La maldición de Hill House y Picnic en Hanging Rock: cuando el terror habita en nuestras mentes

La maldición de Hill House, lograda adaptación de la novela de Shirley Jackson, estreno de Netflix
La maldición de Hill House, lograda adaptación de la novela de Shirley Jackson, estreno de Netflix
Paula Vázquez Prieto
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25 de octubre de 2018  • 00:05

"¿Es todo lo que vemos o parecemos nada más que un sueño dentro de un sueño?". Ese verso del célebre poema de Edgar Allan Poe, Un sueño dentro de un sueño, no solo define Picnic en las rocas colgantes, la película de Peter Weir filmada en 1975, basada en la obra de culto de la australiana Joan Lindsay, sino que impregna cada una de las letras de esa historia, de esa misteriosa y fatídica excursión hacia lo desconocido. Esas palabras pronunciadas como parte de un encantamiento por la voz de Miranda, musa maldita y criatura etérea de aquel viaje hacia una naturaleza indómita, regresan de manera subterránea en este nuevo acercamiento a Picnic en Hanging Rock -la miniserie que acaba de estrenar OnDirecTV - al corazón de su intangible secreto.

En 1967 Lady Joan Lindsay, miembro de una familia tradicional australiana, esposa de un militar y dama ejemplar de la Commonwealth, publica la que sería su obra maestra, inspirada en una anécdota de cuño periodístico que asume la personalidad de las más célebres novelas góticas del siglo XX. Ambientada en febrero de 1900, durante el Día de San Valentín, cuenta la excursión de un grupo de alumnas y profesoras del colegio Appleyard a una imponente formación natural de roca volcánica en las cercanías del monte Macedon, al sur de Australia. Ese alegre viaje hacia la naturaleza salvaje, a plena luz del día, sitio impensado de un tranquilo almuerzo campestre, se revela como la travesía hacia un misterio insondable, de mudas y enigmáticas desapariciones, que dejan ese cercano y conocido mundo real convertido en un territorio de excepción.

Trailer Picnic at Hanging Rock

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El triunfo de Lindsay no fue solo dejar un recuerdo imborrable en las letras australianas, apropiarse de los enclaves góticos de la literatura de las hermanas Brönte, Henry James o Daphne Du Maurier para consagrarlos al esplendor perverso de una naturaleza diurna y luminosa, sino combinar una prosa austera y despojada con un relato inquietante que desliza lentamente los límites de lo posible hacia el dominio único de la imaginación. ¿Ocurrió realmente aquella peregrina excursión al mundo agreste derivada en tragedia y absurdo enigma? ¿O fue tan solo fruto de la imaginería de una autora nacida a comienzos del siglo XX, en la pradera australiana y bajo el dominio inglés, absorta en los misterios del imaginario y lo indecible? Ese enigma que preserva la obra literaria, amada y evocada por generaciones de lectores, es el mismo que inspiró la celebrada adaptación de Peter Weir.

Fiebre y melodrama

El desafío de la showrunner de esta versión televisiva, Laryssa Kondracki, al abordar aquella historia de culto y gloria consistía en ofrecer una mirada renovada, una nueva apropiación de aquel universo femenino en un camino, si no opuesto, por lo menos diferente del que había seguido Weir en su película. La nueva Picnic en Hanging Rock se anuda a sus personajes con más fuerza, sorteando esa distancia que mantenía la puesta en escena de Weir a través de los velos y los resquicios de la naturaleza, para acercarse a las complejidades de las tres alumnas que se internan en la cornisa volcánica como una forma de resistencia a su presente victoriano. La densidad de su vínculo se construye como cualquier amistad adolescente, teñida de ribetes melodramáticos y pactos mágicos, pero adquiere una consistencia febril en las imágenes, en el deambular de sus vestidos claros contra la luz del sol, en los juegos de complicidad en las habitaciones del colegio, en una cercanía tan dolorosa que es capaz de desafiar cualquier mandato y peligro.

La maldición de Hill House - Trailer - Fuente Netflix

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El inolvidable texto de Lindsay se abre esta vez a una perspectiva que puede explorar derivaciones lúdicas y atrevidas fabulaciones a partir de algunos cambios estratégicos. El principal es la nueva imagen de la regenta, encarnada en el porte sensual y amenazante de Natalie Dormer ( The Tudors, Game of Thrones). La nueva señora Appleyard, más cercana en edad a las adolescentes que gobierna, es una figura elusiva y enigmática, que carga con un pasado oscuro, con miedos y negras fantasías, que aplica los severos mandatos como una forma indirecta de autocontrol. Así, su interacción con Miranda, aquí una joven de modales varoniles que resiste con pasión los intentos de domesticarla, es una lucha por alcanzar la mutua liberación frente a los secretos y las condenas pasadas. Escritas por Beatrix Christian y Alice Addison sobre la materia prima que ofrece el texto de Lindsay, las nuevas alumnas despliegan contraluces y ambigüedades, tanto la hija bastarda de un juez en cuya piel se escribe la tradición colonialista australiana como la rica heredera que oscila entre la deseada candidez y la tímida crueldad. Todas y cada una de ellas trascienden ese inicial misticismo que atesoraba el libro para emerger en una carnalidad mucho más feroz, más palpable, sedienta de una emancipación que asume la desaparición como un gesto libertario.

La nueva moda de adaptaciones de textos literarios que antes fueron llevados al cine y hoy regresan en formato seriado para el streaming ha elegido un rumbo divergente, que contesta o subvierte la mirada original, ya sea en términos de qué historia se elige contar o cómo se ha decidido hacerlo. Lo hizo la nueva versión de Howards End, de E. M. Forster, adaptada por Kenneth Lonergan como miniserie para Amazon Prime Video, cuya vitalidad le permite respirar otro aire que el que definió a la película de James Ivory en los 90. Y sobre todo lo ensaya La maldición de Hill House, reciente estreno de Netflix inspirado con notables libertades en la novela de Shirley Jackson, que ya había tenido dos versiones más fieles, una buena (Robert Wise, en 1963) y una olvidable (Jan de Bont, en 1999). Aquí el gesto es aún más radical porque ese miedo interior que en las pasadas versiones adquiría consistencia en la silueta de la casa embrujada, en sus suelos chirriantes y sus raíces sobrenaturales, en la serie de diez episodios creada por Mike Flanagan (Oculus, Ouija: el origen del mal) invade el recuerdo de la infancia como un virus, como una zozobra existencial que habita en las profundidades más insospechadas.

Natalie Dormer en este thriller psicológico producido en Australia por Amazon, que aquí se ve por DirecTV
Natalie Dormer en este thriller psicológico producido en Australia por Amazon, que aquí se ve por DirecTV

Si la novela de Jackson se concentraba en el deambular de un grupo de curiosos comedidos que exploraban los muros de la vieja Hill House con la avidez del incrédulo y el fervor del alucinado, la elección de Flanagan -responsable también del guion- es ir hacia el origen del misterio, exponerlo en sus ambigüedades, destejer el terror que anida en los muros de piedra como un sentimiento irrenunciable.

Los cinco hermanos criados bajo la maldición de aquella casa llevan los fantasmas en sus recuerdos, adheridos a sus sueños, impregnados en sus adicciones, en su desapego y disfuncionalidad. Crear esa sensación de miedo permanente es a lo que aspira la nueva Hill House, sin depender de las apariciones, los recovecos oscuros o los espectros pasados. Si Shirley Jackson veía en su literatura un estudio subterráneo de la neurosis y la ansiedad moderna, la estética enrarecida de Flanagan, sus ambientes opacos de toda decoración, sus objetos apenas desplazados de la normalidad, pone en imágenes esa ambición. Y confirma que el miedo tiene rostros mucho más espeluznantes que los muros desgastados de una vieja mansión.

Si La maldición de Hill House desplaza el terror hacia los confines de la mente, en la nueva Picnic en Hanging Rock la estética impresionista y de aura fatídica de la película de Weir deja paso a un universo gótico mucho más alucinado, preñado de barridos digitales y ralentis musicales, casi como un intento de lectura blasfema y temeraria que en sus riesgos esconde su atractivo.

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