El cristinismo, al borde de la insurrección

Joaquín Morales Solá
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28 de octubre de 2018  

Fue un escenario del bárbaro Far West. Varios grupos de manifestantes violentos detuvieron los colectivos que transitaban por el metrobús de la avenida 9 de Julio. Les tiraron piedras, destrozaron los vidrios de las ventanas y obligaron a los pasajeros a tirarse al piso, amontonados. Fue el miércoles de furia. Un día antes, representantes de los movimientos y partidos que participaron de la manifestación se comprometieron ante el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta a una protesta pacífica. Rodríguez Larreta les creyó, ingenuo. O los líderes de la rebelión le mienten o ellos no controlan a sus seguidores. Nadie va a una manifestación pacífica con bombas molotov, miguelitos, armas tumberas y morteros caseros.

Algunos colectivos de depredadores llevaban una inscripción del Ministerio de Desarrollo Social. Eran inscripciones de la época de Cristina Kirchner , que las usan ahora para eludir los controles policiales.

La violencia del kirchnerismo no solo estuvo en el recinto de Diputados, que inauguró con la nueva camada de legisladores cristinista un tiempo de motines dentro de la Cámara. Legisladores que se mueven no solo con las palabras, legítimas por muy duras que sean, sino también con la acción prepotente. Afuera, espoleaban los desmanes grupos muy violentos de ATE y de Ctera, sindicatos ligados a la expresidenta. También se movió con particular brutalidad el grupo Los Octubres, de filiación igualmente cristinista. La deriva violenta del cristinismo coloca a esa franja política en una posición predemocrática, al borde mismo de la insurrección contra las instituciones de la Constitución. Fue patético ver en la televisión los discursos de los diputados cristinistas (y los de la izquierda trotskista) cuando pedían levantar la sesión porque afuera se estaba "reprimiendo al pueblo", mientras las imágenes del exterior mostraban a encapuchados que agredían ferozmente a las fuerzas de seguridad. Iban a perder. Lo sabían. Querían postergar la sesión solo para asestarle a Macri una derrota política. El directorio del Fondo Monetario se reuniría dos días después para aprobar el acuerdo con el gobierno argentino. ¿Lo habría aprobado si la violencia hubiera postergado la media sanción del presupuesto ? Es probable que también el Fondo postergara su aprobación del acuerdo. Ese era el fracaso de Macri que el cristinismo imaginó en la desesperación de su derrota.

El gobierno de la ciudad tuvo a su cargo el control de la calle fuera del Congreso. Detrás de las vallas que protegían el edificio estaban tropas de la Policía Federal y de la Prefectura. A pocas cuadras, en Once, esperaba un batallón de la Gendarmería con tropas y elementos tecnológicos para dispersar manifestaciones. El interior del Congreso nunca estuvo en riesgo, a pesar de que la intención de los revoltosos era ingresar al recinto. En el recinto prevaleció la prudencia y la paciencia del presidente del cuerpo, Emilio Monzó, que no se dejó amedrentar por algunos diputados cristinistas convertidos en barrabravas. El kirchnerismo es una minoría en el Congreso, pero tal vez sea necesario imaginar un dispositivo para proteger al presidente del cuerpo. Eso nunca se proyectó porque al recinto solo pueden ingresar los diputados cuando la Cámara está sesionando. Pero ahora hay diputados de Cristina y de la izquierda para quienes la convivencia democrática es solo un vicio burgués. Las transgresiones de la izquierda se explican más porque siempre estuvo representada por grupos marginales del poder. El kirchnerismo se pavoneó doce años en el gobierno federal. Tiene otra dimensión política. Hay algunos que ni siquiera sorprenden. Moreau es Moreau desde los tiempos de Alfonsín. Llegó a poner en boca del expresidente radical, en el momento de su agonía, palabras que beneficiaban a Moreau. Ni la muerte inminente de su líder frenó su ambición. Más extraño resulta el papel que cumplió el miércoles Felipe Solá, el primer dirigente de uno de los partidos históricos en aliarse con Macri, en 2009. Solá se plegó al pedido de postergar la sesión. Él era otra cosa, a pesar del zigzag permanente de su vida política.

El riesgo en las horas de mayor tensión consistía en saber qué haría el peronismo racional. ¿Se asustaría ante el vendaval de violencia y se sumaría a la postergación de la sesión? ¿O llegaría a la conclusión de que ese era el momento de distanciarse de Cristina Kirchner? Eligió esta última alternativa. El presupuesto resultó aprobado con nueve votos más que los que necesitaba: 138 votos a favor en un cuerpo en el que la coalición gobernante tiene solo 106 diputados. Aportaron casi todos los gobernadores no kirchneristas. Hasta el tucumano Juan Manzur apoyó ordenando la abstención de sus diputados, que es una manera de ayudar sin que se note. Es cierto: los gobernadores peronistas negociaron con la administración de Macri. Hay que reconocer, entonces, que macristas y peronistas acuerdan más de lo que parece. Y no aparece lo que pasa porque están ausentes la escenografía y la liturgia de los grandes acuerdos.

El único problema común a todo el peronismo es lo que llaman el "control de la calle". Si hay un paro de la CGT , los movimientos sociales salen un día antes para protestar mejor que la central obrera. Si hay una protesta del cristinismo, la CGT hace una manifestación previa (o conjunta). Es un método viejo que ya no dice ni produce nada. Las manifestaciones en el mundo, que existen, se hacen para protestar por derechos colectivos que cruzan las adscripciones partidarias. Es el caso de las manifestaciones del movimiento #MeToo para denunciar las agresiones sexuales a las mujeres.

¿Qué hacían en esas marchas del miércoles las organizaciones sociales? El gasto social completo significa el 73 por ciento del presupuesto. Hay pagos, como jubilaciones o la Asignación Universal por Hijo, que aumentan junto con la inflación, según la ley. Ningún plan de ayuda social se eliminó del presupuesto. ¿Acaso protestaban por el aumento de las retenciones a los productores agropecuarios? Gran parte del déficit cero del presupuesto se logró aumentando los ingresos más que eliminando los egresos, aunque en este último rubro, el de los egresos, la más perjudicada fue la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal. Ella y la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, son las que tienen el termómetro más preciso de lo que sucede en el desdichado conurbano bonaerense. Stanley recorre todas las semanas, sin custodia y sin periodistas, tres barrios muy pobres del conurbano. Nunca la escracharon, nunca la insultaron. La gente pobre no está bien -qué duda cabe-, pero la cadena de contención social está funcionando. Stanley prefiere hablar con organizaciones independientes; con los evangélicos y con instituciones de la Iglesia, como Cáritas o las parroquias, que distribuyen comida entre argentinos necesitados. Habla también con las organizaciones sociales, pero confía cada vez menos en ellas. "La extorsión de 'o me das planes o salgo a la calle' ya no les rinde", señalan al lado de la ministra.

¿Es hora, como dice el senador Miguel Pichetto, de que la Plaza del Congreso sea cerrada cuando se tratan proyectos importantes? Es hora, concluyó el oficialismo después de dos monumentales experiencias de devastación. El debate sobre el derecho a la protesta concluye cuando se advierte que la protesta es solo un pretexto para la destrucción y el boicot al Congreso. La orden la dio la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. El Congreso será aislado en adelante. El Congreso es solo uno de los teatros posibles de la insurrección, aunque falta que el Senado, siempre más moderado, apruebe el presupuesto. El Gobierno prevé que podría haber hechos de violencia importantes durante la reunión de los líderes del G-20, que se hará en Buenos Aires los primeros días de diciembre. Y siempre está la preocupación que supone diciembre. Un mes de fiestas en el mundo. Una pesadilla de pronósticos sombríos en la Argentina. Es siempre la acción o el presagio de una minoría. Las minorías son, de todos modos, las que convierten la historia en tragedia.

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