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Por qué escribimos

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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25 de octubre de 2018  

Quien escribe tiende a eludir una pregunta: no tanto para quién se escribe, sino sobre todo por qué se escribe. Goethe estaba convencido de que toda poesía era poesía de ocasión; es decir, que la vivencia acarreaba el poema: la naturaleza, el amor, las penas de amor, la mitología, la botánica, todo le venía bien al poeta, según el día, para su poema.

La definición parece más cercana a la prosa periodística que a la poesía, aunque esos límites se hayan vuelto difusos, igual que todos los demás. Una vieja broma (¿de quién era?) aseguraba que el escritor escribía porque tenía algo que decir y el periodista, porque tenía que decir algo. La broma es buena, y muy comprensible para periodistas, escritores y, ni hace falta decirlo, también lectores. Sin embargo, la pregunta acerca del porqué -esa pregunta causal- sigue sin respuesta.

A mí, que como dije otras veces, la ficción me importa poco y nada, me resultan inquietantes las causas que llevan a escribir un ensayo. Por ejemplo, ¿por qué escribió Pascal sus Pensamientos, uno de esos libros que leo una y otra vez? Inicialmente, Pascal se había propuesto una historia y una defensa del cristianismo como la única religión verdadera. El resultado, sin refutar los principios, resultó un poco diferente. Charles Baudelaire, no hay sorpresa, lo entendió mejor que nadie en su poema "Le Gouffre" (El abismo) de Las flores del mal: Pascal tenía su precipicio, que se movía con él/ Ay, todo es abismo, acción, deseo, sueño/ ¡Palabra! Y sobre mi pelo que erizado se alza/ Sentí muchas veces pasar el viento del Miedo". Como diría un amigo mío, realmente Baudelaire le "cazó el fantasma" a Pascal.

El crítico Albert Béguin había dicho, con razón, que los Pensamientos no habían sido hechos para responder a un espanto, sino para sacudir una paz peligrosa para el alma". Claro. Una frase como "la soledad de los espacios infinitos me aterra" pretende arrancarnos de toda seguridad, una seguridad que no tenemos derecho a tener. Pero, como observó otro crítico, uno de los mayores del siglo XX (alguien que leyó mejor que nadie escribió mejor que nadie sobre lo que leyó), Maurice Blanchot, la angustia de Pascal es el resultado de un cálculo. ¿Y no es exactamente eso escribir, el cálculo del mayor efecto que podemos lograr con la palabra? No hay efectismo, dado que la causa está justificada.

El propio Blanchot volvería sobre este problema en uno de sus ensayos más justamente famosos: "La literatura y el derecho a la muerte", incluido en su libro La parte del fuego. En cierto modo, la literatura empieza cuando se convierte en una cuestión, en una pregunta, la misma de antes: ¿por qué se escribe?

Es una pregunta difícil, porque puede pasarnos a quienes escribimos lo mismo que al ciempiés al que le preguntaron cómo caminaba y cuando lo pensó ya no pudo caminar más. Pero esto me interesa por una razón muy sencilla.

Pero como no somos ciempiés, no podemos mentirnos con esa pregunta, que, no obstante, niega la literatura, pero sin esa muerte la literatura (diría en general el arte) no puede ni siquiera empezar a ser tomada en serio. Lo inconfesable, mi perversión, es que me interesa más la filosofía del arte que el arte mismo. Es decir: el arte disuelto en la idea. Esa es la meta, el arte sin materia, desasido del mundo.

Cito nuevamente a Blanchot, a quien aprendí a leer de veras después de las imposiciones universitarias: "Para escribir es preciso destruir el lenguaje tal como es y realizarlo bajo otra forma, negar los libros haciendo un libro con lo que ellos no son".

No es otra la meta de quien escribe o hace arte: el homenaje más grande a los libros que fueron -la tradición- es hacer con ellos lo que ellos no fueron ni son. Blanchot, otra vez: "¿A qué tiende la escritura? A liberarnos de lo que es".

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