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Pequeño manual de la colisión frontal

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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24 de octubre de 2018  

Escribo esto un rato después de bajarme del coche. He manejado 500 kilómetros de regreso de Trenque Lauquen, donde, el lunes a la noche, di una charla sobre inteligencia artificial. Fue una experiencia magnífica. La sala estaba repleta, surgieron preguntas muy interesantes y, al final, un ensamble de saxos local remató, armonioso, la velada.

Ahora bien, el tránsito en general, y el de las rutas en particular, sigue siendo para mí un verdadero misterio. Luego de mucho rumiarlo, he llegado a la conclusión de que algunas de las conductas que he observado estos últimos dos días, y las que me pasman a diario por la Panamericana e, incluso, en las calles opresivas de la ciudad, solo pueden ser fruto de la falta de información. Quizá sea un intento pueril, lo digo con entera honestidad, pero no puedo sino aclarar una breve pero sustanciosa lista de cuestiones.

Verán que, en ocasiones, las rutas tienen dos rayas amarillas continuas que dividen los carriles. No son, como algunos conductores parecen sospechar, una forma de arte ni tampoco una súbita escasez de pintura blanca. Son señal, en realidad, de que en ese tramo no se puede sobrepasar al auto que tenemos adelante. No por capricho. Las encontrarán con frecuencia en curvas y desniveles. Lógico. Si rebasamos durante una curva o en una subida, podemos encontrarnos de frente, sin la menor posibilidad de evitar la colisión, con un auto, un ómnibus, un camión, algo de maquinaria vial, una motocicleta y hasta un vehículo detenido por un desperfecto. Lo que me lleva al siguiente asunto.

Cuando dos objetos viajan en sentido opuesto, su velocidad relativa resulta de la suma de sus dos velocidades. O sea que si vamos a 100 kilómetros por hora y enfrente viene hacia nosotros un coche a la misma velocidad, la cita fatal se dará a 200 kilómetros por hora. Lo que quiere decir dos cosas. La primera es obvia. Un choque frontal a 200 km/h (y, por lo que he visto, este número es casi seguro muy conservador) no deja lugar a esperanza alguna.

Pero hay algo más, más perturbador, que hay que considerar al tomar la decisión de rebasar a otro conductor. En la vida cotidiana no estamos habituados a velocidades de 200 kilómetros por hora o más. Dicho de modo simple, el vehículo allá enfrente, aun si viaja a la velocidad máxima permitida, se aproxima a nuestro coche con una celeridad que no estamos en condiciones de digerir. De pronto se agranda más rápido de lo que esperábamos, así que aceleramos, lo que aumenta la velocidad relativa, y solo conseguimos así que se acerque a una tasa mayor. Escalofriante.

Otro asunto. Las leyes de Newton no son como las leyes de tránsito. Quiero decir: podemos ignorar las líneas amarillas, los semáforos y las velocidades lícitas. Si nos pescan, bueno, nos aplicarán una multa más o menos severa. Con Newton, en cambio, no tenemos esa opción. En general, con las leyes de la física, no hay discusión que valga. Ayer, un sujeto nos pasó a una velocidad demencial y con el espacio a duras penas justo para no impactar de frente contra un camión. No golpeó contra nuestro coche, en su desenfrenada desesperación, por unos 15 centímetros (y porque anticipé su maniobra suicida y frené a tiempo). Pero cuando consiguió volver a su carril, justo ahí adelante, su utilitario deportivo vaciló varias veces entre volcar sobre la banquina o sobre el carril contrario, hasta que, por fortuna, se equilibró. Tal vez tenía una urgencia, no lo sé. Pero estuvo a punto de terminar con todas sus premuras.

Lo que ocurrió frente a nuestros ojos tiene que ver con que un gran número de vectores actúa sobre un objeto toda vez que abandona una trayectoria rectilínea; no lo duden, el control que creemos tener sobre los vehículos es una ilusión grande y vana. Cierto, en este caso tal vez fue destreza. Pero si me lo preguntan, preferiría que empleara sus habilidades en algo más productivo. Fui y volví de Trenque Lauquen, y un poco fue por milagro.

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