The Romanoffs: la caída de la clase privilegiada se pierde en vanidades

Fuente: LA NACION
Hernán Ferreirós
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27 de octubre de 2018  

(Estados Unidos/2018) / Creada por: Matthew Weiner / Elenco: Aaron Ekchart, Isabelle Huppert, Chistina Hendricks, Amanda Peet, Diane Lane y otros / Disponible en: Amazon Prime Video / Nuestra opinión: regular

La nueva serie de Matthew Weiner, el creador de Mad Men, parte de una premisa curiosa: se trata de una antología de ocho episodios (una historia autoconclusiva con un elenco diferente en cada uno), centrados en personajes que se creen descendientes de la última dinastía imperial rusa.

El concepto de la serie se revela todavía más aleatorio cuando queda claro que este vínculo es apenas un dato anecdótico en la biografía de algunos personajes. Claro que se pueden imaginar razones por las que Weiner decidió aludir a él: así como Mad Men usaba nuestro pasado para hablar del presente, mostrando, por ejemplo, la brutal dinámica de poder entre hombres y mujeres de hace pocas décadas para, de este modo, evidenciar cuánto de ello persiste en la actualidad, se puede pensar que The Romanoffs usa este supuesto linaje perdido para reflejar el cambio de era: vemos cómo el imperio del varón blanco heterosexual se resquebraja y cómo sus representantes sienten que sus derechos naturales -lo que los demás llaman privilegios- les son arrebatados. Sin embargo, ninguno de los tres episodios ya emitidos habla de estas transformaciones, de modo que es solo una radiación que permanece en el fondo de cada uno.

Trailer de "The Romanoffs" - Fuente: Amazon Prime

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Al mismo tiempo, se percibe en Weiner una nostalgia que no puede ser llamada menos que aristocrática: el nivel de producción es decididamente zarista. El primero episodio sucede en París y está hablado casi enteramente en francés. Sin embargo, a pesar de todo el pretendido refinamiento, la trama es una telenovela en la que los ricos son aristócratas franceses y los pobres, musulmanes.

El segundo levanta un poco la puntería con la historia tragicómica de un loser, y el tercero gana nivel "meta" con una trama que incorpora la realización de una serie sobre los Romanoff (e incluye la primera interpretación sobresaliente, a cargo de Isabelle Huppert). Pero todo esto tiene gusto a poco porque nada sorprende y las vueltas de tuerca son irrisorias. Es cierto que el punto de comparación es muy alto. El primer episodio de Mad Men se las arreglaba para presentar a uno de los mejores personajes de la TV, explicar el funcionamiento de la publicidad, contar la historia apócrifa de uno de los eslóganes más conocidos del mundo e incluir una revelación inesperada en el último minuto. Pero aun sin comparar, aquí faltan ideas: hay riesgo, hay dinero, hay escenarios naturales de todo el mundo y hay figuras internacionales, pero no hay historias que justifiquen todo esto.

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