Me enamoré del primer departamento que vi, me mudé y casi lo dejo por los ruidos

Los encantos de un edificio viejo se ven a simple vista pero sus problemas también se notan más temprano que tarde
Los encantos de un edificio viejo se ven a simple vista pero sus problemas también se notan más temprano que tarde Crédito: Shutterstock
Luis Corbacho
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22 de octubre de 2018  • 18:02

Hace un par de años mi vida era perfecta. Vivía solo en un departamento a estrenar sin humedades, sin olores, sin rastros de humanidades anteriores, sin muebles de cocina desvencijados y sin azulejos turquesas en el baño. Tenía un balcón grande a la calle y una terraza con pileta, deck, SUM y toda la mar en coche. Casi no había armarios, pero yo me hacía el moderno colgando la ropa en percheros, y casi no había cocina pero no me importaba pues mi vida era un eterno delivery. Tampoco tenía espacio para lavarropas, aunque en el sótano estaba el típico laundry con una máquina de lavar y otra de secar en donde la intimidad de nuestra ropa quedaba más expuesta que nunca.

El tiempo hizo que este último detalle y otras contras de los departamentos modernos (paredes de cartón, pisos flotantes donde el taconeo de las vecinas se vuelve insoportable, los olores de la cocina), derivaran en un ataque de "necesito irme ya".

Entonces tomé la peor decisión del mundo en materia inmobiliaria: me mudé a los apurones al primer departamento que vi. Como quien cambia de pareja de manera despechada, me fui con el primero que apareció. Obviamente, el departamento nuevo era todo lo contrario del anterior: antiguo, con enormes placares de pared a pared, cocina grande separada, lavadero propio, un dormitorio enorme, techos altos y molduras. No tenía ni balcón, ni pileta, ni terraza. Pero el piso era de parqué real bellamente plastificado y las paredes de grueso y robusto ladrillo. Adoré, y señé.

Pensé ingenuamente y sin fundamentos que se trataba de un lugar silencioso, hasta que pasé la primera noche escuchando el llanto agudo y persistente de un bebé que me convenció de no tener hijos nunca jamás. A la noche siguiente el niño no lloró, pero descubrí que el ascensor tenía una chicharra que comenzaba a sonar de manera intermitente si alguien se demoraba más de diez segundos en entrar, o si por descuido dejaba la puerta mal cerrada. Dos noches más tarde llegó el viernes y la vecina de al lado hizo un cumpleaños en su casa con canto, guitarra y música electrónica. Pensé que sería cosa del momento, pero no. La joven repitió el ritual festivo cada fin de semana, hasta que probé con dejarle una nota por debajo de la puerta que decía: "Estoy enfermo, necesito descansar". La estrategia de golpe bajo en lugar de la protesta combativa funcionó y las chicas se callaron un poco.

Estuve un mes medianamente en paz, soportando los ruidos con tapones y pastillas, intentando acostumbrarme a todo. Pero un día, después de comer, los sonidos ya no provenían de mis vecinos sino de mi propia cocina. Fui corriendo a ver qué pasaba y me encontré con el calefón rugiendo como un león y lanzando fuego como un dragón, así de la nada. Me asusté tanto que salí corriendo a la comisaría de la vuelta, descalzo y en piyama, temiendo una explosión de esas que salen en los noticieros. Cuando la policía entró a mi casa el calefón estaba muerto, callado y carbonizado. Me asusté mucho, pero decidí no huir y aguanté la batalla.

De la pileta a la catarata

Tres meses más tarde amanecí con los pies mojados cuando me levanté de la cama: el departamento se encontraba completamente inundado por un caño roto en el baño. Como justo estaba por viajar, le dejé las llaves al encargado y cuando volví me encontré con una abominable obra de reparación en mi casa. Resistí, pues estaba con mucho trabajo y mudarme nuevamente no era una opción. Cuando se acabó el arreglo fui casi feliz un par de meses, hasta que un domingo a la tardecita empezó a caer agua del techo de la cocina, como si estuviera lloviendo adentro de casa. Me asusté de nuevo, porque pensé que se me podría caer el cielo raso en la cabeza, aunque cuando subí a hablar con la vecina de arriba ella se deshizo en disculpas, argumentando que se durmió con la canilla del lavadero abierta y el agua se filtró a mi cocina. Esa noche dije basta, me voy, no aguanto más, pero al día siguiente fue lunes y la inercia rutinaria me llevó a ir a trabajar, volver cansado y no hacer nada. Me quedé viviendo ahí esperando lo peor, jurandome que pronto me mudaría, aunque las desgracias se detuvieron y el departamento se fue acomodando a mi ser. Una amiga me aconsejó que aguante, que todos los lugares tienen defectos y que con el tiempo uno se adapta (la analogía con una pareja vuelve a mi mente).

A los seis meses los ruidos empezaron resultarme naturales, nada volvió a romperse pues al parecer ya había cubierto todos los frentes, y las comodidades del nuevo departamento se convirtieron en amenities imprescindibles. Hoy no podría vivir sin cocina separada y con puerta, sin espacio para el lavarropas, sin placares enormes, sin pisos de madera y sin paredes altas con molduras. Extraño el balcón y la pileta como quien extraña algunos placeres de un ex egocéntrico y mentiroso, pero sé que las cosas están mejor así.

Hace un año que no tengo accidentes domésticos y cruzo los dedos para que esto no suceda otra vez. El departamento perfecto no existe y, a esta altura, mejor malo conocido que bueno por conocer.

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