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El ocaso de los "tirapiedras"

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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28 de octubre de 2018  

Ojalá que el miércoles haya sido derrotado el bando de los "tirapiedras" en sus dos vertientes que volvieron a funcionar en perfectos vasos comunicantes: los que agitaban afuera una desvaída recreación en miniatura de la batalla campal de diciembre de 2017 y los que la avalaban intelectualmente dentro de la Cámara de Diputados , con avieso entusiasmo, apoyándose en esos disturbios para pedir el levantamiento de la sesión en la que finalmente se aprobó el presupuesto .

Esa simbiosis fue reconocida, incluso, desde la agencia Paco Urondo: "Sin la fuerza necesaria para plantarse tanto adentro como afuera, hemos sido derrotados tanto en las calles como en el Palacio".

El riesgoso y antidemocrático dispositivo les había funcionado cuando en diciembre de 2017 lograron diferir para otro día el tratamiento de la reforma previsional. Lo intentaron por segunda vez, pero fracasaron. Y ahora les acaba de suceder lo mismo.

Eso no quita que deba examinarse cuanto sea necesario si el operativo de seguridad implementado en las inmediaciones del Palacio Legislativo fue el adecuado, determinarse con exactitud la identidad y procedencia de los encapuchados que saben encender la mecha y escabullirse a tiempo para no ser apresados, y si las redadas policiales indiscriminadas sin un eficaz protocolo, incluso a varias cuadras del epicentro de los incidentes, sirven para algo a la luz de que los detenidos terminan siendo liberados a las pocas horas y recibidos a su salida como héroes por dirigentes y militantes, por no poder determinarse su relación precisa con los disturbios. Tampoco conviene atizar el fuego xenófobo si las acusaciones contra extranjeros que habrían participado de los desórdenes no están debidamente fundadas.

Lo cierto es que el ministro de Seguridad porteño, Martín Ocampo, nos dijo en Terapia de noticias, por LN+, que hubo heridos, pero entre los policías, en tanto que el SAME no había registrado ninguno entre los manifestantes. Habrá que creerle ya que son imágenes de las que no se habrían privado medios como C5N y Página 12.

En fin, podrían tejerse infinitas tesis sobre quiénes desataron el último caos frente al Congreso -la más insólita es que la gente de Horacio Rodríguez Larreta dejó a propósito bolsas de escombros para que los encapuchados se sirvieran a gusto-, pero lo indiscutible es que la prioridad absoluta del Gobierno era aprobar el presupuesto y que la violencia en la calle ponía en serio riesgo ese objetivo. Tal como todos pudimos ver por televisión, los que intentaban aprovechar ese argumento en el recinto eran quienes precisamente se oponían al proyecto. Lo explicitó muy claramente el ministro del Interior, Rogelio Frigerio: "Llama la atención que cada vez que están perdiendo una elección, se intenta utilizar el argumento de los disturbios fuera del recinto para no votar".

El tema no es menor. El osado ensayo frustrado de diciembre, repetido en una escala más modesta en la semana que pasó, buscaba algo más que tirar piedras y romper bancos de la Plaza del Congreso: pretendía trabar el normal funcionamiento de uno de los poderes del Estado. De haberse repetido ese intento con éxito por segunda vez a fin del año pasado, ahora una vez más estaríamos hablando lisa y llanamente de un golpe de Estado técnico, un alzamiento contra el sistema democrático combinado entre los revoltosos de afuera y quienes en el recinto pedían a toda costa levantar la sesión.

En Código político, por TN, presentaron los discursos del diputado Agustín Rossi en ocasión de la reforma previsional y el del último miércoles para comparar cuáles eran las mayores diferencias entre uno y otro. La conclusión fue que el bigote, que entonces el legislador todavía no se había afeitado. Por lo demás, la argumentación para frenar la última sesión estaba calcada de la que había expresado a fin de año.

Nueve de cada diez personas, según el último sondeo de D'Alessio IROL/Berensztein, consideran que los episodios de violencia en los alrededores del Congreso estuvieron planificados. El papelón del diputado ultrakirchnerizado Leopoldo Moreau -recogido con vehemencia por el Gato Sylvestre en su programa de C5N-, tratando de hacer pasar una foto del año pasado como actual, debilitó aún más el audaz argumento de que los "tirapiedras" -tal como los llamó el periodista Gustavo Noriega en Twitter- habían sido puestos por el Gobierno, y llegó a la tapa de Clarín. Según la encuesta mencionada, un 39% de los consultados piensa que el Gobierno quedó fortalecido tras la media sanción, un 38% considera que nada se modificó y apenas un 23% opina que quedó más debilitado.

El Poder Legislativo, particularmente Diputados, ha entrado en una degradación de forma y fondo, cuya gravedad no se percibe por haberse naturalizado. Ese clima de estudiantina de secundario nocturno arrabalero, con infantiles pegotes de cartelitos con consignas en las bancas, cruce de insultos, interrupciones permanentes, amagues de escenas de pugilato, las manualidades de la diputada Victoria Donda, feliz con su travesura de llevar al recinto (¿o a la salita de su jardín de infantes?) una gigantografía troquelada de la titular del FMI, y los legisladores asediando al presidente de la Cámara son de un bochorno sin igual que no se termina de dimensionar cabalmente.

Las cámaras de la TV y el protagonismo instantáneo que garantizan las redes sociales generan peculiares mutaciones mediáticas en no pocos miembros de ese cuerpo que emulan las guerras de las vedettes que excitan a los programas de chimentos. Más que representantes elegidos por el pueblo para una elevada misión como es legislar con seriedad, aplomo, conocimiento, sentido común y dar muestras de ejemplaridad, en cambio parecen querer candidatearse para el "Bailando por un sueño". Penoso.

psirven@lanacion.com.ar

Twitter: @psirven

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