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Las promesas de Bolsonaro

El acercamiento del futuro presidente de Brasil al modelo de Chile sugiere que buscará un rápido aumento de las exportaciones más allá del Mercosur
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31 de octubre de 2018  

Jair Bolsonaro, el flamante presidente electo de Brasil, no siempre fue partidario de la economía de mercado ni del libre comercio. En rigor, la mayor parte de los 28 años en los que se desempeñó como parlamentario impulsó con reiteración medidas intervencionistas y proteccionistas, al tiempo que votó contra algunas privatizaciones y contra las reformas propuestas para el disfuncional sistema jubilatorio de su país. Su conversión en materia económica -su endoso al liberalismo es tan joven como su decisión de unirse a los cristianos evangélicos. Ambas cosas han sucedido hace apenas dos años. No obstante, los mercados en Brasil celebraron su triunfo electoral.

La situación brasileña es realmente compleja. El país está saliendo lentamente de la que fuera la peor recesión de su historia. Tiene un desempleo del 12%; su déficit fiscal total es del orden del 7,5% de su PBI, y su deuda pública alcanza al 80% de su PBI.

Juegan, pese a todo, a favor de Bolsonaro dos leyes muy significativas, votadas durante el gobierno de Michel Temer. La primera es la que congela el gasto público por los próximos veinte años. Ese congelamiento solo puede ser ajustado por inflación. La segunda es una notable reforma laboral, que permite flexibilizar los contratos de trabajo, aumentando así la productividad de las empresas.

En función de sus propuestas, cabe esperar que Bolsonaro conceda real autonomía al Banco Central de Brasil, así como la autorización a Petrobras para que la empresa estatal pueda en adelante vender combustibles a precios de mercado. Cabe también anticipar la rápida eliminación de algunos costosos privilegios, especialmente en el sistema jubilatorio.

A todo ello debe sumarse un probable esfuerzo de desburocratización que comience con el recorte drástico del número de ministerios del Poder Ejecutivo y un recorte en los subsidios sociales. A eso puede agregarse un programa privatizador también masivo, que genere aproximadamente 200 mil millones de dólares, que estarían destinados a reducir rápidamente el endeudamiento externo de Brasil.

En materia de comercio exterior, cabe suponer que Jair Bolsonaro buscará una muy rápida expansión de las exportaciones de su país al mundo entero. Esto es, no solo en la propia región, sino ciertamente más allá del Mercosur. Para ello, Bolsonaro apuntará a suprimir las restricciones que hoy no permiten a Brasil manejar con independencia su sector externo. Por esto la flexibilización del Mercosur podría ser un inmediato testimonio de un cambio importante de la política comercial brasileña, que quiere librarse de ataduras perjudiciales y actuar con el mundo como escenario. Respecto de esto último, el veloz acercamiento de Bolsonaro al modelo económico de Chile es particularmente sugestivo.

No debería implicar eso dejar necesariamente de lado a la Argentina, salvo que el precio por continuar actuando en conjunto en algún rincón del ámbito del comercio exterior represente para Bolsonaro un obstáculo inaceptable. Su actual filosofía económica parece compatible con la que alimenta el andar del gobierno de Mauricio Macri. Y, respecto del Mercosur, al que apunta a flexibilizar, los dos gobiernos coinciden también con los presidentes uruguayo y paraguayo.

La mayor democracia y economía de nuestra región enfrenta lo que podría ser un cambio dramático de rumbo. En teoría, se trata de enfrentar la amenaza derivada del marxismo cultural que, para los partidarios de Bolsonaro, ha paralizado a Brasil y a nuestra región, lo que supuso atrasarla relativamente respecto del resto del mundo.

Pero Brasil está polarizado, dividido y hasta indignado por la parálisis hacia la cual el dirigismo económico lo impulsó. Y, como si eso fuera poco, está además infectado por una ola de corrupción que ha cubierto a los partidos políticos tradicionales y a la mayoría de sus dirigentes. Seguramente el futuro presidente apuntará a reducir la corrupción desde el minuto mismo en que comience su gestión. También en esto puede contar con el apoyo del actual gobierno argentino, que coincide con él en la necesidad de erradicar el costoso flagelo que la corrupción supone, para todos, en América Latina.

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