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Isidoro Gilbert: un gran periodista político de firmes convicciones

José Claudio Escribano
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23 de octubre de 2018  

La afabilidad natural de Isidoro Gilbert, jefe por tres décadas de la corresponsalía de la agencia soviética Tass en Buenos Aires, disolvía las prevenciones de hierro que en el baldío de la Guerra Fría crecían para hombres con funciones tan delicadas como las que él ejercía.

¿Era solo el representante periodístico del imperio comunista que pisoteaba, después de abatir al nazismo aliado a los Estados Unidos y el Reino Unido, soberanías y libertades públicas en los países que había alineado en el Pacto de Varsovia con inmisericorde dureza? ¿O era también él mismo un agente de la inteligencia articulada por la KGB en la Argentina? Como era Gilbert amigo de todos, la cuestión no pasaba de ser un juego festejado fuera de las tertulias que él frecuentaba con regularidad. En sus primeros escarceos políticos había concluido en Devoto, al cabo de la famosa redada de estudiantes universitarios hecha por Perón en 1954.

¿Periodista? ¿Solo periodista? Se trataba de preguntas que cabían en el imaginario colectivo de la época, cuando, inocentes todavía, creíamos que el Partido Comunista se financiaba en la Argentina con el producido de las librerías de viejo de la calle Corrientes y no con la financiación proveniente de laboratorios nacionales y embotelladoras de Coca-Cola. Es lo que Gilbert reveló en la atrapante narración de El oro de Moscú, el más afamado de sus libros. Si sabía algo más de los secretos de setenta años del PC, muchos de ellos transcurridos en la clandestinidad, el corresponsal notable que falleció ayer por la tarde los ha llevado consigo al otro mundo, de no menores incertidumbres.

Cuando se pasa revista de cómo se vivieron en Buenos Aires los años de discordias y desconfianza de la Guerra Fría, asombra comprobar lo bien que la mayoría de los dirigentes comunistas podían llevarse en sus relaciones personales con gentes de otros partidos, o con periodistas que encarnaban idearios absolutamente incompatibles con la dictadura del proletariado, la lucha de clases y el materialismo histórico.

El propio Gilbert, como cabeza periodística de la agencia Tass, abría puertas que se hubiera dicho estarían cerradas para él. En su agenda figuraban los teléfonos privados de los jefes políticos de los principales partidos, de ministros y gobernadores, y durante los gobiernos militares, de los mandones de turno y subordinados inmediatos. Podía levantar una copa para despedir el año junto a Ricardo Balbín o al lado de algún almirante que fantaseara con tomar de nuevo el poder, pero en elecciones más o menos libres.

Gilbert era un colega generoso. Compartía informaciones obtenidas con el celo minucioso de esos periodistas que parecen no dormir nunca y desmenuzaba la clase de interpretaciones políticas que solo caben en cabezas configuradas por la rutina de lecturas exigentes. Tiempo después de la implosión del imperio rojo, entre 1989 y 1990, "Isidoro", como solía mentárselo, escribió libros que deberían ser infaltables en una buena biblioteca política.

Una trama de misterios

En El oro de Moscú nos desayunó con el hallazgo de que habíamos tenido en José Gelbard un ministro de Economía que todavía conservaba el carnet de afiliado al Partido Comunista. Nos hizo saber también de la existencia de una superestructura partidaria de nueve miembros, apenas conocida por Victorio Codovilla y otros pocos. La llamaban "El Directorio", estaba presidida por un doctor Gold y la integraba, entre otros, el sigiloso señor Gelbard. Eso, y sobre todo la financiación del partido a través de cuatro embotelladoras de Coca-Cola en el país, conduce a la reflexión de si los servicios de inteligencia norteamericanos en Buenos Aires estaban absolutamente en Babia o bien si dejaban seguir las cosas adelante porque ya las tenían detectadas y preferían no agitar el avispero. De todas formas, Chesterton, de haber vivido y de haberlo sabido, hubiera mamado de esa trama para volcarla en uno de sus grandes relatos de misterio.

En otra obra, dedicada al historial de la Federación Juvenil Comunista, Isidoro nos aleccionó sobre que nunca alcanza con el escepticismo con el que debe forjarse la formación de un periodista político. Siempre el rigor del oficio impone que se recele un poco más. Resultó que, en años mozos de sus trayectorias, personajes insospechables de la argentinidad del siglo XX habían puesto algunas fichas en una secreta afiliación a la FJC. Desde hacía años, Gilbert era corresponsal de La República de Montevideo. Escribió, entre otros diarios, en L'Unità, L'Humanité, La Hora (diario oficial del PC argentino) y en el Suplemento Enfoques, de LA NACION.

Había nacido en el Hospital Durand de Buenos Aires, el 27 de agosto de 1931.

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