El amor y sus imposibles

Diana Fernández Irusta
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30 de octubre de 2018  

Yo soy un barco de papel", dice Jano, porque así lo llamaba su madre adoptiva. Un barco de papel, "porque el agua es más fuerte que vos", dice Jano que le decía su mamá. Porque el agua -la vida- es más fuerte que todos nosotros.

Es martes, estoy en Espacio Callejón y, en medio de una obra de teatro que es puro disfrute y oxígeno en una época en que eso más bien escasea, un personaje se declara barco de papel, y el corazón da otro vuelco. Uno más.

Así es Valeria radioactiva: un barco de papel en versión teatral, sabiamente liviana como para dejarse fluir por entre las aguas de lo vital; engañosamente liviana porque, en la cascada de risas, pasos de comedia, personajes entrañables y homenajes al melodrama que va enlazando, esconde una estructura compleja; cajitas chinas que son una delicia por abrir, y tres o cuatro aguijones (quizás más), dulces y punzantes, destinados a poner sobre el tapete, como quien no quiere la cosa, algunas cuestiones sobre el amor. Para hablar, también, de la muerte. De la palabra y su vocación por crear mundos. De la juventud que se niega a marchitarse y de algo que algunos llaman eternidad. Temitas. Enormidades que Javier Daulte, autor y director de esta pieza, entreteje con soltura de orfebre.

Jano, el barco de papel, el chico tímido con nombre de dios antiguo y bifronte, es una criatura concebida por Valeria, mujer exitosa aunque en las sombras: autora de telenovelas que causan furor y cosechan picos de rating, siempre firmó sus libretos con seudónimo de varón. Pero, ahora que unos estudios médicos le hacen sospechar que se le acaba el tiempo, debe apurarse a terminar el que probablemente sea su último guion. En esto que llamamos vida real, Jano es Agustín Daulte y Valeria es María Onetto. En el escenario, son la escritora y su creación. Pero aún más. Porque Jano tiene los mismos rasgos que Tito, hijo de Valeria. La escritora trabaja la materia de sus ficciones con la argamasa de lo real, y esa es una de las maravillas de Valeria radioactiva: asistir, por un rato, a la puesta en abismo, los ecos y cruces entre ficción y realidad que están en el centro de todo proceso creativo.

La otra maravilla es el melodrama. A El inmortal, la obra creada por Valeria, no le falta nada: hay amantes que tanto como se aman se odian y otros que saben que nunca podrán estar juntos; abundan las intrigas e identidades falsas; hay un hijo perdido, lazos familiares desconocidos, vueltas de tuerca intempestivas. Y desmesura. Tanta, que la ciencia ficción se encuentra con lo fantástico, se habla de una pócima de la vida eterna y de la diferencia entre ser joven por siempre o, apenas, un inmortal.

En sus ficciones, Valeria construye espacios donde recrear amores que en la vida real le están vedados. Julia, personaje clave de El inmortal, pasea su aspecto eternamente juvenil -ella sí tomó la pócima-, sacude apenas la melena rubia, suspira, hace tintinear el vaso de whisky y, como buena heroína, padece. Se sabe: en el melodrama, si el amor no es imposible, es sufrido. Y si no es sufrido, es espantoso. O las tres cosas a la vez. Y nos encanta.

Así que ahí estoy, en una butaca de Espacio Callejón, disfrutando cada guiño -son muchos y en todas direcciones- de una obra abigarrada de sentido, pero que fluye liviana como el agua. Entonces recuerdo la frase de un tal Lacan, al que no imagino demasiado atraído por lo melodramático y que seguramente no pensaba en folletines cuando formuló aquello de que amar "es dar lo que no se tiene a alguien que no es". El desencuentro eterno, la carne de tanto diván y el sustento de las historias más bellas que aún nos seguimos contando. En Valeria radioactiva no es solo el amor erótico sino también el filial, el amistoso y el laboral los que tropiezan, se dan la cabeza contra la pared e insisten, imperfectos, tenaces, sedientos, desbordados. Humanos, tan tremendamente humanos.

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