Una noche de ensueño con Luis Miguel

Víctor Hugo Ghitta
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28 de octubre de 2018  

No sabía que esa noche iba a conocer a Luis Miguel . Estaba tendido en la cama, con un libro en la mano. De pronto, en la niebla de la duermevela, nos vi a ambos sentados en medio del pequeño salón sin señas de un hotel de Buenos Aires. La habitación estaba en penumbras. Una luz cenital iluminaba el centro del cuarto, lo demás estaba entre sombras. Era un hombre que había sido hermoso, ahora en la alta edad media de la vida. De esa hermosura quedaba la sonrisa inalterable, lo demás se lo había llevado el tiempo. Llevaba una remera sencilla color amarillo debajo de un saco blanco. Tenía las manos entrelazadas, las piernas cruzadas, y con uno de los pies marcaba el tiempo de una canción que acaso escuchaba dentro de sí. Me pregunté si cuando concluyera habría de escuchar el aplauso de la multitud, si era eso lo que extrañaba.

Me incliné levemente hacia adelante para inaugurar la conversación. Teníamos diez minutos.

-Gracias por recibirme -dije. Sonrió apenas por cortesía. En uno de los rincones del pequeño salón de paredes doradas, seguía de pie una asistente-. Hace algo más de diez años, usted volvió a ser muy popular debido a una serie que retrató su vida. Quisiera preguntarle si aquel regreso fue una cárcel o un paraíso.

Volvió a sonreír. Extendió los brazos con las dos palmas hacia arriba, como si quisiese anticiparme que la respuesta no habría de ser concluyente.

-Pues mira -respondió-: ahora que me lo preguntas, puedo decirte que se pareció más a una cárcel. Volví a sentir el peso de la mirada de los otros, y esa caricia puede transformarse en una garra. En el fondo, siempre estamos solos.

Parecía ser sincero. Tenía 60 años y quizás empezaba a acercarse a alguna forma de la verdad. Se sumió en sus pensamientos, pero el tiempo apremiaba. Lo interrumpí con una tontería:

-¿Se ha enamorado usted de verdad?

-Pues sí, en cierto modo -respondió-. Me he pasado toda una vida cantándole, tuteándome con él. -Dejó que corrieran unos segundos. -Pero ahora, mientras platicamos, debo confesarte que no lo sé. He vivido demasiados años en un mundo de fantasías, tú sabes, pero cuando esos amores se han acabado, he sentido un enorme vacío. He sufrido mucho a la vez que he disfrutado. La vida es un juego de máscaras. ¿No crees? -No dije nada. Hablé tras una pausa:

-¿Qué es lo que usted más extraña de su madre? -dije. La asistente amagó con dar un paso hacia adelante para recordarme que no debía abordar el tema. Él extendió con firmeza un brazo y ella se detuvo. Entonces habló para sí mismo: que yo estuviese delante no tenía la menor importancia:

-Extraño su voz -dijo-. Su risa y su olor, también. Pero sobre todo extraño su voz. Suelo escucharla dentro de mí, me acuna ciertas noches como cuando era niño. Más de una vez he llorado al darme cuenta de que nunca volveré a escucharla. A veces temo que llegue el día en que ni siquiera la recuerde. -Hizo una pausa. El rostro de su madre apareció entre los dos. Yo creí ver el delicado óvalo de la cara de una mujer hermosa. Él quizá vio la historia que los había unido, la distancia, el fantasma del olvido. -No -respondió de pronto la pregunta que no me había atrevido a formularle-, jamás he podido imaginarme que ha muerto. He querido verla en cada una de las mujeres de las que me he enamorado. En todas ellas descubro un detalle de mi madre, pero al cabo de cierto tiempo ese hechizo se esfuma, vuelvo a quedarme a solas y empiezo a buscar a mi madre en la mujer siguiente.

-Es lo que ocurre con el deseo -dije con alguna vanidad-. Es fatalmente engañoso: en cuanto confiamos en que estamos por alcanzarlo, se esfuma.

Asintió con una sonrisa breve y una leve inclinación de la cabeza. Me había acostumbrado a la penumbra, ahora lo veía con claridad. Los ojos eran más pequeños, habían perdido algo de su estado de alerta, como si ya no temiese que nada pudiese herirlo. El tiempo empezaba a agotarse. La asistente levantó una mano con el dedo índice en alto para anunciar que restaba un minuto. Entonces fue él quien preguntó-: No me has preguntado por mi padre -dijo-. ¿Puedo saber por qué?

Sentí que otra vez hablaba consigo. Junto al odio vibraba en la voz un sentimiento extraño. Nos levantamos para despedirnos.

-He odiado a mi padre, sabes -me estrechó la mano-. Aún lo odio con toda mi alma. Me quitó a la única mujer de la que estuve enamorado. Pero lo extraño. Esa es mi fatalidad: lo extraño.

PLAYLIST - Mientras escribí este texto escuché: Romance, Luis Miguel; 12 éxitos románticos, Olga Guillot; Primavera en Nueva York, Martirio

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