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Barros Schelotto y Gallardo: cómo una serie puede cambiar algunas impresiones de los técnicos

Guillermo Barros Schelotto y Marcelo Gallardo
Guillermo Barros Schelotto y Marcelo Gallardo Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco
Ariel Ruya
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26 de octubre de 2018  • 23:59

De pronto, cambió todo. Guillermo Barros Schelotto, cuestionado hasta por sus propios hinchas por las flaquezas tácticas en los choques contra River y en los encuentros decisivos, se convierte en un gran estratega cuando lo requiere la historia grande. Marcelo Gallardo, admirado hasta por sus adversarios por la capacidad táctica en las batallas contra Boca y en los partidos cara a cara, se convierte en un entrenador poco influyente, que cae en la trampa cuando nadie lo espera. Las semifinales de la Copa Libertadores abren el juego del asombro: Boca superó por 2 a 0 a Palmeiras por los cambios del Mellizo, y River perdió por 1 a 0 con Gremio por los descuidos del Muñeco. Barros Schelotto ya tiene en la cabeza la táctica para el desquite -el miércoles, a las 21.45, en San Pablo-, mientras que Gallardo ya tiene en la mente la estrategia para la revancha -el martes, a las 21.45, en Porto Alegre-, en un juego de opuestos que tiene historia y porvenir.

"El equipo estuvo ordenado, fue inteligente y jugó con disciplina. Y se notó, porque vencimos a un equipo que había ganado todos los partidos de visitante en esta Copa, pero que no logró generarnos situaciones", reflexiona Barros Schelotto, que se olvidó del vértigo audaz y se concentró en un juego prolijo y consistente, con ataques esporádicos. Algo parecido a lo que hará en Brasil, con el resultado a favor. ¿Traicionó sus convicciones? ¿Comprendió el contexto? "En estas instancias, al igual que el encuentro entre River y Gremio, se presentan partidos similares a los del Mundial: se definen en detalles. Por la calidad de rivales y jugadores, hay que estar atento los 90 minutos a la posibilidad de que el contrario te ataque", acepta.

Dispuso Boca del 57 por ciento de la posesión, pero no quiso atacar en buena parte del espectáculo, toda una contradicción en el ciclo de Guillermo. Sin embargo, por su ojo clínico -tantas veces cuestionado-, encontró la doble llave del gol. Ingresó Sebastián Villa a los 10 minutos de la segunda etapa; le cometieron la infracción del tiro libre de Olaza, que Weverton envió al córner; y el envío del colombiano fue conectado en el aire por Darío Benedetto, que había ingresado seis minutos antes. El número 9, el preferido del Mellizo, resolvió el 2-0 apenas un rato después, con una joya de salón.

"Tenemos un deseo: ir a ganar a Brasil. Nada de especular: no sabemos hacerlo. El rival es muy duro y de mucho oficio, que cambió su manera de jugar y se hace fuerte en el juego aéreo", entiende Gallardo, que sabía que Gremio, un equipo creado a imagen y semejanza de Renato, su conductor, no iba a convertirse en un ingenuo equipo brasileño de otro siglo. Prefirió a Quintero y Scocco, dos estilistas, cuando el desarrollo presumía otro asunto. Una similar postura tendrá Gremio en su casa. Además, el equipo millonario sufrió cinco goles de pelota parada de los últimos 8 tantos recibidos. "Las precauciones siempre las tenemos. Sabemos de las fortalezas de Gremio en la pelota parada, de su altura. Es un equipo bravo, lo sabemos. No creo que haya faltado un plan B", se defiende el Muñeco, que cree que ahora el golpe por golpe será una opción eficaz.

Guillermo ya había dado pistas de su capacidad en dos encuentros decisivos. El 1° de abril pasado, Boca empataba 1-1 con Talleres, hasta que entró Wanchope Abila. Tras un centro del potente delantero, Pablo Pérez inclinó la balanza, insultó a los hinchas y encaminó el bicampeonato. El 4 de octubre último, Boca perdía 1-0 con Cruzeiro, que a punto estaba de empatar; los ingresos de Gago y Ábila transformaron la escena: el volante se encontró con el atacante, y de esa cita se presentó el 1-1, marcado por Pavón, que definió la clasificación para las semifinales de la Libertadores.

Gallardo ya había mostrado cierta debilidad en dos encuentros decisivos. El 28 de abril de 2016, River perdió por 2 a 0 frente a Independiente del Valle, en Ecuador, en la antesala de la eliminación en los octavos de final de la Libertadores. Se inclinó con un fallido doble cinco entre Domingo y Ponzio, D'Alessandro fracasó en la conducción, Alonso (Alario entró más tarde) quedó atrapado en el área y el equipo perdió energía demasiado rápido. El 11 de diciembre de ese mismo año, en Núñez, River le ganaba por 2 a 1 a Boca. El ingreso de Iván Rossi por D'Alessandro, sumado a los errores de Agustín Batalla, transformaron la historia; en 30 minutos, el conjunto xeneize marcó tres goles, en un impensado 4-2.

Si logra la Libertadores, Barros Schelotto irá al Mundial de Clubes, antes de una hipotética despedida triunfal. Si cae en las semifinales, el crédito de Gallardo bajará algunos decibeles, aunque su idolatría no está en discusión. Pero el fútbol es así: una serie de copa puede cambiarlo casi todo...

Por: Ariel Ruya

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