La filosofía brechtiana, según la mirada de Muscari

Mónica Berman
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26 de octubre de 2018  

Madre coraje

Dramaturgia: Bertolt Brecht. Dirección: José María Muscari. Intérpretes: Claudia Lapacó, Osvaldo Santoro, Natalia Lobo, Héctor Díaz, Iride Mockert, Silvina Bosco, Emilio Bardi y elenco. Escenografía: René Diviú. Vestuario: Magda Banach. Teatro: Regio, Córdoba 6056. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: muy buena

La Guerra de los Treinta Años es el marco que elige Bertolt Brecht para contextualizar la historia de Madre Coraje, una contienda interminable que le posibilita subrayar al extremo la hambruna y la miseria sin límites. La protagonista se inscribe en esa coyuntura aunque, sin duda, tiene sus propias y contradictorias características. Madre Coraje vive y usufructúa de la guerra, pero la guerra también le cobra, y bien caro, los favores recibidos.

Los clásicos, sin embargo, son elásticos, flexibles y sobre la escritura dramática pueden inscribirse múltiples puestas en escena. Pero estas son firmadas por el director. Este prolegómeno tiene sentido porque Madre Coraje, dirigida por José María Muscari, está lejos de plantearse como una puesta arqueológica. Desde el vestuario de Magda Banach, que se inicia con marcas de lujo y ostentación para devenir en harapos con el correr de los años transcurridos, y que, además, no está trabajado desde una perspectiva referencial, sino lúdica, sobre todo en los personajes que no son protagónicos; el espacio escénico que a través de la economía de signos multiplica de manera constante los significados y que se transforma con el diseño lumínico combinando la belleza y la provocación de distintos estados expresivos, sin olvidar el carromato que no tiene la forma que podría esperarse: todo se orienta a una estilización como rasgo predominante para articular el sistema.

El lenguaje verbal, en cambio, tiene otra prioridad: devenir comprensible. En la versión de Muscari, con la traducción de Miguel Sáenz Sagaseta, la lengua fluye de manera armoniosa. Entre los intercambios vinculados con lo cotidiano se entraman las reflexiones sobre la guerra, los hijos, las mujeres, el poder, las acciones y sus consecuencias. La filosofía brechtiana no pierde su lugar en esta puesta de Muscari y siguiendo el camino del dramaturgo, aquí tampoco se juzgan las acciones que los personajes llevan a cabo.

Si el distanciamiento brechtiano se vehiculiza a través de elementos como carteles y canciones, en esta puesta los personajes devienen precariamente en narradores para ubicar en lugar y en tiempo y un cuerpo de bailarines sin "función" en el marco del relato colabora para romper con la identificación; la coreografía quiebra la linealidad y se pone al servicio de provocar una pausa en lo narrativo. Con un modo diverso, la premisa brechtiana se mantiene.

Todo el tiempo aparece el rastro de algo (un resto, un fragmento) que remite a una totalidad imposible de construir, porque esa guerra es una, pero a la vez es todas las guerras, aunque aparezca algún dato verbal que parece anclar la información, luego lo suelta y lo borra después. Entonces, la oscilación entre lo particular y lo universal se produce de manera constante.

El director elude las posturas demasiado formales, cuidando, sin embargo, que los momentos dramáticos sean sostenidos de manera efectiva desde lo actoral. Claudia Lapacó lleva a cabo una magnífica Madre Coraje cuyas contradicciones se resuelven en transiciones armónicas; Osvaldo Santoro pone su trayectoria al servicio de su religioso acomodaticio; Héctor Díaz hace gala de su talento, y es imposible no mencionar a Iride Mocket, cuya muda está destinada a quedar en los anales de las crónicas de actuación, entre la mujer y el animalito desesperado, le toca construir el lugar que provoca la lástima y la ternura.

Esta Madre Coraje se plantea el vínculo entre los negocios y la guerra en las entrañas mismas de un teatro público, sin búsquedas herméticas ni procedimientos expulsivos para los espectadores. Una propuesta popular en el sentido más cabal y valioso de la palabra. José María Muscari ofrece una versión entretenida, rehúye de la solemnidad y, sin embargo, mantiene lo más bello, contradictorio y conmovedor de esta pieza que se interroga sobre la guerra de una manera profundamente humana.

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