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Boca se asume imperfecto sin sentirse menos que nadie

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
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23 de octubre de 2018  • 23:59

Al trotecito, sin verse bajo la Espada de Damocles, Boca fue campeón en los últimos dos torneos locales. Títulos que lo hicieron feliz, pero insuficientes para que se sintiera realizado. Alcanzar ese estado depende más de la Copa Libertadores, en la que atraviesa el típico trauma del club al que se le niega el trofeo con el que cimentó su grandeza durante la década 1998/2007: a más tiempo sin conquistarlo, la obsesión crece exponencialmente.

Las últimas decepciones expusieron una carencia de Boca: las dificultades para manejarse en la situación límite de una serie eliminatoria. No solo le pasó en la Libertadores, también le ocurrió en la Copa Argentina o en la Supercopa Argentina.

¿Hay razones objetivas para imaginar que a Boca ahora le puede ir mejor? Más allá de lo específico del equipo de Guillermo Barros Schelotto, hay que reparar en el obstáculo a superar. Palmeiras es un rival muy fuerte, no menos candidato que los otros semifinalistas. En la etapa de grupos fue un benefactor de Boca al vencer en la última fecha a Junior para que la goleada a Alianza Lima valiera la clasificación. Este Palmeiras es mejor que aquel de abril-mayo. Asumió "Felipao" Scolari y se disparó a la punta del Brasileirao con 11 victorias y tres empates. Tiene al goleador de la copa, el colombiano Miguel Borja, con 9.

Mientras Palmeiras dio muestras de haber evolucionado, Boca sigue atrapado en una inconstancia, una indefinición como equipo, que ya dejó de ser algo circunstancial para transformarse en un rasgo constitutivo. Boca puede ganar, hacerle daño al rival, sin necesidad de jugar bien. Es más, muchas veces cuesta explicar cómo venció Boca. Para hacerlo hay que empezar a separar algunos destellos individuales de las sombras generalizadas. Lejos de vivirlo como un condicionante, ya lo lleva con naturalidad. Se sabe (bastante) imperfecto y lo asume sin sentirse menos que nadie. Así llegó hasta acá y no sorprende que el Mellizo espolee a los suyos con frases como "vamos a matar por esta camiseta" o "los jugadores van a dejar la vida".

Así es este Boca, con su fútbol por oleadas, con "Wanchope" Ábila más decisivo que Benedetto, con Zárate haciéndose un lugar por sus goles importantes en la Copa, con Pavón siendo la luz de los ojos del Mellizo, con el medio campo de alto voltaje que integran Nández, Barrios y Pérez, con las plegarias a Rossi en cada pelota que le llegue, con Tevez y Gago en el banco por lo que pudiere pasar. Y con una Bombonera a reventar que le hará saber que no se puede fallar

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