Alta Fidelidad. Proust, paredón y después

Jagger, en los 70, cantor de un tango inglés
Jagger, en los 70, cantor de un tango inglés
Fernando García
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4 de noviembre de 2018  • 17:00

Nadie sabe a ciencia cierta como empiezan estas cosas. Acaso funcionen con el mecanismo de los chistes, que nunca tienen autor y se van diseminando por el aire como una especie de polen del discurso. De la misma manera es que alguien, en algún momento, extrae un videíto de ese yacimiento de imágenes que es You Tube y lo va pasando. Uno sabe que forma parte de un acontecimiento viral cuando la misma escena se le aparece una y otra vez como una suerte de mensaje. La semana pasada le tocó al fantasma de Roberto Goyeneche salir de paseo, liberado vaya a saber por quien, y anidar en mensajes directos de twitter, casillas de inbox de Facebook e historias de Instagram. Un nuevo escenario para el mito del cantor polaco de Saavedra. No ya la noche profunda, de tabaco y cocaína, sino un escenario translúcido, como las casas de Mies Van de Rohe, que puede activarse a cualquier hora y en cualquier lugar. Goyeneche está en el programa de televisión Cordialmente, primavera alfonsinista, y canta a capella "Naranjo en Flor" para Juan Carlos Mareco, el anfitrión, y el bailarín Jorge Donn (o "Bolero de Ravel" en criollo) que, conmovido, le toma la mano.

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Ocioso describir la performance de Goyeneche sin piano ni orquesta ni nada cuando ya, antes, Héctor Libertella lo hizo mejor que todos lo que cayeron (y caerán) en la trampa de intentarlo. Libertella en "Goyeneche. El tango inglés": "[.] En la oscuridad llena de humo y polución, él canta su tango retrospectivo. Si en el temblor de un labio comienza el bordado incierto de una letra, entonces sería posible calcular centímetro a centímetro cómo Goyeneche escapó un día de la cárcel del tango clásico [.] Hizo una práctica política: salió despacio hacia ese boquete de escape, ese agujero entre los labios que le da el aire a su canción visible. Tan visible como un pentagrama en la boca. Una voz labiodental muy marcada; como decir ¿un cantor óptico?"

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¿Qué es un tango sino aire de Buenos Aires envasado en un conjunto de sonidos? Es eso entonces lo que supone que al escuchar, lejos de la sobreedificada pampa nuestra, la concurrencia en el tiempo y espacio de un piano, cuerdas, bandoneón y una voz, el cuerpo se estremezca. Pero como observaba Libertella sobre Goyeneche, el tango también se escapó un día de sí mismo para depositar su esencia melancólica en cualquier tipo de sonido que contenga aire de Buenos Aires. La condición es haber vivido el suficiente tiempo en esta ciudad como para que la esencia se impregne en los huesos. Y así cargamos, como puertos usb andantes, con nuestros propios tangos que no necesariamente son lo que genéricamente llamaríamos "un tango". Esto quiere decir que cualquier música puede devenir "tango" si las condiciones originales de su escucha se comprenden dentro de esta psicogeografía. Pero no se trata ya tanto de música sino de que la música pueda provocar lo que Proust estableció para nuestra cultura en el asunto de la magdalena de En busca del tiempo perdido. Lo importante es saber hasta que punto un sonido es capaz de proustituírnos: viajar lejos y en el tiempo de regreso donde quiera que se esté.

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Saer remixó a Proust en el disparo de largada de "La mayor", 1975: "Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo (.)"

Pues bien, mi galletita ahora, un micro larga distancia cruzando la frontera entre República Checa y Alemania, dejando atrás las suaves y verdes ondulaciones bohemias, es un slow rock de 1974 de los Rolling Stones. "Time waits for no one" (el tiempo no espera por nadie) anuncia mi regreso a Buenos Aires mejor que ningún tango porque al fin de cuentas es uno de mis tangos. Ultima canción del lado 1 del disco de vinilo It's only rock and roll, considerado pieza menor en la interminable discografía stone (¡que me importa!). Vagaba por Buenos Aires llevando un casette de 60 minutos en el que solo estaba grabada esa canción y martilleaba en un loop el estribillo "El tiempo no espera por nadie, nadie espera por mí" pero sin saberlo decía "Después que importa el después, toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado." Este es el tango inglés, al fin. Uno de los mejores Jagger que se haya escuchado, silabeante y óptico, como había escrito Libertella de Goyeneche. "Time waits for no one" es una de las pocas canciones que los Stones nunca nunca jamás tocaron en vivo. Sueño con ese último show de una única canción para un único espectador. Será perfume de naranjo en Flores, para mí, after Proust.

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