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Imágenes del gaucho, en la pluma de Miguel Cané (padre)

El gaucho no conocía la idea de orden, de respeto o de propiedad
El gaucho no conocía la idea de orden, de respeto o de propiedad Crédito: Mariana Eliano/ Lugares
Pablo Emilio Palermo
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27 de octubre de 2018  

El tomo V de La Revista de Buenos Aires (1864), publicación dirigida por Miguel Navarro Viola y Vicente G. Quesada, registra el artículo "El gaucho argentino", fechado en París en febrero de 1856 y debido a la pluma de don Miguel Cané (padre), el "romántico porteño", biografiado por Manuel Mujica Lainez. El juicio sobre este "rey de las praderas" y "trovador de las cabañas pajizas" es negativo. Perezoso, inhábil para la industria, desorganizador, "su influencia en la organización social de la República ha debido ser perjudicial, funesta en extremo", dado que en sus deseos individuales "la invitación a una sublevación, a un motín, es como la invitación a un baile o a un banquete", siempre que apareciese un general o "cabeza directora" que le mereciese cariño y fidelidad.

El gaucho no conocía la idea de orden, de respeto o de propiedad. Las boleadoras lo habían hecho señor del potro salvaje y los gobiernos constituidos eran su enemigo. "En sus gustos de caballero trovador, en su dignidad de hombre guapo, no hay alcalde, comisario ni esbirro que le merezcan siquiera las consideraciones que se merecen entre sí las criaturas de una misma especie". Su individualidad era centro y fin de todo lo que lo rodeaba; de allí que bien podía seducir mujeres ajenas, herir, matar o robar sin que su conciencia le reprochase violación alguna a ley evangélica o civil. No pertenecía a la civilización, por su desacuerdo con las reglas de la sociabilidad.

No obstante tales sentencias, Miguel Cané reconocía que el gaucho era leal, generoso y caballero. "Una vez que ha estrechado como amigo la mano de otro hombre, no hay sacrificio ni abnegación de que no sea capaz, y en los peligros, en la miseria, en los combates, se puede contar con él. Su querida, su amigo y su caballo, forman la trinidad de su culto profundo", escribió.

Cierto era que ya para entonces, segunda mitad del siglo XIX, el gaucho era solo "el pálido destello de una individualidad degenerada y carcomida". La industria extranjera, los hábitos de orden y respeto, los vínculos familiares, el cumplimiento de las normas legales proyectaban "una influencia en el espíritu nómada y caballeresco del gaucho", tipo obligado a desaparecer "bajo la máscara lustrosa del hombre modificado por los usos de la vida civil". La pérdida sería evidente: el romance y la poesía no contarían con el "bello campo" de la composición literaria, pero "la patria, la civilización y el progreso positivo habrán ganado inmensamente".

Las desiertas campañas no verían en el futuro a ese "piloto y caballero consumado" atravesar solitario la distancia "en las tinieblas de la noche, en medio del huracán y de la lluvia". En el recuerdo debían quedar el caballo, amigo y compañero; y el diestro puñal, ese "pasaporte" que a todos imponía respeto.

Mujica Lainez lamentaba que la figura de Cané hubiese "palidecido con el andar de los años hasta diluirse en el más completo olvido", a diferencia de su famoso hijo, de igual nombre. Vayan estas líneas como homenaje a su figura y a la del gaucho, aquel "centauro de las pampas".

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