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River-Gremio: la noche en la que el gigante Armani se convirtió en humano

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Andrés Eliceche
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24 de octubre de 2018  • 00:07

Un escalofrío recorrió el Monumental de tribuna a tribuna. La noche, que ya venía enrevesada para el deseo de la abrumadora mayoría de los 60 mil espectadores, entonces se hizo más negra. Gremio celebraba, inclinada su cabeza hacia ese rincón donde gritaban los cuatro mil gaúchos. Celebraba el gol porque cuánto vale conseguirlo de visitante, claro, pero también porque se lo había hecho a Armani, el que había trabajado durante toda la Copa Libertadores para que River se presentara en las semifinales. Ahí estaba ahora, su cuerpo y su aura machucados contra un palo, mientras Michel era el maestro de ceremonias de los abrazos nacidos tras su gol. Las dos fotos del fútbol, una vez más.

"Siento que no me van a hacer un gol", se abrió el arquero sensación con LA NACION unos días atrás, cuando River transitaba la previa de esta serie. Adorado por los hinchas, no necesita histrionismo para estar siempre en el top 3 del aplausómetro. Ni dar demasiadas explicaciones cuando, como esta vez, le cabe responsabilidad en un gol. No estaba feliz después del 3-1 a Independiente porque había dado un rebote largo en el gol de Gigliotti; autocrítico, había repasado esa jugada casi a la par que sus compañeros festejaban el pase de ronda. ¿Qué sensaciones masticará ahora, después de que Michel cabeceara adentro del área chica mientras él se bamboleaba hacia unn lado y el otro, casi sin despegarse de la línea del arco? La duda mata al arquero. No hubo espectacularidad en la jugada, ni se trató de un error clamoroso de esos que se repiten en los programas de fútbol. Fue, en todo caso, una nueva confirmación de que al gigante Armani le ganaron por su costado más endeble: el juego áereo. Como en el gol de Blandi en el Nuevo Gasómetro, por ejemplo. O como en otras jugadas que después cobran notoriedad porque él termina salvando de última.

Ni un reproche salió en su contra de boca de los que gritaban por él antes del partido. Al menos, no de quienes estaban en el Monumental. Le sobran argumentos para explicar por qué un silencio respetuoso lo acompañó al salir de la cancha, la mirada tan perdida como el resto de River. El fútbol, que da y quita, tiene una revancha esperándolo en una semana, en una esquina de Porto Alegre. Cuando River vaya a tramitar el check in a la final de la Copa, necesitará a Armani. El gigante que también puede fallar.

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