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Una foto para Roma, un problema para Olivos

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
En el Gobierno están desconcertados con el rol políticamente más activo que adoptó la Iglesia en las últimas semanas; preocupa la situación social en los últimos meses del año
Menéndez, Solá, Scioli y Oliveri, ayer en primera fila
Menéndez, Solá, Scioli y Oliveri, ayer en primera fila Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk
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21 de octubre de 2018  

"Se vienen meses muy bravos. Octubre, noviembre y diciembre van a mostrar el piso de los indicadores económicos y el mayor impacto de la inflación y la recesión. Sabemos que predomina un malestar social muy fuerte y también que hay sectores que van a jugar sus últimas fichas para tratar de desgastarnos". Sentado en su sala de reuniones de la Casa Rosada, un importante funcionario retrató así eltemor que rige en la cúpula del poder: que se instale una dinámica de fin de año turbulento en las calles, después de meses de agitación en los mercados. Si superan esa prueba, creen en el Gobierno, ya vendrá el año electoral, donde se sienten mucho más cómodos que en la gestión de crisis.

La cuestión también se abordó el miércoles en una reunión de gabinete de la ciudad de Buenos Aires, epicentro habitual de las manifestaciones. Allí, Horacio Rodríguez Larreta convocó a sus funcionarios a estar alertas para actuar preventivamente. El tránsito de los festejos olímpicos a las marchas callejeras podría ser muy abrupto.

En el Ministerio de Desarrollo Social admiten que "la situación está peor que a principios de año, pero no se ha agravado en los últimos meses". Desde mayo, cuando tomaron conciencia de que 2018 no sería lo que prometía, reforzaron la ayuda por distintas vías para prevenir cualquier irrupción que complicara aún más el contexto. Allí están, en el corazón del conurbano profundo, asistentes sociales, dirigentes barriales, movimientos comunitarios, sacerdotes y pastores haciendo una tarea de contención para mitigar las carencias y evitar desbordes, a la espera eterna de que la recuperación económica en algún momento les alivie la carga.

Hay una tensión diaria, pero curiosamente por ahora la situación no se desbocó. Todos los actores políticos reconocen que hay dos explicaciones. Una es el alcance masivo y consolidado de los planes sociales. Esa red que se inició con el Jefes y Jefas del duhaldismo, que se amplió con el kirchnerismo y que Cambiemos formalizó, es la malla más eficaz para garantizar algo de lo mínimo a los más marginados. La otra explicación es que ninguno de los actores con poder real parece dispuesto a agitar los fantasmas que cada diciembre se instalan en la Argentina desde 2001. Los intendentes del peronismo no buscan desestabilizar, en parte porque saben que ellos mismos corren riesgos irreversibles, y en parte porque asumen que hoy no tienen una construcción alternativa consolidada. "Ninguno de nosotros quiere que la situación se desborde, hay responsabilidad de todos los actores. Nadie está legitimado para hacer quilombo", asegura uno de los intendentes que marcan el ritmo en la zona fabril del noroeste.

Tampoco los movimientos sociales parecen estar detrás de un objetivo destructivo. "Estamos trabajando para contener y reclamar, frente a un Gobierno que no nos escucha. Posibilidades de desborde hay porque la situación es muy grave, pero no porque nosotros lo impulsemos; al contrario, marchamos para darle un cauce", reflexiona uno de los principales líderes de los movimientos sociales.

Sin embargo, el riesgo de erupción social permanece latente y en la Casa Rosada lo asumen. La duración de la crisis es muy extensa y desgasta las partidas presupuestarias y los esfuerzos. El final del kirchnerismo ya había sido muy malo para los sectores más postergados y de los tres años del macrismo dos han sido claramente negativos, 2016 y 2018. La política de contención que despliega la ministra Carolina Stanley había sido prevista para una etapa transicional hasta que el despegue de la economía traccionara a los sectores que pasaron a depender del asistencialismo. Sin embargo, es cada vez más crucial y en estos meses está siendo sometida a prueba nuevamente. El fracaso del plan Empalme, que apuntaba a formalizar en el mundo laboral a los beneficiarios de planes sociales, es un símbolo de un proceso virtuoso que no pudo llegar a ser. Hoy la paz social es la AUH.

En este delicado escenario, hay un dato que agravó las cosas: el congelamiento del diálogo entre el Gobierno y los movimientos sociales, un vínculo que en los dos primeros años de la gestión de Mauricio Macri había desafiado todos los preconceptos y generado resultados alentadores. En los despachos oficiales atribuyen las complicaciones a la decidida politización que adoptaron las organizaciones. A mediados de año el Movimiento Evita y Libres del Sur presentaron la agrupación opositora En Marcha, y el mes pasado Juan Grabois anunció el Frente Patria Grande, muy cercano al kirchnerismo. Esto generó algunas diferencias entre ellos, sobre todo en la perspectiva electoral.

Del lado de los líderes sociales atribuyen el distanciamiento al triunfo de la línea dura dentro del oficialismo, la que tiene a Patricia Bullrich como abanderada y que plantea sus dudas sobre el rol de los planes sociales cuando se pregunta: "¿De dónde sacan los piqueteros la plata para manifestarse todos los días?". Curiosamente, anteayer la UCR, que hasta ahora actuó como el ala más "progresista" de Cambiemos, se sumó a la doctrina de la ministra de Seguridad, cuando Alfredo Cornejo dijo: "Tenemos críticas al Gobierno en el financiamiento a movimientos sociales que han servido para financiar protestas".

El arzobispo Radrizzani saluda a Hugo Moyano, en la misa
El arzobispo Radrizzani saluda a Hugo Moyano, en la misa Crédito: NA

Un hombre muy cercano al Presidente reconoce que en el interior del Gobierno hay un debate conceptualmente irresuelto en torno a la asistencia social y la conflictividad en las calles. La reunión de hace diez días entre Stanley y Bullrich exhibió una dialéctica frontal entre esas dos visiones. Una explicó por qué cree que los planes no son los que financian las marchas y cómo se había avanzado en la desintermediación de la ayuda. La otra, por qué sostenía que la gente tiene que ir a trabajar y no a hacer marchas. No hubo consenso. Mauricio Macri oscila y deja la discusión abierta.

Se nota que ya no está Mario Quintana, el "petiso de piel cetrina, morocho, simpático y entrador", según la descripción afectuosa que de él hizo Grabois en su reciente libro La clase peligrosa, retratos de la Argentina oscura, una radiografía descarnada del conurbano descompuesto.

Allí, el avance del narcotráfico es estructural y está socavando toda la base social. Los propios movimientos reconocen que la droga acota su representatividad porque lima la lógica orgánica y genera anarquía. Por eso irritó tanto la frase de Bullrich cuando dijo que "muchos movimientos sociales han permitido el narcotráfico como un mal menor". Hoy hay amplios segmentos completamente por fuera de cualquier tipo de estructura. Las organizaciones sociales ya no garantizan su contención. Pero la lucha contra el narcotráfico es paradójicamente la única piedra de unidad entre sectores cada vez más distanciados.

Esto incluye a la Iglesia, que en las últimas semanas ha adoptado una postura políticamente más nítida. Hubo una secuencia de imágenes que juntas se transformaron en una película de vértigo para la Casa Rosada. El viernes 5 el obispo de La Plata, Víctor Fernández, participó de una oración por la paz social junto con dirigentes sociales como Emilio Pérsico y sindicalistas como Roberto Baradel. El último miércoles, el titular de la Pastoral Social, Jorge Lugones, recibió a Hugo Moyano en medio de la polémica por el pedido de detención de su hijo Pablo. Y ayer el obispo de Mercedes-Luján, Agustín Radrizzani, ofició de anfitrión para la misa que reunió a gremialistas, intendentes y dirigentes sociales, en la cual se leyó un documento con fuertes críticas al modelo económico. Una paradoja: muchos de los que ayer estaban en las primeras filas fueron los que contribuyeron a hacer de la provincia de Buenos Aires un valle de carencias.

Al momento de interpretar estos movimientos uno de los dos principales interlocutores del Gobierno con la Iglesia resopló: "Me cuesta entender". El otro, más diplomático, reflexionó: "Hay fotos y gestos que están al límite. Entendemos que la Iglesia busca contener. Pero hay señales de que también intenta articular". La diferencia no es menor, entraña un cambio en el abordaje, que va de la habitual expresión de la preocupación por los más desposeídos a la convergencia en los hechos con los actores más críticos.

Quienes hablan con el papa Francisco aseguran que su mensaje central es "cuiden la democracia". Pero también reconocen que el Pontífice está muy distanciado de la política económica de Macri y que bendice la confluencia de los sectores productivos, sociales y populares. Algo muy parecido a lo que mostró la foto de ayer en Luján.

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