El voto castigo que obliga a cambiarel juego democrático

Juan Pablo Lohlé
Juan Pablo Lohlé PARA LA NACION
Una atmósfera de desilusión y un pesimismo colectivo marcaron el proceso electoral que cristalizó el desencanto con la política y sus dirigentes
Fuente: LA NACION
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25 de octubre de 2018  

El resultado de las recientes elecciones en Brasil ha sido fruto de una polarización extrema: el votante optó por un sentimiento en el cual primó la voluntad de imponer una victoria abrumadora que dejará perplejo al sistema político interno, con sus consecuentes repercusiones locales e internacionales. Tan expresiva fue la ola de votos que acompañó a Jair Bolsonaro que tanto los victoriosos como los derrotados tratan de explicar desde distintas posiciones lo ocurrido en la política tradicional brasileña. Desde la vigencia de la Constitución de 1988, que cumplió 30 años, no se veía un fenómeno político igual. No es algo distinto a lo que viene aconteciendo en otros lugares, tanto en Europa como en América del Norte o en Sudamérica, con diferentes matices. Bolsonaro se suma a Macri, Piñera y Duque en la región, pero con características propias y con las particularidades del Brasil de hoy.

Las democracias se vuelven más autoritarias como forma de concentrar poder y establecen un "nexo plebiscitario" con la población, más allá de los partidos y de los medios de comunicación. Las nuevas tecnologías y las redes sociales fueron un puente directo entre el candidato y sus potenciales electores.

Partidos como el PSDB, de Fernando Enrique Cardoso, veían la posibilidad de expresar el "centro político" y desde allí construir una mayoría amplia que limitara el autoritarismo emergente y restableciera la democracia social. Los votantes no solo le negaron el respaldo, sino que votaron en contra ante el riesgo de cualquier acuerdo con el PT en la segunda vuelta y, así, no llegaron a obtener ni el 5% de los votos. En cambio, el partido MBD expresó el fin de una etapa política. Era la expresión del oficialismo de Temer con una idea "eficientista"; el candidato Meirelles nunca despegó, no pasó el 2% de los votos. Hubo once ministros de Temer que querían ser reelegidos: todos perdieron en sus respectivos estados y ahora se preocupan por las causas judiciales que pueden sobrevenir.

El partido PDT, de Ciro Gomes, obtuvo el tercer lugar en el primer turno, con un 12% de votos. Antiguo aliado del PT, fue ministro de Integración de Lula y pretendía ser candidato en una alianza, pero Lula lo desestimó y se decidió por Haddad . Hoy dice que se prepara para 2022, está contra el fascismo de Bolsonaro y le ofrece un "apoyo crítico" al candidato del PT.

Esta campaña política tuvo una particularidad poco frecuente y difícil de repetir: dos jefes que debían conducir el proceso electoral estuvieron fuera del escenario de campaña; Lula, en la cárcel, y Bolsonaro, en el hospital, tras haber sido apuñalado en un acto político.

Lula mantuvo su candidatura hasta último momento. Sus opciones eran Jaques Wagner -exgobernador de Bahía- o Haddad. Finalmente optó por el último. Una alianza con Ciro Gomez, el tercero entre los más votados, hubiera favorecido a ambas fuerzas.

Otro fenómeno de esta elección es que después de seis décadas no habrá ningún Sarney elegido, perdieron en Maranhão y no tendrán representación en el Congreso nacional. Se reeligió al gobernador Favio, del PCdB, de extracción comunista.

El partido Rede, de Marina Silva, ambientalista que cosechó 20 millones de votos en elecciones anteriores, logró apenas un millón de votos.

Dilma Rousseff, candidata, obtuvo el cuarto lugar en el estado de Minas Gerais, donde también perdió el gobernador del PT, Fernando Pimentel. En San Pablo, Eduardo Suplicy perdió la candidatura a senador por el PT.

El exministro de Educación Cristovam Buarque lo sintetizó con esta reflexión: "El pueblo no quiso elegir, quiso derrotar".

Los 13 años del PT; la salida de Dilma y su reemplazo por Temer, su vice; el déficit fiscal acumulado; el Lava Jato en plena expansión; el surgimiento del juez Moro; el aumento de la pobreza y el desempleo, y la corrupción sistémica crearon una atmósfera de desilusión por las conquistas que se perdían y un pesimismo colectivo manifestado en el desencanto con la política y sus dirigentes.

"El pueblo se hartó", dijo el exgobernador y senador de Rio Grande do Sul por el PMDB Pedro Simón. La segunda vuelta será determinada por la capacidad de tejer alianzas tanto por parte del PT como de Bolsonaro. Si se mantienen las diferencias de la primera vuelta, será difícil para el PT remontar la brecha. Los sondeos ya marcan una diferencia de 16 puntos. Lula trata de independizar a Haddad de su figura para darle más autonomía hacia los votantes independientes, que ven en Bolsonaro un exceso de autoritarismo.

En cambio, Bolsonaro navega en la ola de adhesiones del "antipetismo" y se presenta como "lo nuevo", con la suficiente "autoridad" como para cambiar el rumbo de Brasil. El PT sigue siendo fuerte en el nordeste, donde tiene el mayor caudal de votos; en cambio, el PSL acumula su fortaleza en el sur del país, en el centro y el oeste, y está creciendo en las grandes capitales del nordeste.

En cuanto a la política internacional, la definición electoral de segundo término encontrará a Brasil en un mundo de cambios profundos y a América del Sur con la necesidad de recomponer y renovar sus lazos.

Una mayor actividad mundial y regional es previsible, dado que se trata de la primera economía sudamericana y será una señal importante para sus vecinos.

El cambio en Brasil tiene efectos directos en la Argentina, entre ellos, la invalidación de la idea de que los juicios por corrupción son una "persecución política" instrumentada por jueces influenciados desde el exterior, sea de Estados Unidos o de Italia. La lucha contra la corrupción en esta elección se convirtió en un reclamo popular. La necesidad de una Justicia independiente que actúe dentro de plazos razonables es una demanda que se hace oír cada vez con mayor intensidad. La figura de la delación premiada y la del arrepentido han permitido descubrir tramas político-económicas que de otro modo hubiesen sido difíciles de esclarecer. Muchos políticos ligados a la corrupción no han podido ser reelegidos y han quedado desprotegidos de sus privilegios.

En Brasil el voto popular castigó a los políticos corruptos: como consecuencia, comienzan la autocrítica y la construcción de valores más cercanos a las necesidades populares.

La estabilidad institucional de Brasil a través de su proceso electoral podrá beneficiar su recomposición política interna y regional con nuevos actores y nuevas políticas.

Ambos candidatos se pronunciaron a favor del Mercosur, pero también sabemos que ese acuerdo requiere un aggiornamento. Estas elecciones en Brasil son una buena oportunidad para actualizar nuestra agenda común y mejorar el camino del futuro.

Abogado, licenciado en Relaciones Internacionales, exembajador en Brasil

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