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El arte hecho por computadora también está influido por la cultura

Melina Masnatta
Melina Masnatta PARA LA NACION
Deep Dream White Noise, una obra de arte creada por un algoritmo desarrollado por Google
Deep Dream White Noise, una obra de arte creada por un algoritmo desarrollado por Google
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8 de noviembre de 2018  • 00:28

Hace unas semanas el mundo se revolucionó con la subasta de una obra de arte creada por una inteligencia artificial (AI). Se dice que la capacidad creativa plasmada en el arte es característica intransferible de la humanidad: esto también nos ha sido arrebatado, reflexionaban algunos especialistas y curadores de arte. La obra, un retrato titulado Edmond de Belamy, de la Famille de Belamy impreso sobre lienzo y con un acabado borroso, además fue vendida a 432.500 dólares en la prestigiosa Christie's.

No es la primera vez que una AI conquista un territorio artístico: Shelley (bautizada en honor a la escritora Mary Shelley, autora de Frankenstein, y creada en el MIT Media Lab) ya había dado cuenta de su capacidad para escribir historias de terror hace unos meses.

En ambos casos, parte del éxito se debe a la capacidad de condensar miles de datos y dar una respuesta "nueva" encontrando patrones "exitosos", y para dejarlo claro el cuadro de Belamy está firmado con la fórmula que dio este resultado: " min G max D Ex[log(D(x))] + Ez[log(1-D(G(z)))]". Es decir, la imagen recreada se basó en retratos de otros artistas, mientras que Shelley escribe sus historias a partir de una base de 140 mil historias de terror de cuentos clásicos. Podemos decir que la originalidad de estas obras está en su capacidad de procesamiento, algo que excede a cualquier persona.

Shelley además interactúa vía twitter con su cuenta @shelley_ai: cada hora empieza una nueva historia a través del hashtag #YourTurn en donde invita a que los usuarios puedan escribir un fragmento, Shelley lo continua, y así sucesivamente.

De todas formas, el desarrollo de la tecnología y el estilo artístico siempre estuvieron unidos:, a veces el encuentro se dio por necesidades estéticas, que indagan respuestas a partir de las tecnologías; y otras veces se forman corrientes artísticas a partir de la llegada de nuevas tecnologías. Como por ejemplo el arte generativo, denominado arte total o parcialmente creado a través de un especial sistema autónomo, como el proyecto Deep Dream de Google. En la actualidad las herramientas más usadas por esta corriente son los lenguajes de programación como Processing, openFrameworks, PureData, o Supercollider. Esto también ha generado una valiosa interdisciplina en el campo, ya que en el proceso participan tanto artistas como científicos. Si Leonardo Da Vinci representaba esos mundos polímatas, la tecnología parecería volver a conectar para potenciar la creatividad.

Sin embargo, la inteligencia artificial es creada por una persona, quién estuvo horas detrás del código y tomó decisiones cruciales, como por ejemplo qué obras incluir, qué criterios va a emplear y cuáles son los resultados que se esperan; esta IA solo responde a estas decisiones. Timnit Gehru, investigadora de la Universidad de Stanford, advirtió que el campo de inteligencia artificial está inmerso en una crisis de diversidad .¿Qué significa esto? No hay mujeres, ni hombres afroamericanos, ni otros grupos minoritarios.

Y esto trae un gran desafío: quién y cómo se deciden los tipos de problemas que va a resolver la IA, cuáles que creemos que son importantes, qué tipo de investigación se considera relevante y hacia dónde se creería que debería ir la inteligencia artificial. Si no hay diversidad en estos grupos, no vamos a abordar los problemas a los que se enfrenta la mayoría de las personas en el mundo, sentencia Gheru, y mucho menos las formas de expresarnos, de admirar y crear que trae el arte. Y ahí aparecen los sesgos en el conjunto de datos que recolectamos y pedimos procesar; aunque sabemos que es imposible tener un conjunto de datos que represente a todo el mundo a la perfección, si podemos dar como dado algo que toma decisiones cruciales sobre incluir o no en eso que llamamos arte.

Solemos asociar al universo de las obras de arte, sobre todo clásico, a una élite, a un grupo exclusivo. Quizás por eso no notamos que las obras que están creando las computadoras son mucho más humanas de lo que creemos: arrastran sesgos y discriminan grupos y corrientes artísticas que no se encuentran representadas. Está en las personas que desarrollan estas AI que puedan dar un paso más para trabajar en algoritmos que además traigan equidad, responsabilidad, ética y transparencia en las creaciones.

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