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Una niña no tan mansa

Mi amiga Ceci sopla las velitas y yo la aplaudo, en un cumpleaños en el que sin dudas vestí el gabán.
Mi amiga Ceci sopla las velitas y yo la aplaudo, en un cumpleaños en el que sin dudas vestí el gabán. Fuente: Archivo
Dolores Caviglia
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9 de noviembre de 2018  • 00:03

Gabán. Incluso la palabra me molestaba. Gabán. ¿Qué era eso? ¿Por qué mi madre le había cambiado el nombre a la campera? Porque eso era, una campera larga, abrigadísima, horrible. Tan fea como inolvidable. Recuerdo el día en que me la compró hace más de veinte años. Fue en la esquina de Boedo y Alem, a tres cuadras del departamento de Lomas de Zamora en el que vivíamos; yo caminaba a su lado tranquila cuando de repente dijo algo así como: "Qué lindo, qué fino", y me metió en el local.

Entonces me obligó a probarlo y yo debo haberme mirado al espejo para saber cómo me quedaba y seguro no dudé. No, sin dudas no. Pero a ella le debo haber dicho: "Mami, no me gusta, no, es feo". Puede que hasta haya hecho un pequeño berrinche. Si fue así, mi madre me escuchó y no le importó. Lo compró. Era caro, yo lo odiaba y lo compró igual.

El gabán era un engendro. Porque era de jean, pero de jean nevado, ese que es azul y tiene diminutas manchas blancas como si alguien le hubiese estornudado lavandina encima. Porque era de jean, pero de jean nevado, y tenía parches rosas con flores rojas chiquitas en los codos y en la espalda. Porque era de jean, pero de jean nevado, y encima venía con una especie de pechera verde musgo. Con mi metro y poquito de once años, mi madre pretendía que llevase con estilo un abrigo que me llegaba a las rodillas, que tenía hombreras y que a pesar de estar abierto se unía con ese chaleco color pasto viejo en el centro de mi pecho plano.

El gabán era un castigo. Yo, que iba todos los fines de semana al club pese a que nadie quería jugar conmigo; yo, que hacía la tarea ni bien llegaba a casa de la escuela; yo, que me tragaba los canelones del domingo aunque desde que nací esa masa finita de panqueque endeble me da asco; yo, que nunca tuve mucho sentido de la moda, llegaba a todos los lugares a los que iba con ese camperón y con los ojos hinchados de llorar la rabia.

Quizá el gabán era una excusa. Mi madre había criado a una niña tan mansa, tan poco rebelde siempre, que puede que haya necesitado quebrar esa armonía. La imagino cada tarde, cuando esperaba a que saliera del colegio sobre la vereda de baldosas desordenadas por tanto pisotón familiar, hablar algunos minutos con las otras mamás. La veo allí escuchar las quejas sobre lo trabajoso que era criar a una nena y ella tiesa, muda, impávida. Sin tener qué decir.

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