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La carta de San Martín

El Libertador parecía referirse al presente al recomendarles a los argentinos que estrecharan los vínculos de la unión y advertirles que no hay sociedad sin orden
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23 de octubre de 2018  

Leer la historia como noticia no solo permite conocer el pasado, sino también percibir qué enseñanzas pueden extraerse de lo que es al mismo tiempo antiguo y novedoso para el presente acuciante. Ambas condiciones quedaron cumplidas en la primicia, para los lectores de LA NACION, de que una casi desconocida carta del general José de San Martín se hallaba después de ocho generaciones en manos de una misma familia.

Como correspondía a una revelación de tamaña magnitud, LA NACION publicó en la tapa de su edición de anteayer una nota sobre la carta que el Libertador envió al Cabildo de San Juan un día antes de embarcarse, en 1820, desde Chile hacia el Perú con las tropas del ejército expedicionario.

Se trata de un mensaje breve, dirigido al pueblo cuyano de San Juan, ya que San Martín, al embarcarse, estaba desobedeciendo órdenes expresas del gobierno central de los patriotas, asentado en Buenos Aires. En ese laconismo de la despedida, el héroe de la independencia sudamericana pone el dedo en la llaga que aún sigue abierta entre sus compatriotas del siglo XXI.

San Martín recomienda "por su bien" a los sanjuaninos que "estrechen entre sí los vínculos de la unión". Es como si hubiera procurado prevenirlos, anticipándose además a la historia por escribirse, contra las fuerzas de la dispersión y el combate sin ton ni son que destruye los sentimientos fraternales en la sociedad. Se refiere así a los sentimientos que deben actuar de base indispensable para la constitución de una nacionalidad que se encuentre dispuesta a prosperar eficientemente dentro de los cánones de la organización jurídica del Estado.

La idea de "unión" se halla, en la experimentada observación de San Martín, en las antípodas de una comunidad trabajada por grietas que desvalorizan la cohesión de su entramado.

En el caso argentino, más que grietas obran desde hace tiempo verdaderos abismos que obstaculizan el entendimiento general hasta en cuestiones básicas de la política y la economía, por eso es casi providencial que la palabra rectora de San Martín sobre el valor de la unión social se conozca en medio de otra crisis, al cabo de dos siglos de haber sido escrita aquella carta.

"No existe sociedad donde no hay orden". En estas siete palabras se resume la segunda idea fuerza en el pensamiento transmitido por quien se dirigía al Perú a fin de liberarlo del ocupante extranjero. Que no existe sociedad donde no hay orden es más que un concepto de comienzos del siglo XIX que debería sacudir, por su incontestable verosimilitud, a los argentinos del siglo XXI. Es una consigna que ha subyacido victoriosa desde los tiempos más remotos de la humanidad a pesar de haber sido contradicha por nihilismos pasajeros. Se explica: remite, en última instancia, a la regla de oro de que debe preservarse nuestra especie.

¿Qué otra razón, acaso, de carácter superior pudo haber justificado la concepción del Estado como árbitro entre los habitantes de su jurisdicción que imponer coactivamente un orden que hiciera posible la vida en común, la libertad de expresarse, de trabajar, de comerciar y viajar, y de disfrutar de los bienes propios? Sin orden, esos valores caen en la indefensión a la que llevaría el tumulto anárquico, según se percibe en sus indicios por manifestaciones diarias de organizaciones que cuentan para sus bravuconadas con increíbles subvenciones del Estado.

Debemos agradecer y destacar que la última generación de herederos de don Tadeo de Rojo y Maurín (1763-1830) haya dispuesto ceder al Archivo General de la Nación esta reliquia histórica que en el curso de 200 años solo había merecido el registro de unas pocas líneas en la obra de un historiador sanjuanino de la primera parte del siglo pasado.

Se ha decidido esa octava generación de una misma familia por una institución de carácter nacional, con medios suficientes para custodiar de forma aceptable tan excepcional testimonio del pensamiento sanmartiniano.

Convendrá conferirle a ese documento la máxima difusión, sobre todo en tiempos de desconcierto como los que corren. En una sociedad requerida aún de más fuerzas y resolución para imponer un vigoroso "nunca más" a la corrupción que ha carcomido el Estado y la moral pública, y que ha descendido hasta dejar pasmosamente desprotegida la seguridad física y jurídica de los argentinos, no podría haber sido más oportuna la carta del Libertador que ha salido definitivamente a la luz de modo completo a través de nuestras páginas.

Avergüenza que sean argentinos los políticos de triste gestión en el pasado reciente que pretenden dejar sin sustento legal la figura del arrepentido, que ha permitido conocer escándalos político-empresarios que de otro modo se habrían mantenido ocultos también por el vergonzoso y cómplice accionar de algunos jueces. A los que aspiran al desorden permanente, fuente de riquezas mal habidas, se opone hoy la concisa pero radiante en su luminosidad carta del General San Martín.

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