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Santa Catalina, el pueblo más al norte de la Argentina

Cintia Colangelo
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15 de noviembre de 2018  • 22:41

Si alguna vez se preguntaron dónde termina la Argentina, o dónde empieza, este pueblo responde a ese interrogante. En el límite con Bolivia y a sólo 60 km de La Quiaca, en plena Puna jujeña , es la excusa para descubrir esta zona septentrional de cerros colorados y poblados al margen de las rutas y la modernidad.

Las llamas caminan orondas por las calles de Santa Catalina.
Las llamas caminan orondas por las calles de Santa Catalina. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martín

Muy pocas veces salió Santa Catalina en los diarios. ¿Qué hecho de magnitud podría suceder en un pueblo de 400 habitantes a 3.800 metros de altura, ubicado en el último confín de eso que llamamos patria, apenas un punto perdido en el vértice que dibuja la provincia de Jujuy en el extremo norte del territorio? Que alguien encuentre una pepita de oro en el río, que caiga una lluvia después de tres meses de sequía, que se defina por penales el campeonato de fútbol o aparezca muerto un puma. Pero todo queda en el boca a boca local, no trasciende del marco de estos cerros colorados con puntas redondeadas que aportan surrealismo al estado de apunamiento que tenemos los que venimos de afuera (o de abajo).

Las proximidades de Santa Catalina.
Las proximidades de Santa Catalina. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

Hubo una excepción, cuando a comienzos del 2001 la comunidad fue la elegida para que Mercedes Sosa cerrara una serie de conciertos llamados "Argentina en vivo", organizados por la Secretaría de Cultura de la Nación, que se televisó por Canal 7 a todo el país. Si León Gieco había terminado la primera edición desde la Antártida, tenía sentido que se realizara el último show de la segunda en la otra punta del país.

La potente voz de la Negra hizo vibrar esta tierra agrietada y arrimó a miles de pobladores de los parajes cercanos, igual de remotos y desconocidos, desde Oratorio y San Juan de Oros hasta Rinconada, que agitaban sus pañuelos desparramados por las laderas. Fue un hito -"el" hito- en la breve historia de Santa Catalina.

Oscar "Cacho" Solís supo aquel día que pasarían unos cuantos años hasta que se repitiera un evento semejante en su pueblo. Por eso no dudó en registrar cada momento del recital. "Yo tenía una Panasonic 3000 y filmé todo, hasta le hicimos una entrevista a Mercedes", cuenta orgulloso.

Cachito y su mujer, Carmen, atienden el Hostal Don Clemente, uno de los tres alojamientos "formales" del pueblo. Es donde recalan los turistas que llegan, de forma voluntaria o porque se perdieron. Hubo un breve tiempo, cuando se comenzó con el cambio de trazado de la RN 40 en que se habló de que concluyera aquí, como punto más septentrional de la Argentina. Fue un breve veranito en la historia de Santa Catalina, había más gente de paso. "Venían franceses o alemanes en moto. No sé de dónde eran, pero no se les entendía nada", cuenta.

Una habitación del Hostal don Clemente.
Una habitación del Hostal don Clemente. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

Con el trazado actual, en cambio, llegan únicamente los que se desvían, incluidos los extranjeros. La Quiaca queda a una extensa hora de ripio. El enclave donde oficialmente termina la RN 40 y que los porteños usamos como sinónimo de "algo que está lejísimos" es como Manhattan al lado de Santa Catalina. Para los lugareños es la tierra prometida, con posibilidades de trabajo, señal de teléfono y acceso a las tentaciones urbanas. Todos los días a las 6.30 de la mañana pasa un colectivo de línea, desde y hacia la gran ciudad.

En la plaza San Martín, una brisa cálida acaricia levemente. La iglesia colonial está enfrente y, en diagonal, el Museo Regional Epifanio Saravia, cerrado por la siesta. Cada 25 de noviembre, día de la Virgen de Canchillas, la patrona local, este lugar se transforma en el epicentro de fogatas, danza de suris y el ritual de la cuarteada: dos personas tironean medio cordero al ritmo de las coplas, que tiene que desmembrarse antes de que termine la ceremonia.

La iglesia de Santa Catalina y su torre de tres pisos datan del siglo XVII.
La iglesia de Santa Catalina y su torre de tres pisos datan del siglo XVII. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

Después de hacer el "city tour", es decir, recorrer las tres cuadras de casas de adobe y techos de paja, intactas como si los años no hubieran pasado, lo que queda es salir a explorar los pueblos linderos y para eso hace falta un buen vehículo y la compañía de un guía, porque a estos caminos de tierra sólo los conoce Dios, algunos aventureros y quienes nacieron entre estas montañas. Nosotros vamos con dos: el guía Santiago Carrillo de Corpachac ( ver nota Quebrada de Humahuaca), conocedor de la geografía y diestro en el volante, y Cachito, que es baqueano.

El Angosto y Cabrería

Créase o no, hay vida más al norte de Santa Catalina. En El Angosto, a 45 km, viven unas 40 familias al pie del cerro Branqui, en cuya cima se encuentra el hito que señala el límite con Bolivia. Con suerte aparece en los mapas y ni la tecnología compensa la falta de pistas humanas: a esa altura, el GPS colapsa y deja el relojito de arena "pensando"; si se engancha alguna radio, se alternan las frecuencias argentinas y bolivianas, y hay que despedirse del 2G, 3G, 4G. Resígnense: el smartphone no es tan smart, y resulta más bien inútil a estas alturas. Los límites son tan difusos que no existe la noción de "acá" o "allá". El vaivén de pastores y caravanas de llamas entre esta comunidad y Mojinete, su equivalente boliviana del otro lado de los cerros, es el único tráfico de la zona.

El Angosto es un poco más al norte de Santa Catalina. del otro lado de sus cerros, ya es territorio boliviano.
El Angosto es un poco más al norte de Santa Catalina. del otro lado de sus cerros, ya es territorio boliviano. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

Llegar a El Angosto no es cosa fácil. Hay que sortear el ripio y la cornisa, siempre que el camino no esté muy fangoso. Antes, es necesario vadear los ríos Peña Colorada y Santa Catalina, y trepar a más de 4 mil metros por una ladera poblada de cardones y queñuas. Cachito se mete un puñado de hojas de coca en la boca y renueva el montículo a cada rato. "Yo coqueo para no dormirme y para que no me dé hambre", explica, mientras habla sin pausa y cuenta que en esta zona se come mucha carne de quirquincho y "calapurca" (guiso de maíz, carne, papa, pimentón y cebolla de verdeo, preparado con piedras calientes).

El momento culminante es cuando llegamos al filo de la cornisa y se abre enfrente una imponente cadena de montañas rojizas. "Otra que el Cañón del Colorado", chicanea Cachito, aunque nunca haya visto el gran parque norteamericano. El camino desciende en un abrupto zigzag hasta convertirse en una huella de tierra roja que se pierde entre los churquis, una especie de árbol muy espinoso y de abundantes ramas que imprime un verde claro a este valle fértil, con un microclima apto para el cultivo de papas, habas, choclo y cebada. Es un paisaje inédito, más propio de los Valles Calchaquíes que de la Puna profunda.

El hito que marca el límite con Bolivia.
El hito que marca el límite con Bolivia. Crédito: Xavier Martín

Enseguida aparece la canchita de fútbol, con el mismo rango de importancia que la escuela y la capilla, donde dos hombres están en plena refacción. Resulta que hace unas semanas cayó un rayo y rompió la torre que alberga el campanario. Las campanas se salvaron de milagro. Mientras, cuelgan de las ramas de un churqui.

Sale humo de las chimeneas de adobe y el charqui se seca al sol entre sábanas y alguna camiseta de Messi. Caminando las calles de El Angosto, uno se siente claramente forastero. Los pobladores se asoman a la puerta a pispear las nuevas presencias, los perros nos siguen en caravana y el policía del destacamento se acerca para charlar un rato: "Ahícito nomás está la frontera -explica, señalando un cerro-, pero para nosotros es como si no existiera el límite. Pasamos para allá y ellos para acá".

Hay una forma de unir El Angosto con La Ciénaga, a través del cauce del río. Lo intentamos, pero es bastante complicado, así que desandamos el camino hasta Santa Catalina y tomamos rumbo sur por la ruta 65. Pasamos de largo Oratorio, donde la capilla ahora tiene como competencia una iglesia evangelista. Entre risas, dice Cacho que "algunos se hacen evangelistas para dejar de tomar alcohol. Después vuelven a la iglesia católica y siguen tomando".

Imagen de la capilla de El Angosto.
Imagen de la capilla de El Angosto. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

Siguiendo hacia el oeste por un camino de tierra y cornisa se llega a la quebrada de Cabrería, cerca del río San Juan, enmarcada por altos farallones color ladrillo. Si esta formación rocosa se encontrara cerca de alguna ruta, en cualquier lugar más accesible, probablemente sería un atractivo turístico; incluso podría tener un pequeño centro de interpretación anexo. Pero acá está solitaria, apenas conocida por los locales. Y es una maravilla, con todas las letras.

El amor en dos tiempos

Felisa Rufino Saravia y Luis Eleazar Cappiello son los propietarios Hostal Don Clemente. Actualmente viven en Salta, pero su amor nació en Santa Catalina y tiene ribetes de película. Se conocieron cuando tenían 20 años. Felisa era docente en Casira y Luis, jefe gendarme en el destacamento de Santa Catalina, enviado desde su natal Montecarlo, en Misiones. Él jura que fue un flechazo inmediato. Noviaron unos dos años (el tiempo que duró el cargo de Luis en Jujuy) y después cada uno siguió su ruta. Ella se fue a vivir a Salta, se casó, tuvo hijos. Y él hizo lo propio en Catamarca.

Pasó el tiempo, los dos se separaron y a Felisa le picó el bichito del primer amor. "Yo -dice ella- estaba siempre pendiente de él". Habían pasado 42 años desde el último beso, en Santa Catalina. Se propuso buscarlo por todos los medios (antes de Internet), hasta que dio con un amigo en común en la guía de teléfono. Lo llamó y el amigo le avisó a Luis. ¡tres años después!

Los altos farallones de la Quebrada de Cabrería, a pocos kilómetros de Santa Catalina..
Los altos farallones de la Quebrada de Cabrería, a pocos kilómetros de Santa Catalina.. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

Nunca es tarde para el amor: apenas se enteró del renovado interés de su ex novia, él se comunicó con ella y empezaron a hablar todos los días horas y horas hasta la madrugada, como adolescentes. Duró un par de años el contacto telefónico a larga distancia.

Un día, Luis sorprendió a Felisa: "Me voy a Salta a buscarte", le dijo. Ella no se negó, al contrario. Semanas después, lo fue a esperar a la terminal de ómnibus de Güemes. Recuerda que era un manojo de nervios, hasta que vio a Luis bajarse del micro y le volvió el alma al cuerpo. Se reconocieron al instante, aunque no se habían visto ni en foto desde ese último beso. Él se acercó, la besó, la alzó en sus brazos y le dio una vuelta en el aire (así lo cuenta él). Desde el reencuentro, llevan juntos seis años, inseparables y enamorados como a los 20.

Piscuno y Casira

Antes de volver, hay dos paradas que valen la pena. La primera es en el pueblo de Piscuno, sobre la RP 87, 13 km al este de Santa Catalina. Tiene una sola calle, una iglesia y una escuela. Nada del otro mundo. Su particularidad es que en el medio del caserío está el hito que marca la frontera con Bolivia. Así de mínimo como es, el pueblo es binacional y a su escuela de maestras argentinas asisten niños bolivianos que cruzan la frontera, desde el patio de su casa.

Una artesana de Casira.
Una artesana de Casira. Fuente: Lugares - Crédito: Xavier Martin

La otra parada es en Casira, a 45 km de La Quiaca. Todos sus habitantes se dedican a la alfarería y entrenan sus manos para confeccionar ollas, fuentes, jarras, tinajas y macetas de arcilla roja, que ofrecen a los turistas. Las manchas negruzcas de la cocción, realizada en un hoyo excavado en la tierra, prueban que el proceso es artesanal de principio a fin. Comprar una de estas piezas tiene doble propósito: contribuir a la economía del pueblo y llevarse de vuelta a casa un pedazo de esta tierra ancestral.

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