Alta Fidelidad. La Bauhaus, Bob Dylan y la modernidad del siglo XX como nueva tradición

"Ballet triádico", de Oskar Schlemmer
"Ballet triádico", de Oskar Schlemmer
Fernando García
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28 de octubre de 2018  • 00:10

Todo sucede al mismo en tiempo, una escena captada en un ángulo de 360 grados. Por la avenida Rivadavia, a la altura de la Plaza de Flores, circula una nutrida procesión siguiendo un altar dedicado a la Señora de los Milagros del Perú. Una pequeña orquesta de vientos toca una letanía estridente y a la vez lúgubre, cuasi funeraria. En el centro, las mujeres cubiertas por mantillas agitan recipientes de bronce de los que brota un penetrante incienso. Apenas ha pasado el mediodía. El sonido de la procesión llega en simultáneo con los gritos desde el centro de la plaza. Tres chicos vestidos como deportistas que no hacen deporte atacan a otro que se defiende como puede (y puede poco). Le pegan patadas y trompadas ante la mirada impasiva de los que ocupan los bancos y dan de comer a las palomas. Parece menos un robo que una advertencia. La escaramuza termina cuando, de la nada, un grupo de chicas muy bravas los separa y rescatan al más débil. Hubiera sido imposible musicalizar mejor esta postal de un Flores picante, donde los naufragios del sábado por la noche terminan por resolverse a la vista de todos. Ese sonido doliente está diciendo algo sobre la vida en Buenos Aires en octubre de 2018. Es el omnipresente FMI: Fenómeno de Musicalización Involuntaria. Montajes insospechados de la película porteña.

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La chica está vestida como una mujer en una fiesta de los años 20. Un rato atrás la había visto llevar adelante una caminata guíada por un bosque donde cada tanto nos sorprendían performances relacionadas con la Bauhaus. Ahora en la Villa Haar, un caserón aristocrático, lleva esa ropa como parte de su contrato laboral. La chica tiene casi treinta años y un novio chileno y sueña con venirse a vivir al sur del mundo. Porque dice que lo siente en el aire, que en dos o tres años Alemania estará tomada por el neofascismo y que no quiere quedarse a ver eso. Escucho esta confesión en un agasajo que la ciudad de Weimar ofrece anticipando los cien años de la escuela de diseño que prácticamente inventó el presente que habitamos. Parece un acto okupa digitado por la oficina de turismo de la región de Turingia. La casa es neoclásica, ampulosa, un templo de la anti vanguardia. Pero para esta fiesta temática la han llenado de cubos con la cara de Walter Gropius, proyecciones de fotos y material fílmico del ballet triádico de , lámparas y mobiliario bauhasiano. Es una chica bella e inteligente de carne y hueso pero con esa ropa parece un fantasma que trae un mensaje del pasado. En 1924 Gropius y su troupe tuvieron que irse de Weimar porque una coalición de derecha había tomado el poder y el gobierno de Turingia retiró la financiación de la escuela Bauhaus. En esa coalición el NSDAP (luego el régimen Nazi) impuso la cartera de cultura. La Bauhaus entró en la categoría de lo que se conocería como "Arte degenerado". ¿Brindamos por los cien años de la Bauhaus o como una despedida por el retorno de lo peor que Alemania legó a Occidente?

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Antes, cuando era más joven, preparaba con anticipación el soundtrack de cada viaje. Hasta que un casette de Bob Dylan editado a principios de los 90 llamado Good as I been to you monopolizó la banda de sonido oficial de mis destinos, ya fueran Necochea o Inglaterra. Cambiaban los lugares pero la música era la misma: un Dylan maduro, de timbre ya gastado, acompañado apenas de guitarra y armónica inerpretando blues y baladas de la América profunda. Así, la cinta magnetofónica se impregnaba de nuevas percepciones y se escuchaba siempre igual y distinta. Ya no. Ahora prefiero entregarme al FMI (Fenómeno de Musicalización Involuntaria) y que el azar musicalice el viaje. Sin embargo, debo decir que desde la salida de Ezeiza hasta la llegada a Weimar la única música que me ha salido al cruce es ese reggaetón melódico que se impone como lingua franca sonora urbana. En todo el trayecto de Frankfurt a Weimar ninguna música casual ha competido con un silencio perfecto. En la ciudad donde vivieron Liszt y Bach y donde Wagner estrenó una de sus óperas nada se escucha: ni en el hotel, ni en los negocios en los que entro a comprar cosas. Ando bajo una llovizna de nouvelle vague por las calles empedradas con "Daytime Disco", una lista de spotify que se renueva semanalmente y que no impone huellas emocionales al paisaje. Es puro presente. Ahora visitamos la Universidad Bauhaus, donde jóvenes de todo el mundo estudian amparados por una historia de modernidad radical. Aún se conserva el edificio que Henry Van de Velde diseñó como escuela de artes y que Gropius relanzó como Bauhaus en abril de 1919. Como tengo cierta resistencia a las visitas guiadas, me separo del grupo y me pierdo por los pasillos. Hay un sonido casi inaudible que me reclama. Llega como un susurro metálico liviano, al fondo de la escena. En las aulas originales de la Bauhaus cuatro o cinco artistas plásticos comparten un atelier. Invitan con café. Es 2018, es Weimar y los estudiantes de arte están haciendo lo mismo que podrían haber estado haciendo los estudiantes de arte en 1966. Escuchan (en cedé) el primer álbum de Bob Dylan, joven, de timbre nasal, acompañado apenas de guitarra y armónica. Es el mismo escenario (el folk convertido en modernismo pop) que Dylan intentó reponer en Good as I been to you, mi viejo casette viajero. No estoy seguro de que sea un Fenómeno de Musicalización Involuntaria. Acaso no pueda escapar de mí mismo, ni de mi discoteca, al fin.

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