Por qué los policiales son una pasión nacional

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Agatha Chrstie, escritora y dramaturga británica especializada en género policial
Agatha Chrstie, escritora y dramaturga británica especializada en género policial Fuente: Archivo
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26 de octubre de 2018  • 02:06

Aprendí de un amigo de la secundaria que los lectores de literatura policial son muy metódicos. Y que, tarde o temprano, se convierten en coleccionistas. Si cierro los ojos, puedo ver las estanterías hechas con madera terciada donde se lucían los lomos de títulos de novelas de bolsillo de Agatha Christie, Georges Simenon (su autor favorito), Raymond Chandler y Patricia Highsmith (mi favorita). Como el concepto de literatura policial de ese amigo era muy elástico, entraban en esa categoría cuentos y novelas de Enrique Anderson Imbert, Jorge Luis Borges y Angélica Gorodischer. Años después, ya convertido en profesor, contaba que esa literatura era ideal para preparar las clases que daba en escuelas de la zona sur. Como si fueran recetas de cocina, sus clases se venían cocinando desde la adolescencia.

Desde entonces, estoy rodeado de lectores de novelas policiales. Mi amiga de la disquería cierra las novelas de Fred Vargas o de Andrea Camilleri cuando llega algún cliente, permanece un segundo absorta y después sonríe. Un compañero de trabajo viaja siempre con un policial escandinavo en la mochila y una de mis tías sigue los pasos de los ácidos protagonistas de las novelas de Carlos Balmaceda, Sergio Olguín o Claudia Piñeiro. Los lectores de policiales saben que ese género literario, a diferencia de otros que se extinguieron a causa de las transformaciones sociales, no va a agotarse nunca. Las novelas de caballería todavía nos pueden parecer muy entretenidas pero nadie escribe una nueva.

"La satisfacción básica del género policial es que el crimen se resuelve y que el culpable recibe su castigo. Esto, por supuesto, por oposición a la percepción que tenemos de la Justicia en la vida real: casos irresueltos, culpables de lo más campantes, inocentes en la cárcel", dice Miriam Molero, una escritora fan del género policial. Según ella, la literatura negra no le pone un techo al escritor ni tampoco al lector. "Te vas a encontrar con thrillers, otros policiales con elementos de lo fantástico o el terror, otros con un tono muy inglés, otros de texto picante y detective lenguaraz, otros de profunda crítica social. Así que si lo que te gusta es el estilo o la visión ácida del mundo, en el género policial siempre vas a encontrar un libro, un autor". Mundo sobre mundo, el policial pone orden o, si eso no es posible, aporta un poco de resignación filosófica.

Molero, que es autora de un policial ambientado en escenarios eclesiásticos ( El rapto), disfruta con el estrés que le provoca John Connolly, el humor de Craig Russell, la inteligencia superior de Fred Vargas. "Lo único por lo que sufro es porque se posterga una y otra vez la publicación de los dos libros que cierran la tetralogía de Leo Oyola protagonizados por Fátima, la víbora blanca", comenta. El suspenso editorial acrecienta el fervor de los lectores de policiales. Igual que mi amigo profesor en escuelas secundarias, Molero "se inició" a los nueve o diez años con las novelas de Agatha Christie. Los dos decretan que el lector llega a la madurez del género con Dashiell Hammett, el autor de Cosecha roja y El halcón maltés.

Como pasa con el fútbol, el psicoanálisis y (desde un tiempo) las series de Netflix, en la Argentina, los policiales son una pasión nacional. Hay muchas teorías que pretenden explicar ese entusiasmo: el policial es el género antiestatal por excelencia o, todo lo contrario, la literatura del establishment; representa la sublimación de oscuras motivaciones sociales o funciona como un entrenamiento en las virtudes de la sospecha; es un entretenimiento llevadero o el manual de ética de los tiempos violentos.

Raymond Chandler, además de escribir novelas policiales como El sueño eterno y El largo adiós, teorizó sobre la cuestión. "El autor realista de novelas policiales habla de un mundo en el que los gangsters pueden dirigir países: un mundo en el que un juez que tiene una bodega clandestina llena de alcohol puede enviar a la cárcel a un hombre apresado con una botella de whisky encima. Es un mundo que no huele bien, pero es el mundo en el que usted vive. No es extraño que un hombre sea asesinado pero es extraño que su muerte sea la marca de lo que llamamos civilización". ¿No nos suena familiar?

Hoy y mañana siguen los encuentros de la nueva edición del festival Buenos Aires Negra en el Centro Cultural San Martín. Merodeadores del género literario que mejor describe la vida moderna pueden consultar la agenda aquí.

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