Independiente no puede bajarse del subibaja: dura caída contra Atlético Tucumán

Las caras de los jugadores de Independiente lo dicen todo
Las caras de los jugadores de Independiente lo dicen todo Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Font
Rodolfo Chisleanchi
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28 de octubre de 2018  • 19:59

Nada más difícil en el fútbol que mantener la estabilidad. De una punta a otra de la tabla, ni los grandes ni los chicos, desde Racing a Lanús o Patronato, nadie escapa a esa realidad. Tampoco Independiente. El equipo que dirige Ariel Holan lleva un tiempo largo trepado al sube y baja, y no hay mejor ejemplo para comprobarlo que echarle un vistazo a la última semana.

El Rojo había jugado hace apenas siete días ante Huracán el mejor partido del año, una exhibición de fútbol ofensivo, eficacia y hasta lujos. Es decir, prácticamente nada de lo que se vio en el José Fierro de la capital tucumana.

"El desafío es ofrecer un juego de alto nivel en todos los frentes", dijo el técnico en la previa del choque en el Jardín de la República, y salvo el ingreso de Nicolás Figal por el lesionado Gastón Silva, repitió el once que había goleado al Globo. Sin embargo, nada fue igual, y solo se replicaron los aspectos negativos de un semestre lleno de altibajos.

Maximiliano Meza metió dos gambetas consecutivas, una con caño incluido, a los diez segundos de partido, pero fue un espejismo. Como en otras tardes y noches de junio a esta parte, al Rey de Copas se le fueron soltando las costuras por todas partes y en la acumulación de defectos, con y sin la pelota, fue dejando escapar la posibilidad de continuar su remontada en la tabla.

Tantas veces criticado por abusar de los cambios tácticos, esta vez Holan quiso insistir con el 4-3-3 que tan buen resultado había dado en la fecha anterior. No contaba, seguramente, ni con la inteligente oposición que iba a plantear el Ruso Zielinski en mitad de cancha ni con las imprecisiones propias.

En nada se pareció el Pocho Cerutti al enganche interesante que asomó en el Libertadores de América, no estuvieron precisos en los pases los laterales, anduvo perdido Nico Domingo, y solo los atinados pases en cortada de Fernando Gaibor sostuvieron de pie al Rojo hasta que el penal de Figal al Pulga Rodríguez inclinó definitivamente la balanza para el lado local.

El otro aspecto imposible de prever, o quizás no tanto, es la inusitada frecuencia con la que Independiente acaba sus partidos con un hombre menos. Ya le había ocurrido en el amanecer de 2018, en los dos encuentros frente al Gremio por la Recopa. El fenómeno se hizo casi una costumbre en la actual Superliga.

Contra Estudiantes en cancha de Quilmes, el elenco de Avellaneda había hecho lo más complicado: remontar un 0-2 inicial de la mano de un inspirado Silvio Romero, pero de manera injusta Figal vio la roja y la opción de triunfo se evaporó en ese instante. Con Patronato, en Paraná, el protagonismo se lo llevaron las lesiones. Fueron cuatro consecutivas, más allá del cupo de cambios permitido, aunque el equipo logró sostener el 2-1 a favor.

Nada, sin embargo, comparado con el llamativo récord de Pablo Hernández. El tucumano vivió en su tierra un deja vu de un acontecimiento demasiado cercano en el tiempo como para que se le hubiera olvidado. En cancha de Banfield, hace apenas cuatro fechas, lo habían expulsado a los diez minutos de juego por dos entradas imprudentes y a destiempo. Lo mandaron a la ducha antes de que empezara a sudar y el Rojo alcanzó como pudo un empate con sabor a victoria.

Anoche cometió nuevamente el mismo pecado. Un agarrón de la camiseta para frenar una contra y una barrida peligrosa en una jugada que no implicaba un peligro inminente lo sacaron de la cancha en una ráfaga, justo después del 2-2, y con su poca cabeza abortó lo que aparentaba ser una reacción -también en el juego- tras el mal primer tiempo del equipo.

Entre una y otra cuestión, Independiente fue trastabillando, siempre a contramano del partido, hasta no poder evitar el resbalón final. "Queremos pelear por la Superliga y llegar lo más arriba al receso de fin de año", es la frase repetida de cualquier protagonista del Rojo a quien se le pregunte por los objetivos a corto plazo, una vez que el equipo se quedó afuera de la Libertadores y la Copa Argentina.

Para lograrlo necesitará aprobar con urgencia la materia más complicada para todos los equipos del fútbol argentino: la maldita e imposible estabilidad.

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