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¿Hora de cambios en la relación Estado-Iglesia?

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
La Iglesia y los gremios contra el modelo, ayer en Luján
La Iglesia y los gremios contra el modelo, ayer en Luján Fuente: LA NACION
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21 de octubre de 2018  • 19:58

Como el Ejército, la Iglesia católica también antecedió a la formación del Estado argentino y es protagónico, para bien o para mal, de su génesis. Desde la llegada de los conquistadores españoles, que arribaron a tierras americanas enarbolando la espada y la cruz en un pie de igualdad, hasta las primeras contracciones de la nación en ciernes -ya hubo notables presbíteros en la Primera Junta, en el Congreso de Tucumán y en el ejército de los Andes-, esa estrecha relación terminó plasmándose en la Constitución Nacional. Pero no en cualquier lugar, sino nada menos que en su artículo dos.

En efecto, inmediatamente después del primero que resuelve la naturaleza que decidió darse el país ("representativa, republicana y federal"), declara que "el Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano". Los constituyentes, también los de la última reforma de 1994, no pudieron buscarle un lugar de mayor relevancia. No fue un capricho sino simplemente reconocer el espacio relevante que ese culto siempre tuvo en la vida nacional.

De allí que su peso específico político a lo largo del tiempo haya sido tan dominante: desde las misiones jesuíticas, evangelizando a los aborígenes, y Manuel Belgrano, que puso en manos de la imagen de la Virgen de la Merced su bastón de mando tras haber triunfado en la batalla de Tucumán, hasta la presencia permanente de la cúpula eclesiástica en las tribunas de actos oficiales de distintas dictaduras militares a lo largo del siglo XX o los Tedeums en cada 25 de mayo hasta la actualidad para fijar severas posturas nada menos que ante el presidente de la Nación de turno.

La Iglesia ha tenido con el peronismo relaciones ambivalentes, desde un mutuo embelesamiento en 1946 cuando se pronunció contra la Unión Democrática y se puso del lado del "coronel del pueblo" (Juan Domingo Perón) hasta terminar, nueve años después con sus templos incendiados y el líder justicialista excomulgado y fuera del poder.

Con el peronismo ha tenido relaciones ambivalentes, desde un mutuo embelesamiento en 1946 cuando la Iglesia se pronunció contra la Unión Democrática y se puso del lado del "coronel del pueblo" (Juan Domingo Perón) hasta terminar, nueve años después con sus templos incendiados y el líder justicialista excomulgado y fuera del poder.

En los setenta, al calor de la unión de las palabras cristianismo y revolución, avanzaron los sacerdotes tercermundistas que bendijeron la lucha de los militantes políticos de aquella época, algunos de los cuales desembocaron en las organizaciones armadas. Personalidades notables provenientes de esa cantera como Carlos Mugica y Enrique Angelelli fueron fagocitados por la violencia política de esos años tenebrosos.

Con un papa argentino sentado en el trono de Pedro reinando "urbi et orbi" sobre la grey católica universal, desde 2013, la cosa se complica mucho más. Los gestos, los silencios, los rosarios regalados, los interlocutores elegidos y una visita al país que nunca termina de concretarse distorsionan el papel de Jorge Bergoglio como sumo pontífice respecto de la política local, en cuyo pasado nacional se recuerda su simpatía con Guardia de Hierro, una polémica organización del peronismo ortodoxo.

Nada de lo descripto hasta el momento -apenas una mínima parte de los entrecruzamientos de la Iglesia con la historia argentina- adquiriría gravedad institucional si el Estado y el culto católico no estuviesen tan íntimamente ligados como lo ordena la Carta Magna.

El arzobispo Radrizzani saluda a Hugo Moyano, en la misa
El arzobispo Radrizzani saluda a Hugo Moyano, en la misa Crédito: NA

A partir del debate por el aborto, con una enorme participación social, muchas personas iniciaron un movimiento de apostasía que implica renunciar a pertenecer a la Iglesia por parte de aquellos que recibieron sacramentos desde el bautismo.

La misa del sábado frente a la Basílica de Luján, con la familia Moyano en la primera fila, rodeada de buena parte de la dirigencia peronista, ha alterado en las últimas horas a buena parte de la feligresía que no comulga con esos sectores y que ven en esa ceremonia una partidización inconveniente de sus pastores, máxime cuando se trata de dirigentes sindicales que son investigados por la Justicia por graves cargos. Así lo vienen expresando con vehemencia, particularmente en las redes sociales. Y sin perder de vista que Moyano había llamado pocos días atrás a "erradicar el gobierno" , es decir, promover un intento sedicioso.

La afirmación de Pablo Moyano acerca de que l a movilización a Luján "no se podría haber hecho sin la venia del Papa" marca un grave punto de inflexión si el Vaticano llegara a confirmar esa versión.

Si constitucionalmente la Iglesia tiene una simbiosis tal con el Estado, es lógico que cuando expresa de manera tan manifiesta una parcialidad política, produzca malestares y hasta temblores institucionales.

La ampliación de derechos y libertades en una sociedad secularizada en pleno siglo XXI que respete tanto a las múltiples creencias como a quienes son agnósticos o ateos en un mismo pie de igualdad, impondrá, más temprano que tarde, cambios en la materia, que no tienen porque darse de manera agresiva o violenta. Tendrá que ser el resultado de un debate consensuado sin hostilidades ni odios para no herir la sensibilidad de los católicos practicantes a los que hay que garantizarles su derecho a profesar en libertad sus creencias, sin bullying social ni deterioro de las fachadas de sus templos, como lamentablemente viene ocurriendo al término de algunas manifestaciones. Tal vez llegó la hora de plantearlo.

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