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Cómo Casio piensa el reloj pulsera, a 35 años del indestructible G-Shock

El primer modelo de Casio G-Shock
El primer modelo de Casio G-Shock Fuente: Archivo
Leonardo Ferri
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29 de octubre de 2018  • 12:12

Hubo un tiempo en el que el futuro y la innovación debían caber en una pequeña caja ajustada a la muñeca. Si bien el reloj pulsera existe desde fines del siglo XIX, no fue hasta la década de los '80 en que surgió la necesidad de que ese instrumento haga algo más que brindar la hora. Y así fue que surgieron modelos con funciones (las apps del presente, quizás) como calendario, radio FM, calculadora, tacómetro, videojuegos, barómetro, hora global, resistencia al agua y hasta cámara de fotos. Hasta la popularización de los teléfonos celulares, el reloj pulsera fue el objeto tecnológico por excelencia, tanto como que hasta el propio Michael Knight -el solitario conductor que luchaba contra el crimen en El Auto Fantástico- se comunicaba con KITT mediante un reloj.

El tiempo pasó y la aparición del primer iPhone, en 2007, marcó un nuevo paradigma en la portabilidad tecnológica: todo nuestro mundo debía caber en un teléfono. El celular redefinió el mapa de los dispositivos electrónicos de tal manera que ya no era necesario tener cámara de fotos, agenda, computadora para navegar por internet, reproductor de música y, por supuesto, reloj. En algún momento hasta se llegó a pronosticar su muerte. ¿Quién necesita un instrumento así cuando se tiene un celular?

"La necesidad de que el reloj sea un elemento que haga mucho más que dar la hora es consecuencia de la digitalización de un proceso que hasta ese momento era analógico", explica Hiroshi Nakamura, Vicepresidente Ejecutivo y miembro de la mesa chica de Casio, el gigante japonés que resultó un actor fundamental en la relojería moderna, mucho más incluso que la de Suiza y los Estados Unidos. Nakamura -el primer ejecutivo por debajo de los que portan el apellido Kashio- lleva 35 años en la compañía, la misma cantidad de años que celebra el G-Shock, el reloj que incorporó la función que faltaba hasta ese momento: ser indestructible.

El Casiotrón, de 1972, incorporó un calendario automático
El Casiotrón, de 1972, incorporó un calendario automático Fuente: Archivo

"La nuestra es una historia de persistencia y aprendizaje", dice Nakamura. "Desde 1946 somos una empresa fabricante de calculadoras, que en ese momento eran como una especie de computadora más pequeña. La calculadora científica hoy es algo común, pero fue todo un avance en ese momento. E hicimos todo más pequeño aún cuando empezamos a fabricar relojes", explica en un inglés lento, pero seguro. La misma digitalización de procesos los llevó a fabricar teclados musicales, cámaras digitales, cajas registradoras, proyectores, impresoras, teléfonos celulares y televisores; pero el foco siguió puesto en la muñeca izquierda.

Para Nakamura la posibilidad de implementar nuevas funciones en un reloj fue la que generó la necesidad de usarlas, y no al revés. El Casiotrón, el primer reloj digital (con día, mes y años bisiestos, de 1972) incluía la función de calendario, algo que ya existía en los relojes analógicos pero que sólo funcionaba si se la ajustaba a mano. "Nuestra fortaleza estuvo en saber meter un procesador -mínimo visto desde hoy, pero procesador al fin- en la muñeca de las personas. Eso era el futuro. Pero a la vez nos dimos cuenta de que el mismo procesador podía servir para medir la presión mediante un barómetro, o la altura con un altímetro. Más adelante se incorporó un GPS, porque se pudo. Pudimos crear toda clase de herramientas digitales aún cuando las necesidades no existían. Nos anticipamos al uso", dice.

Nakamura reconoce que apenas una mínima parte de los consumidores utilizan todas las funciones de los relojes, pero no parece importarle. Después de todo, lo mismo sucede con un teléfono celular o un equipo de audio. "Las herramientas sirven para generar diferentes targets", dice, "pero todas tienen un uso específico y real". Después de la digitalización, Nakamura considera que el cambio más importante en la relojería moderna es la hibridación con tecnologías analógicas: "Mientras que la relojería suiza sigue siendo mecánica y sus instrumentos analógicos, nosotros elegimos combinar lo mejor de ambos mundos". Los relojes " anadigi" hoy son uno de los mayores distintivos de la marca japonesa junto a la resistencia absoluta que proponen sus modelos indestructibles. "Lo loco fue que nadie estaba interesado en el G-Shock hasta entrados los '90, decían que era muy grande o poco elegante", dice Nakamura. En septiembre de 2017 la compañía celebró haber vendido 100 millones de unidades sólo de esa línea.

Un reloj calculadora, uno de los primeros en imaginar una función para el reloj pulsera más allá de la hora y la fecha
Un reloj calculadora, uno de los primeros en imaginar una función para el reloj pulsera más allá de la hora y la fecha Fuente: Archivo

Pero en definitiva, ¿quién compra relojes hoy? "Nuestro público rondaba los 25 años en la década del '90, pero en el último tiempo bajó a 20", dice Nakamura, en lo que constituye toda una revelación: los jóvenes usan relojes, aunque sea más por moda que por otra cosa. "Aún así es muy amplio, porque tenemos relojes de 100 dólares o de 1300, y eso es un gran determinante". En la Argentina se vende, aunque no tanto como en otras partes del mundo. La suba del dólar y la recesión hicieron que el G-Shock más barato cueste la mitad del sueldo de un administrativo, por lo que lo que más se vende es toda la línea vintage. "Creo que la característica en común que une a los consumidores es el gusto por la innovación, la tecnología, la moda y las múltiples funciones que puede tener un mismo objeto", dice Nakamura, alguien que todavía se siente más cómodo con un reloj tradicional que con un smartwatch. "Hicimos el Protrek Smart con todas las múltiples funciones que tiene cualquier smartwatch, pero desde el punto de vista del usuario, ¿qué es un smartwatch y qué es un G-Shock? Hay una línea cada vez más difusa ahí", dice Nakamura, que sabe diferenciar la inteligencia analógica de la digital.

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