proyectaban los árboles en el lento atardecer de Buenos Aires. La casa estaba casi siempre en penumbras, como si apenas el parpadeo de una lumbre pudiese dejar ciegos a sus habitantes, y los largos momentos de silencio eran tan solo interrumpidos por la voz tintineante y la risa fresca de la mujer española que me recibía después de la siesta con un puñado de caramelos. Vivía sola con su hijo, un muchacho de espaldas anchas y hombros muy firmes cuyo torso se perdía hacia abajo en dos piernas delgadísimas que flotaban en la anchura del pantalón invariablemente gris, en una silla de ruedas.

Se llamaba Benigno (el nombre siempre me resultó inolvidable) y jugábamos al ajedrez. Cada tanto reía sonoramente y sin motivo aparente, pero no tardaba en sumirse en extensos silencios, taciturno y ensimismado en la silla de ruedas cromada, mientras estudiaba en el tablero sus siguientes movimientos. En el otro extremo del mundo, Bobby Fischer jugaba partidas extenuantes sentado en su silla de cuero, acondicionada según sus instrucciones y exigencias. Con asombro en los ojos, seguía esas vicisitudes como se sigue una gran intriga internacional e intentaba desentrañar en el tablero los misterios del juego alucinado y vehemente de Bobby Fischer, cuyo despliegue de piezas se me antojaba parecido al de los ejércitos de una novela medieval. No sabía en ese entonces qué destino me aguardaba: leía el minucioso análisis de las partidas en las páginas de LA NACION. Todo provocaba en mí un sentimiento de excitación como el que antes habían traído a mi imaginación el viaje a la Luna y las historias fabulosas de Julio Verne. En el fondo, esos cuentos de maravilla, como los libros, son la madriguera en que los niños suelen resguardarse de las escaramuzas del mundo.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto, escuché: Diane, Chet Baker & Paul Bley; Closeness, Charlie Haden, dúos con Ornette Coleman, Alice Coltrane, Keith Jarrett y Paul Motion

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