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Las golosinas de la abuela

Dolores Caviglia
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24 de octubre de 2018  • 00:34

Me gusta tanto el chocolate que soy capaz de desayunarlo. No sólo en un vaso con leche. A las 7 de la mañana me puedo comer una tableta grande con lo que sea: almendras, galletitas, Nutella. Yo sola, sin convidar. Cuando se trata de este dulce, soy avaricia y gula. Me encantan las barritas con maní, las trufas, los Mecanos, los cuadrados rellenos de todo de las chocolaterías de Bariloche, los Marrocs, los Dos corazones, el Lila Pause, el Tofi blanco, el Toblerone.

Y sin embargo a veces cuando entro a un kiosco, me tiento con un Bon o Bon. No es por el chocolate, no, apenas tiene. Es porque hay días en que pienso mucho en mi abuela María Elena.

Y en la bolsita de nylon que escondía detrás de la puerta izquierda del aparador de la cocina, esa que mi vieja no sabía que existía, en la que guardaba estos bombones pero también caramelos de miel de los amarillos y otros de dulce de leche rellenos, que yo amaba estrujar con mi lengua contra el paladar. Y en sus yogures de Gándara, los que comía con un ritual muy de ella: por cada cucharada, agregaba dos de azúcar. Y en la torta que hacía para todos los cumpleaños aunque nadie nunca se la pedía, que ella porfiaba llevaba mousse de chocolate aunque en verdad no era más que un bizcochuelo relleno de dulce de leche y bañado en crema batida mezclada con Nesquik. Y en las noches en las que me quedaba a dormir en su casa, cuando me agarraba de la mano ni bien nos acostábamos, me prestaba el ladrillo que usaba como bolsa de agua para calentarse los pies y sintonizaba en la radio y bien bajito "La venganza será terrible", el programa de Alejandro Dolina. En las tantas veces que me pidió por favor, por ella, que tomara la comunión. En la forma en que me miró hasta el último día para decirme que tenía los ojos más lindos que había visto.

Hoy todos los lugares que fueron de mi abuela no están. Mi hermano tiró abajo su casa de patio interno, hortensias y jardín corto, donde me cansé de dibujar rayuelas y de dar vueltas con mi bicicleta rosa, para construir la suya de dos pisos y pileta; mi mamá convirtió el cuarto en que vivió por ocho años junto a ella y mi padre en su taller de costura y todo lo demás.

Yo entro a cualquiera de las dos y me acuerdo.

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