Son argentinos y viajan por el mundo canjeando hospedaje por trabajo

Laura Gambale
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29 de octubre de 2018  • 21:39

Cuando Agustina Urbini y Facundo Panizza renunciaron a sus trabajos estables, vendieron todo y se llevaron lo puesto en una mochila (literalmente) muchos creyeron que estaban locos. Pero no, estaban bien conscientes de su deseo de viajar por el mundo parando en casas de locales, intercambiando trabajo por hospedaje y comida. Otros, en cambio, los alentaron a seguir adelante con su proyecto y confiar en su camino, ya que así serían realmente felices. ¿Hay algo más importante que ser feliz? Además, convengamos que no hay nada más perturbador que quedarse con las ganas y tener que soportar a ese pajarito diciéndonos al oído "y si hubiera hecho tal cosa".

Así fue como en abril de este año sacaron pasajes con destino a Londres y se apuntaron en una plataforma digital llamada Workaway donde todos los días se publican distintas ofertas de hospedajes (host) de distintas partes del mundo, solicitando trabajos de lo más variado a los visitantes (voluntarees), que llegan a cambio de casa y comida. Se suele trabajar entre 4 y 6 horas por día, teniendo tiempo libre también para salir a recorrer el sitio donde se encuentran.

Hace 6 meses que les da lo mismo si es lunes, viernes o domingo. Llevan recorridos más de 15 ciudades del mundo con experiencias de intercambio cultural súper positivas. En algunos sitios enseñaron español, también se encargaron de cuidar granjas y huertas (con técnicas de permacultura aprendidas para tal fin), hacer algún arreglo de albañilería, cocinar, cuidar mascotas, criar gallinas, ovejas, plantar árboles, pintar paredes, y más. "Valoramos mucho estas experiencias ya que son completamente distintas a lo que estábamos acostumbrados en Baires. Allá nuestro día transcurría siempre igual, íbamos a trabajar a una oficina de 9 a 18, nos juntábamos con amigos, veíamos a nuestras familias, hacíamos planes de fin de semana, una vida normal, como se dice. Ahora todos los días son distintos, no sabemos dónde vamos a estar la semana que viene, y hasta hay veces que ni sabíamos dónde vamos a dormir esa misma noche. No tenemos rutina y el lunes a viernes para nosotros no existe más. Podemos estar en la playa un miércoles a las 2 de la tarde o estar trabajando todo un domingo. Todo es incierto, y creo que eso es lo que más nos gusta".

Para esta pareja que recién pisa los 30 años, lo que más valora de esta modalidad de viaje no es la posibilidad de ahorrar (aunque ayuda), sino conocer distintas culturas y ser parte de ellas. Viviendo en la casa de otros se experimenta el ritmo de una ciudad o un pueblo de manera real, se comparte trabajo, se come la comida local o surgen planes que siendo turistas jamás sucederían. Como les ocurrió hace unos meses cuando les ofrecieron sobrevolar una avioneta. Fue en Burdeos (Francia), donde cuidaban la casa de Lou, la hermana de una persona que ya los había alojado en otra ciudad, mientras sus dueños estaban de viaje. "Cuando Lou y su novio Manu regresaron de sus vacaciones nos quedamos 3 días con ellos y fue ahí que nos contaron que Manu era piloto, que tenía su propio avión y que podíamos hacer un vuelo juntos. Lo mejor fue cuando nos mostró cómo despegar y aterrizar y nos dio la posibilidad de manejarlo".

Su vida antes de vender todo

Ambos trabajaban en publicidad digital, Facu en ventas y Agus en finanzas, en una oficina del barrio porteño. En el último tiempo habían conseguido trabajar desde su casa de manera freelance. Y fue entonces cuando se "les prendió la lamparita" y avanzaron con el deseo de recorrer el mundo, sin tener que renunciar por completo a sus trabajos. Y el empujón final sucedió gracias a que el plazo de alquiler se les vencía en poco tiempo. "En agosto del año pasado se nos venció el contrato de un monoambiente que alquilábamos en Villa Urquiza, y ahí fue cuando decidimos que, en vez de renovar o buscar uno nuevo, queríamos que el mundo fuera nuestra casa".

Crónica de sus días de intercambio

En su primer destino, Dartmouth (al sur de Inglaterra), los recibieron Jane y Mark, un matrimonio muy afectuoso y amable, en una casa súper cómoda y amplia. Generaron tan buen vínculo con toda la familia que al poco tiempo la hija los invitó a pasar un fin de semana en su casa de Londres. Durante dos meses recorrieron el Reino Unido, principalmente Inglaterra, Irlanda y Escocia. En Escocia estuvieron en la Isla Mull hospedados en una caravana que tenía 3 ambientes y donde se sintieron "malcriados" por Fiona, su dueña, quien los llevaba a recorrer la isla y les preparaba comida casera entre arreglos y trabajitos menores en su casa.

El siguiente destino fue Holanda, uno de sus favoritos. Pararon en un pueblo llamado Diefdik (a unos 100 km de Amsterdam) en la granja de María Antoniette, donde trabajaron durante dos semanas, aprendieron técnicas de permacultura del siglo XVI y consumieron los alimentos de la huerta en la que ellos mismos sembraban.

A los Balcanes llegaron de casualidad porque, según cuentan, no estaba en los planes. En Zagreb (Croacia) trabajaron por primera vez en un hostel durante tres semanas, tiempo de sobra para hacerse amigos del dueño, Cracker. Gracias a ese feliz vínculo consiguieron trabajo durante otras 3 semanas en la ciudad amurallada Kotor, conocida como "la joya de los Balcanes'', en Montenegro. Ahora se encuentran en Marruecos (África) donde tienen previsto reunirse con otros argentinos amigos, aunque todavía no definieron cuál será su próximo destino.

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