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El último triunfo de Stephen Colbert, el conductor de TV más odiado por Donald Trump

Brian Hiatt
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30 de octubre de 2018  • 12:23

'Hora de pararse", dice Stephen Colbert , en respuesta a una notificación de su Apple Watch que le avisa cuando pasó demasiado tiempo sentado. Se levanta de su escritorio y se estira. "Ahh", dice. "Ahora viviré para siempre." Ese breve momento, sumado a un intervalo en el que mueve la cabeza al ritmo de "All This Time", un clásico melancólico de Sting de 1991, y un break de 10 minutos para comer un sándwich de atún con "una especie de salsa de sésamo encima", son los únicos recreos de Colbert en este día laboral.

La oficina gigante de Colbert está en un piso bastante alto del Ed Sullivan Theater de Nueva York, y es la misma que alguna vez albergó a David Letterman, quien probablemente no tuviera una sábana de El señor de los anillos en su sillón. Mientras guionistas y escritores entran y salen, Colbert toma decisiones. ¿Deberían abrir el programa de hoy con una parodia de un presentador de noticias alemán, una historieta falsa de Charlie Brown sobre Donald Trump, o un anuncio del Departamento de Seguridad sobre turistas estadounidenses que se disfrazan de ingleses para que no los maltraten durante la visita de Trump al Reino Unido? En la versión actual y exitosa de The Late Show with Stephen Colbert, la pregunta definitiva siempre se reduce a: "¿Cuál es la gran historia del día?".

Colbert tiene puestos una gorra de béisbol del festival de cine de Montclair (donde estuvo el fin de semana pasado), una camisa azul abrochada hasta el cuello, pantalones tipo khakis y zapatillas cómodas. El traje recién se lo pone un rato antes de salir al aire, o a lo sumo para el ensayo. Durante el día, Colbert irradia calma y control, como el CEO de una compañía de mediados del siglo XX, capaz de saludar a sus empleados con un "Hola, baby", o un "A laburar, muñeco". Pero es menos relajado de lo que parece. "Apenas entro a este edificio, empiezo a funcionar de una manera automática", dice. "Tengo hambre todo el tiempo y mi cuerpo se retuerce, pero ya aprendí a lidiar con eso."

Colbert tuvo que controlar su ansiedad desde el inicio de su carrera, e incluso antes. Si conseguir un trabajo en televisión ya era una misión complicada, el nacimiento de su primer hijo hizo que todo fuera todavía más difícil. En YouTube se puede ver una antigua presentación en un casting en el que Colbert aparece con su hijo a upa, rogando que le den el trabajo y preguntándose por qué se dedicó a la actuación en lugar de estudiar abogacía como sus hermanos. El resultado es gracioso, pero no era un chiste. "En esa época, yo estaba medicado", dice. "No podía dejar de pensar en que estaba arruinando mi vida al insistir en algo que tan poca gente logra."

El Xanax lo ayudó durante un tiempo, pero él sentía que el tratamiento no resolvía el problema de raíz, sino que simplemente lo disimulaba. "No quería borrar esa sensación", dice. "Quería atravesarla." Durante meses, Colbert convivió con la incomodidad, hasta que un día se despertó sintiéndose bien. Le llevó un tiempo entender qué era lo que pasaba, pero finalmente tuvo su revelación: esa semana, había estado ensayando para un show que quería crear. "Entonces pensé: 'Dios mío, ya no puedo dejar de actuar'", dice. "Y así fue. No paré más." A partir de ese momento, incluso en sus trabajos como guionista, siempre encontró la manera de ponerse frente a una cámara. Colbert se reconocía a sí mismo como performer.

"Sos buenísimo para reaccionar rápido", dijo un showrunner. "Así que... ¿por qué no hacemos simplemente eso?"

Hace no tanto, Colbert superó uno de los desafíos artísticos más grandes de su vida. The Colbert Report, su programa anterior, venía de 10 años de éxito ininterrumpido, pero su nuevo show fue un fracaso durante los primeros meses, en los que obtuvo reseñas escépticas y fue relegado muy por detrás del Tonight Show de Jimmy Fallon en el rating. En algún momento, Colbert dio vuelta esta historia, pero no sin dolor. Demoler su tendencia enfermiza al control y contratar tardíamente al showrunner Chris Licht fue solo el comienzo.

"Estaba perdiendo la cabeza", dice Colbert. "No encontraba la voz del programa y tampoco encontraba un showrunner que me ayudara, así que hacía todo yo. Cuando me iba a dormir, no tenía sueños: tenía reuniones." Antes de explotar, habló con la cúpula de CBS y le explicó lo que le pasaba. Entonces la cadena deslizó el nombre de Licht, y las cosas empezaron a encaminarse. "Chris me dijo: 'Voy a sacar todo lo que no son los chistes, a ver cómo te las arreglás. Sos buenísimo para reaccionar rápido ante los hechos, así que... ¿por qué no hacemos simplemente eso?'", cuenta Colbert. Fue en ese momento que el programa volvió a girar alrededor de la pregunta central: "¿Cuál es la gran historia del día?". No importa qué tan tarde suceda, Colbert va a hablar sobre eso al aire.

Haber encontrado la manera de torcer el rumbo de un show que parecía destinado a desplomarse (incluso se rumoreó que CBS iba a intercambiar horarios para dejar a James Corden en la franja central) es una muestra del oficio de Colbert, perfeccionado a lo largo de los años. "No podría haber sobrevivido a los primeros seis meses de este programa si no hubiera trabajado durante los 20 años anteriores", dice. "Cuando era joven, nunca se me hubiera ocurrido que un problema también puede ser una oportunidad. Lo hubiera visto como un castigo."

A los 54, Colbert se ve a sí mismo como "un poco viejo para este trabajo". Sin embargo, es difícil imaginarlo haciendo otra cosa después de once años al frente de The Daily Show y casi 1.500 episodios de The Colbert Report. Esta última temporada, el Late Show es el programa más visto a última hora de la noche, y sus segmentos se vuelven virales una y otra vez. Si bien hubo algo de ansiedad en el camino, la solución, según Colbert, es simple: "Tenés que seguir trabajando".

Pero... ¿por cuánto tiempo? "Algunos días siento que podría hacerlo durante 10 años más, y otros creo que no voy a llegar a la semana que viene", dice. "En general, hay más días de los primeros que de los segundos. Soy un hombre afortunado. Nunca pensé que mi nombre iba a estar en el Ed Sullivan Theater de Broadway, así que me esfuerzo cada día para no olvidarme de semejante privilegio."

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